Archive for 31/10/2012

Politologos vs. “Politiqueros”

31/10/2012

Entiendo por político a aquel que se dedica a la actividad pública que le permita luego hacer crítica y política. Como politólogo encuentro al ser que observa, apoya o cuestiona al político. Lo que no sé a ciencia cierta es ¿qué es un “politiquero?”

Como mexicano, economista, empresario, ahora escritor y algunas cosas más; a mis 65 años de edad y siempre observador desde joven de los “procesos” de politización en mi nación, ahora debo confesar que quien se encuentra inmerso en un terrible proceso soy yo mismo. En resumen: estoy en un proceso de franca confusión ¡Y cómo no! Me digo: “tanto que aprendí, viví, experimenté en carne propia ¿y todo para qué,  si los que más o menos sabemos somos precisamente los que más estorbamos a los que dicen saber?” Esa reflexión un día la hacía mientras escogía en la panadería del centro de Coyoacán entre chilindrinas, gendarmes, huesos de manteca, orejas, roscas de anís, hojaldras, bolillos calientitos recién salidos del horno, etc. Antes de lleguar al mostrador y mientras hacía fila dos personas comentaban: una, “Pinches viejas las que atienden, mira nomás como está la cola, llegaré tarde a ver el fut y hasta me expongo a que mi mujer me pregunte ¿Y’ora tú, por qué tardaste tanto? Que se me hace que ya andas de coscolino con algunas de las del pan. Por eso te digo compadre, mira a México cómo está?” Y claro, su compañero asentó “¡y deja de eso! ¿Ya revisaste si la lana que traes te va a alcanzar para pagar lo que ahora estás comprando? porque mira, lo que dice el Peje sí es cierto. Las malditas mafias en el poder nos están aplastando al punto que nos vamos a morir de congestión por los corajes que nos causó el PAN 12 años y luego los 6 que vienen nuevamente con el chingado PRI”.

Una señora distinguida escuchaba como yo lo que aquellos expresaban y por supuesto me confió: “bola de léperos ¿verdad señor? Si hubieran ido a la escuela a educarse como Dios manda, no estarían blasfemando y molestando a personas como nosotros a las que no saben respetar. Si mi marido me acompañara, ya los habría puesto en su lugar o sea, de patitas en la calle”. Yo conciliador le expresé:  “y bueno, téngales un poco de paciencia. Quiza Usted o yo si tuvimos la oportunidad de ir a buenas escuelas y por lo mismo esa EDUCACIÓN a la que se refiere ellos no la adquirieron y ni hablar, habremos que entenderlos”. Pero la señora arremetió “¿No se da cuenta lo que dicen del PAN, del PRI que por cierto fuchi, pero cómo ensalsan a López Obrador? Si tantita visión tuvieran, a ese malnacido ni siquiera lo mencionarían. Soy panista porque desde niña mi papitos, las madres de mi escuela y el ambiente en el que conviví y convivo, me hicieron ver que la política en México siempre ha sido porquería y que solo DIOS define los designios a los cuales nos debemos abocar”.

Atrás de nosotros se encontraba un señor alto, de lentes gruesos, entrecano, vestido sobrio más no elegante, que solo escuchaba y escuchaba divertido. Siento que me miraba como pretendiendo animarme para que fuera tolerante y no perdiera la paciencia. Llegó el turno a los dos primeros quienes raudos y veloces  mientras hacía la dependiente el conteo del pan, éstos de inmediato “¿y qué pasó chula, sí nos acompañas con alguna de tus amiguitas el domingo al mítin del delegado para ayudarle a hacer conciencia a los del barrio sobre la urgencia de apoyar al PRD? Ya luego por la tarde nos vamos al California, dejamos un rato la política y le entramos al Danzon”. Élla y su compañera solo reían pero así como que a punto estaban de decir “pos órale”. De la señora distinguida ni hablar. “Hay niñas ¿que no se dan cuenta cuántos estamos esperando mientras Ustedes solo coqueteando con ese par de pelafustanes? Voy a hablar con el encargado y ¡van a ver cómo les va a ir! bola de irresponsables falta de civismo”. De lejos y junto a mí el señor anotado solo reía y exclamó “¿Ya vé cómo exhiben sus miserias los que realmente no saben de política? Hablan, hablan, pero sin argumentos” Yo le dije “pues eso es lo preocupante porque entre clases altas y bajas” el fenómeno es el mismo ¿Cómo van a saber de política si no hemos sido sujetos de EDUCACIÓN de calidad y por lo mismo adolecemos de conciencia de nación?” Lo dejé pensativo y luego opinó: “no deja de tener razón”.

Salimos juntos luego de pagar en la caja y ya afuera nos presentamos. Me preguntó quien era, le informé y luego él me hizo el favor de dar su tarjeta. Observé bajo su nombre el título de “politólogo”, lo cual me resultó atractivo. Le dije entonces “tenga la seguridad que pronto le llamo y lo invito a tomar un café y a platicar porque para mí Usted es un bicho raro en medio de tantos politiqueros. Al retirarse contestó: “tristemente en México, la mayoría”.

Ya luego de camino a casa y disfrutando el calor y olor del pan blanco y los biscochos, pasé por una casa muy elegante frente a la cual se encontraba cargando un enorme camión de mudanzas los enseres que ahí se encontraban. A  los “güaruras” del lugar ya me conocen y siempre me saludan les pregunté qué pasaba. Me informaron “estamos ya en las últimas mi jefe. Fíjese que nuestro patrón que es del PAN ya se nos va con todo y su familia a vivir a USA. Vamos a ver si el que viene que por cierto es del PRI, nos dá la misma chamba, aunque lo dudamos porque ya sabe Usted, cada político tiene sus equipos”. Pensé entonces:  “y así será cada seis años. Sin EDUCACIÓN siempre será lo mismo: Política cero, “politiquería” TODO”.

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Amada Díaz, hija de Don Porfirio

29/10/2012

Espléndida hija y esposa. Mujer que a lo largo de su vida enfrentó un infierno. Comprendida y consolada por quien fuera quizá su mejor amiga y última esposa de Don Porfirio: Carmen Romero

Doña Delfina Ortega, conocida como Delfinita, procreó con Don Porfirio dos hijos: Porfirio y Luz. Díaz tuvo otra hija con una extraña y a mi juicio mala mujer de quien nació Amada. Llevó por nombre Rafaela Quiñones. Esta última negoció con Don Porfirio el que él mismo se hiciera cargo de la niña a cambio de un dinero que le facilitara una vida en plena libertad, cómoda y estable, al punto de volverse a casar a su capricho. Nunca demostró un auténtico amor de madre a Amadita, el cual doña Delfina sí le supo prodigar, al punto de jamás mostrar diferencia entre sus propios hijos y la que vendría a ser finalmente su hijastra.

Papel importante jugó también en la vida de Amadita la quien fuera última esposa del señor Díaz: Carmen Romero, con quien nunca procreó hijos y quien a lo largo de toda su vida actuó como verdadera compañera, amiga y persona que siempre regaló a Amada amor y comprensión.

Lo escrito por Amadita se expone como álbum y no como diario, debido a que no tuvo tiempo para hacer anotaciones cada día. Las circunstancias la mantenían absorta en muchas otras actividades según las tristes circunstancias que en todo momento tuvo que afrontar. Muy brevemente del puño y letra de Amadita se muestra en forma muy resumida, según fechas de sus escritos, lo que refiere ser otro de los peores estadios y vergüenzas para México en el proceso de lo que se da en llamar “Revolución Mexicana” de la cual surgen anécdotas que hacen al lector darse cuenta de tantas mentiras y elevación a las alturas de personajes que en la realidad resultaron por demás dañinos y detestables y quienes a la postre según lo dice la verdad debieron ser elevados a la categoría de héroes, pero de barro o judas de cartón para ser quemados con muchos, muchos cohetes, y así evitar que ahora sus nombres embarren y hasta ensucien, escritos con letras de oro,  ese circo nuestro llamado Congreso de la Unión.

Amadita casó en 1888 con un hombre muy rico hijo de un poderoso hacendado llamado Ignacio de la Torre quien había hecho gran fortuna con propiedades, entre otras azucareras, localizadas principalmente en el estado de Morelos. Era muy trabajador y ambicioso. Se dice que además era justo y espléndido con su gente. Le querían bien, lo respetaban y por lo mismo obtenía de ellos su mejor esfuerzo. Entre esa lista de trabajadores aparecía el nombre de Emiliano Zapata, hijo de otro Zapata que siempre se mostró agradecido a la familia De la Torre.

Apenas contrajeron nupcias, Amadita sentía a su esposo muy distante de todo aquello que como toda recién casada deseaba saborear, esto es, las mieles del amor en todas sus formas. Lo notaba alejado, desinteresado y hasta temeroso a la cercanía con ella. Sospechó entonces que en sus afanes había algo extraño. Ignacio solía alejarse con mucha frecuencia de su casa, era amigo de la farándula pero además, dichas farándulas hacían coincidir a hombres homosexuales. Ignacio era uno de ellos.

En cierta ocasión alertada la policía de un escándalo más, penetró al lugar donde se llevaba a cabo otra de tantas fiestas y resultó que entre los detenidos se encontraba el esposo de Amadita, vestido de mujer, con la cintura avispada pero eso sí, luciendo el típico bigote que la moda de aquella época imponía. Don José Guadalupe Posada, uno de nuestros grandes caricaturistas mexicanos, dispuso de dicho tema para elaborar una burlesca ilustración intitulada: Los 41 Maricones encontrados en un baile de la Calle de la Paz el 20 de noviembre de 1901, misma que dio la vuelta por todos los ambientes sociales de la ciudad y que causó un gran sorpresa e indignación. Cuenta Amadita que cuando habló con su esposo al respecto, éste todo lo negó aduciendo que sólo era producto de acciones de los enemigos de Don Porfirio. Para Amadita, lo sucedido simplemente significaba la confirmación de sus sospechas.

Más pronto que tarde, Díaz mandó llamar a su hija a quien le confirmó que lo que se decía de su yerno era cierto y que para evitar un escándalo social, había intervenido para que Ignacio quedara de inmediato en libertad. Respetó a su hija y le advirtió que él de ninguna manera se inmiscuiría en un asunto tan de pareja, pero fuera cual fuera la decisión que Amadita tomara, él como su padre que era, estaría en la mejor disposición de brindarle cualquier apoyo y consuelo.

Amadita siempre vivió entre la espada y la pared. No obstante la pena que tanto afectaría el resto de su vida, nunca dejó de amar y respetar a su esposo, quien por cierto en la medida del tiempo fue mostrando más a la luz pública su tendencia sin sentirse molesto ni preocupado por lo que se hablara de él. El amor de Amadita a su marido, su tortuosa existencia, la saña y maldad de Zapata referida en mi libro, sumado a las circunstancias de la Revolución, hicieron que la vida de esta mujer se tornara en un Infierno hasta el día de su muerte.

 

Juárez vs. Don Porfirio

29/10/2012

Por fín arribó la paz y el desarrollo luego de muchos años, con Don Porfirio Díaz. Eso sí, luego retornarían a la nación nubarrones de tormenta

Con Juárez más se hundió México en la miseria y en la ignorancia. Su actividad de pastor de ovejas trascendió a la de manejar grandes rebaños de borregos enfrentados entre sí: liberales y conservadores  bajo el arbitraje de un referee proveniente del país vecino  mientras aquel daba por concluida su propia pelea en su interior: la Guerra de Secesión. Llegó Don Porfirio sin tomar partido. Su interés era su patria destrozada, reunir a los mexicanos en un solo grupo, abrirle las puertas a todos y con ello a las oportunidades, pero lo más importante: en un marco de paz. Eso era lo que realmente deseaba y urgía a México. Fue Dictador, sí. No quedaba de otra. 80 por ciento de la población vivía en la miseria y en la más absoluta ignorancia. Bien lo sabía. Aprovechó dicha circunstancia  pero con todo y todo y a pesar de muchos que no lo querían  Don Porfirio fue un buen gobernante. Conocía bien a México desde ser un militar que se oponía a las intervenciones, hasta que asumió el poder consciente del país que recibió arrasado y que levantó al punto de quitarle la vestimenta de tribu y exhibirlo como nación en vías de la prosperidad. Era otro ser humano,  pasional aunque a la vez reflexivo, calculador, prudente y tolerante.

Con Don Porfirio por los menos en una buena parte de nuestro enorme territorio  se dio crecimiento y trabajo. Eso no quiere decir que haya logrado salvar sectores marginados, pero bueno, puso a México en una charola de plata que nuevamente fue pateada y de ella cayeron valores que terminaron pisoteados, aplastados y hasta ignorados. Surgiría después de su salida un nuevo ciclo que se llamaría Revolución Mexicana a lo largo de la cual todo sería una vez más lo mismo de los tantos periodos anteriores: luchas fratricidas, asesinatos, traiciones, sangre, muertes, debacles y nuevamente un territorio de trogloditas y por ello de oportunidad para aquellos atentos a eso de: “a río revuelto, ganancia de pescadores”. En el México independiente con todas sus cosas buenas y malas puestas en una balanza, en las segundas está representado el mayor peso.

Me pasa como lector que de pronto me arrimo a obras constituidas por tantos volúmenes o páginas y me digo: “si trato de leerlos completos luego ni me voy a acordar y no tendré tiempo de avocarme a otros”. Eso me pasa con “México a través de los siglos” o con Don Quijote de la Mancha. Pero cuando abro esos mismos libros al azar o buscando algo en específico, en el caso de la primera obra siempre termino satisfecho e impresionado. No me imagino cómo le hizo Don Vicente Riva Palacio para organizar con sus colaboradores ese monumento que desafortunadamente pocos mexicanos tienen en sus casas. Ahí está plasmada una buena parte de la verdadera historia de México no sólo en su avanzar político, sino también en lo económico, en lo social, en lo cultural, en la heráldica, en sus tradiciones y costumbres. Existen librerías de ejemplares viejos donde regateando se puede uno hacer de la obra incluyendo diez tomos a no más de mil pesos y mientras más viejos, más huelen a libro y a un México sui generis lleno de sorpresas  de pronto inentendible. Muchas veces basta abrir el Quijote así en un a ver qué sale y ¡uff, cuánta sabiduría en dos páginas! De El Principito de Antoine de Saint Exupéry, cortito, fácil de leer, ameno, ahí pasa lo mismo. Cada vez que se lee una página por enésima ocasión, algo nuevo se aprende. Leamos los mexicanos. Aprendamos y disfrutemos. Busquemos la verdad, confrontemos y van a ver: cada vez que se dé un proceso de elecciones, vamos a poner a temblar a los chingados políticos.

Para continuar con Don Porfirio, me referiré a una auténtica testigo que fuera de ese gran personaje: su propia hija de nombre Amada a quien tocó vivir grandes desventuras derivadas de su niñez, su matrimonio y por la forma como terminó la vida de su padre. Existe un espléndido libro al respecto escrito por Ricardo Orozco  denominado El álbum de Amada Díaz que quien lo consiga terminará reconciliándose con ese protagonista de nuestro devenir y que yo califico digno y ejemplar, en las mismas proporciones en que descalificaría al sistema mexicano, que por conducto de sus “historiadores”, ha sido con Don Porfirio ingrato y soez. Antes de avocarme a Amadita diré a manera de antecedente que Don Porfirio ya sentía el peso de su edad y por lo mismo ahora sí preveía su salida del gobierno. Tenía contemplado para sucederlo a quien pretendía colocar previamente como Vicepresidente y que llevaba por nombre Don Ramón Corral. Limantour también pesaba mucho, pero en aquello de previsiones, no había quién le ganara al Presidente Díaz  al punto que prefirió mejor reelegirse nuevamente.

Continuaré con Amada Díaz….

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Preludios de la Revolución Mexicana

27/10/2012

En 1911 nuestra patria era una vez más un río revuelto.  El noventa por ciento de su población analfabeta. Era presa de intereses extranjeros  ¿Cuál “revolución”?

A mí de pronto México me da la impresión de un río, a veces por demás caudaloso y agresivo por su poder en todo lo ancho y a lo largo. Otras angosto y pobre de agua a más de poca profundidad. Lo imagino serpenteando a gravedad, lento y arrastrando mucha basura. También en su ruta lo encontramos de pronto acumulando  según la estación del año, grandes volúmenes de agua incontenibles que van a caer a manera de cascada haciendo con ello una fiesta para el que lo observa. En ocasiones  para que el caudal alcance alturas y continúe su ruta, se hace necesario ayudarlo a base de bombeos que lo eleven. Así veo nuestra nación: como río. Era un territorio en las épocas de la Colonia que caminaba despacio y manso. Después  una tormenta sobrepasó los niveles que lo bordeaban y sus aguas arrasaron con muchos seres humanos que quedaron sepultados o desamparados.

Más tarde ya conteniendo un gran caudal, siguió su camino en paz y en su correr  lejos de dañar, benefició a los que lo requerían y se nutrían de él. Corría además por un territorio al que ya pertenecía y que lo abrigaba como su casa. Perdió después longitud y además sus aguas se contaminaron y se ensangrentaron.

Así sucio pero enardecido, alguien pretendió hacerle cambiar el rumbo. Se descontroló y volvió a causar estragos hasta que otro más lo pudo contener y le trazó un nuevo curso que lo hizo grato y productivo. Desgraciadamente  ese río a partir de 1911 y durante 24 años más, se volvió a infestar, a estancar al punto de apestar y derivó en enfermedades, plagas y hasta epidemias.

Hasta que llegó a la Presidencia el señor General Lázaro Cárdenas del Río, México logró reubicarse en su ruta. Pero ya después, sus aguas una vez más volvieron a correr de forma por demás irregular y tortuosa hasta el día de hoy. Esas aguas están ciegas. No perciben lo que hay más adelante.

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Más de Joaquín Antonio Peñalosa

26/10/2012

Y siguió y siguió hasta que me hizo pomada

Pasó todo un mes. Cada vez que abordábamos el tema, en mi caso de alguna manera para desembarazarme del asunto trataba según yo de “darle el avión” echando mano de sus propios conceptos vertidos en su obra literaria sobre todo en su trabajo como poeta. Pretendí también plantearle definiciones sobre el amor haciendo referencia a antecedentes filosóficos y hasta derivados de la Psicología moderna. Hice referencia hasta a los dos tipos de amor, según Santo Thomas de Aquino que diferenciaba el “amor de concupiscencia” del “amor de benevolencia” pero siempre terminaba riendo y manifestando esa ironía tan suya. Una noche acabé por encabronarme en serio. Le pregunté si pretendía burlarse de mí o si jugaba conmigo al gato y al ratón para terminar saliendo a ponerme en el ridículo total. Me invitó a que me serenara, nuevamente sacó su típica botella de brandy y mientras llenaba mi copa acudió a los cantos mencionados antes. Se sentó tranquilamente y me comentó que simplemente se reía porque me estaba haciendo muchas bolas alrededor de algo que se reduce a una sola palabra: RESPETAR. Repitió: “AMOR ES IGUAL A RESPETAR”.

Yo francamente no lo entendí y se lo dije. Traté de hacerle ver que cada uno de esos conceptos es distinto. Me explicó que el asunto es fácil y simple. Si el ser humano acepta a su semejante, tal como es, sin pretender cambiarlo y además le regala buena voluntad, es muy probable que la persona receptora de todo eso finalmente termine devolviéndonos por lo menos lo mismo. Sin embargo, no debemos dejar de lado la posibilidad de que lejos de que se nos devuelva por lo menos lo que le brindamos, por lo contrario, terminemos sujetos de una respuesta negativa y posiblemente hasta agresiva. En este caso decía, lo mejor es seguir aceptando a la persona como es, seguir sin pretender cambiarla y solamente procurar sesgarla, no enfrentarla y entonces evitar importunarla. Deséale de corazon un “que Dios te bendiga” y no cargues.

Me quedé muy pensativo cuando me advirtió que si la mayoría de las veces no podemos con nosotros mismos  ¿qué podemos hacer por un tercero? Luego hizo referencia a los defectos de carácter según la Psicología moderna en los seres humanos, iguales finalmente a los conocidos como los Siete Pecados Capitales: ira, soberbia, gula, envidia, lujuria, avaricia y pereza. Me decía que de esos siete en cada ser humano resaltan indistintamente tres, pero que dos muy comunes en la mayoría de las personas son los relacionados con la soberbia y con la envidia. De aquí que muchas personas pretenden amar sin humildad o porque al ver a otros seres amados como ellas quisieran  terminan en estados de frustración que entonces las llevan a la ira y con ello hasta a la agresión.

Insistí en qué tenía que ver eso que pregonaba con el amor y terminó poniéndome de ejemplo a mí  haciéndome ver que en mi caso tres defectos me caracterizaban: la soberbia, la ira y la avaricia. Acepté y reconocí los dos primeros pero me negué rotundamente a reconocer que yo pudiera ser avaro. “¡Qué va!  le reproché.  Si algo es característica mía es precisamente el tratar de ser generoso. Me gusta dar, trato hasta de ser espléndido hasta más allá de mi familia. Procuro estar al tanto de las necesidades de mis amigos, de la gente pobre…” Me contestó que la avaricia no se mide solamente en términos económicos o materiales,  que muchas veces también somos avaros cuando no nos regalamos a aquellos que requieren ser escuchados, apapachados, consolados cuando sufren, simplemente, tomados en cuenta. Me mató cuando me preguntó cuántas veces a cambio de dar a alguien un billete con eso evitaba el eventual compromiso de otorgarle el trato que en ese momento la persona realmente requería. Ya no pude defenderme. Porque sí efectivamente  yo soy muy dado a rehuir a disponer de mi tiempo a favor de alguien que dice necesitarme para hablar. Resulto egoísta en ese aspecto. Por lo mismo tuve que reconocer también mi avaricia.

En la medida que avanzaba en su reflexión, poco a poco me sentía como que reflejado en un espejo. Aunque me molestaba, tenía que reconocer que sus planteamientos hacían que de alguna manera me identificara en parte con el tipo del personaje al que se refería. Y sí, finalmente acepté que muchas de las acciones como padre o como esposo, o como jefe, o como ciudadano, etc., habían sido el resultado por mi parte de meras imposiciones, según yo porque simplemente obedecían al concepto del “bien ser” pregonado muchas veces por mis padres o por la sociedad o por las tradiciones en que estaba inserto. Terminé percatándome que en la práctica lo que estaba haciendo era “educar” al mismo estilo en que fui educado, mas no dando importancia y mucho menos respetando y tomando en cuenta el derecho de la individualidad de cada uno de los seres humanos que por el momento eran sujetos de mi responsabilidad, cada hijo en lo individual, mi esposa en lo individual, otros tantos más: un empleado, un obrero, un alumno, en lo individual.

“¿Por qué damos, Antonio…? ¿por amor? ¿por miedo? ¿por una necesidad de reconocimiento? ¿por quitarnos una molestia de encima? ¿porque otros los hacen?…¿por qué realmente…?” “¿Te has preguntado alguna vez si todo lo que has dado a los que te rodean, lo hiciste efectivamente por amor, o…?” Dicha conversación me vino a significar el inicio de una etapa muy intensa y difícil en mi vida en materia de tratar de descubrir quién era yo verdaderamente. Empecé preguntándome por qué pretendía efectivamente enviar a estudiar a un hijo a Europa. Por qué trataba de halagar a mi esposa brindándole a mi capacidad lo mejor en términos de una casa, joyas, viajes, una ubicación en una de las mejores zonas de la ciudad de México, otra en Lake Tahoe, etc. Buscaba explicarme la razón de echar mano de mi bolsillo para satisfacer la demanda planteada por un amigo o rescatar para mí la cuenta en un restaurante para pagar el consumo de todos los amigos con los que mi esposa y yo estábamos conviviendo. Me preguntaba por qué pretendía superar o por lo menos igualar las conquistas de otros que formaban parte de mi entorno. En resumen, concluí que todo de mi parte eran inseguridades, miedos y necesidad de reconocimiento.

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Joaquín Antonio Peñalosa, todo un personaje

25/10/2012

Cuando me dijo “amor es igual a respeto y a verdad”, concluí que los mexicanos no hemos sido sujetos del mismo. La historia oficial de México nos ha mentido

Joaquín Antonio Peñalosa era hombre sabio, bueno, querendón. Igual era severo, a veces intransigente, duro y brutalmente realista. Tenía la particularidad de manejar una ironía que hacia resaltar su elocuencia. Practicaba una tolerancia y paciencia hasta el punto de lo lógico y humanamente posible. Cuando su práctica no daba resultado, entonces agredía suave y terminaba haciendo pomada a cualquier necio que decidía exponerse a esa personalidad que lo hacía tan particular. Era sabio porque entre otras cosas era humilde. No gustaba de exhibir. Simplemente se mostraba tal como era sin preocuparse por echar mano de maquillajes con los cuales pretendiera justificarse. Era de estatura baja y llenito. Como buen español, muy dado a caminar cantando para sí quién sabe qué tantas canciones provenientes de su niñez. Caminaba rápido; siempre andaba con prisas. No gustaba de perder el tiempo. Otra personalidad mostraba cuando se sentaba a meditar y a escribir. Antes de plasmar cualquier concepto o palabra, sopesaba las cosas como el avaro que antes de soltar una moneda la observa por los dos lados. Conocía de vinos, de cosechas, de las mejores reservas españolas de cada año.

Era poeta, escritor, filósofo. No existía un potosino que no lo amara y respetara. Muchos acudían a comprar El Sol de San Luis para leer sus artículos que publicaba dicho diario. Hasta Don Gonzalo N. Santos, aquel cacique temido y tenebroso de San Luis Potosí se rendía ante mi tío.

¡Qué decir de la fiesta brava! Era el Párroco de los toreros. Igual los confesaba, los bendecía previo a la corrida y después de observar a los toros en turno, hacía recomendaciones y les marcaba exigencias tanto a maestros como a novilleros.

Capítulo especial en la vida de mi tío estaba relacionado con el personaje Sor Juana Inés de la Cruz. Sin duda que conocía de la vida de ese portento, de su obra y de su desdichada historia como mujer en un claustro propio del México virreinal que tenía entre otras cosas que enfrentar la prohibición por parte de la Monarquía Española en relación a la posibilidad de que el mexicano tuviera acceso a la EDUCACIÓN. Mucho ayudó y colaboró con Margarita López Portillo en su proyecto de rescatar el Claustro de Sor Juana y hacer consciente nuevamente al mundo de los valores propios de aquella excepcional mujer mexicana de la literatura, filosofía y en especial la poesía. Eso sí, le cobraba y caro. Siempre requirió de dinero y recursos para seguir adelante con su obra por décadas conocida como “El Hogar del Niño” en San Luis Potosí. Dicha institución la conformó el Padre Peñalosa a partir de una consideración: que los niños debían y merecían convivir día a día con sus padres y el resto de los hermanos. El problema de las familias en términos de recursos, él lo resolvía.

Fueron muchas las generaciones provenientes de ese “hogar” en el cual los niños llegaban a tiempo para desayunar y luego continuar con sus estudios. Después de clases pasaban a comer y posteriormente por la tarde desarrollaban actividades deportivas y recreativas. Al fin de la tarde disfrutaban su merienda previo a que sus padres pasaran a recogerlos, regresarlos a su hogar y disfrutarlos. Eso hizo mi tío por muchos años. Eso le dio un liderazgo en San Luis Potosí que si alguna vez se lo hubiera propuesto, habría terminado definiendo cómo hacer las cosas en el estado, al margen de la posición de cualquier gobierno o sociedad. Nunca lo hizo. Simplemente aconsejaba cuando lo buscaban, mostraba la mejor de sus voluntades y respetaba. Monseñor Peñalosa falleció a finales de 1999. San Luis se paralizó. Se concentró alrededor de Joaquín Antonio Peñalosa y hoy se le sigue extrañando, hasta más allá de aquel estado y se le agradecen todos sus gratos esfuerzos por compartir su humanidad, sobre todo con las clases más humildes a las que se acercó.

En una ocasión, viviendo con mi familia en San Luis Potosí, invitamos al tío Joaquín a comer a casa. Recuerdo cuando llegó que notaba algo raro en él. Como que su vestimenta parecía deforme, irregular. Veía las bolsas de su saco abombadas. Entró a casa y nos saludó a mi esposa, a mí y con impaciencia preguntó por mis hijos, que en aquellas épocas eran muy pequeños. Los niños en cuanto se enteraron que había llegado el tío aparecieron de inmediato a saludarlo y a abrazarlo. Les dijo: “ahora si llegué con las manos vacías…”. Mi esposa y yo siguiendo el protocolo contestamos que lo importante era tenerlo en casa. Él entonces acercó a mi hijo Jean Yves y le invitó a que metiera su mano en una de las bolsas del saco. Lo mismo hizo con mi otro hijo, Patricio. Sacaron de ellas dos grandes bultos llenos de dulces, los mismos que acostumbraba obsequiar a sus alumnos del “Hogar del Niño”. Y bueno, como se acostumbra, mi esposa apremió a mis hijos con el: “¿cómo se dice?” a coro contestaron “¡¡¡Gracias tío!!!” Mi tío concluyó diciéndoles: “no se dice gracias tío, se debe decir dame más…”. El más pequeño de mis vástagos, Guy, nació en San Luis Potosí. Mi tío lo bautizó y eso propició que toda la familia de México se reuniera a su alrededor, lo cual le resultó muy grato y emotivo.

Muchas tardes en el mismo San Luis al concluir mi trabajo, pasaba a saludarlo con la intención de saber cómo se encontraba, darle saludos de toda la familia y para saber si algo se ofrecía. Cada vez, mis reuniones resultaban todo un acontecimiento. Escucharlo era para mí una fiesta. Igual hablábamos de cosas intrascendentes pero siempre matizadas con su picardía y ocurrencias. También conversábamos de temas serios, a veces de filosofía, de literatura, de su larga vida en el sacerdocio. Le entraba con él a discutir sobre asuntos de teología o de toros y toreros. En muchas ocasiones dos religiosas que lo atendían, en determinado momento tarde ya, pedían permiso y se retiraban a descansar. Pero hubo ocasiones en que sin darnos cuenta ya la hora alcanzaba la una o dos de la mañana y entonces salía una de las hermanas urgiéndonos a terminar y a dormir dadas las obligaciones del día siguiente.

En uno de tantos encuentros, fui a informarle que el menor de mis hijos sería enviado por nosotros a Francia  para que continuara el siguiente año escolar en un Liceo particular en las afueras de París. Mi tío me observó con cierta severidad y extrañeza y de pronto me cuestionó: “muy bien, ¿y qué opina Guy al respecto…?”  Le contesté que todavía no le habíamos informado y que en su oportunidad lo haríamos. Me pidió que le recordara la edad de Guy y le confirmé que ya había cumplido 13 años. Muy serio y como muy reflexivo opinó que estábamos haciendo las cosas al revés, que antes que otra cosa debimos haber consultado a Guy si estaba conforme e ilusionado en relación con el proyecto. Inmediatamente después prosiguió diciendo que los hijos son “juguetes prestados”. Me hizo ver que justamente alrededor de los trece años, un hijo deja de ser propiedad de los padres. Según él, si los hijos hasta esa edad han crecido rodeados de amor, buen ejemplo, educación y en un ambiente de paz, es muy probable que en sus nuevos entornos los adolescentes estarán fuertes, seguros y mejor capacitados para distinguir entre lo bueno y lo malo. Caso contrario, muchos muchachos podrían salir de su casa a buscar en otras partes lo que no recibieron de su hogar. Me dijo que la brecha entre los 16 y 18 años es la más crítica en el proceso de desarrollo de un ser humano. Si se encontraba fuerte y protegido, la persona en esas épocas sale adelante como el cisne que cruza los pantanos. Pero si por lo contrario ese ser proviene de un hogar inestable, no debe extrañarnos que sus sufrimientos y confusiones lo lleven a refugiarse, huyendo de sus tristezas y sentimiento de soledad en el caos del alcohol o de las drogas. Por mi parte le contesté que estaba de acuerdo con su teoría y que precisamente porque a mis hijos les habíamos proporcionado un hogar con las características positivas antes señaladas, nos sentíamos mi esposa y yo seguros que la experiencia le resultaría por demás favorable a su formación. Se levantó del sillón de su pequeño estudio, plagado de libros alrededor, modesto, simple pero por demás acogedor y extrajo una botella de buen brandy español, llenó dos copas de manera generosa y dejó la botella a disposición, caso desear rellenar la copa cada quien a su elección. Me invitó a tomar un trago y me preguntó: “Dime Toñete, ¿tú sabes qué es el amor…?”.Yo le contesté que por supuesto que lo sabía y que a mi capacidad lo practicaba y lo vivía. “¡¡Ah sí, qué bien…!!” y sonrió para sí. Me dejó de tarea reflexionar sobre el tema. Ya no lo tocamos mientras cenamos, me despedí de él cuando me acompañó a mi auto, y ya arrancando me recordó: “no olvides darle una pensadita a lo que platicamos…”.

(Continuará)

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Misterios del 2 de Octubre del ’68

24/10/2012

Para mí la UNAM me resultó como en el cristianismo. Un “antes de y un después de…” debido al movimiento del ’68. Hasta 1967 la UNAM fue una muy distinta institución con respecto a la que surgió después con todo y su decaimiento en el terreno académico, incluyendo entonces sus “comités de lucha”, grupos totalmente ajenos a ese centro de estudios. Presencia de movimientos oportunistas como los encabezados por el tristemente célebre Moch (creo que con él andaban Martín Batres y su socio que acabó mal por sinvergüenza en la delegación de Tlalpan) quien apoyado por otros más, verdaderos pelafustanes, llegó algún día a posesionarse de una institución que quedó por muchos meses inmersa en la parálisis. Expulsaron de manera grotesca y vergonzosa a quien en su momento actuaba como Rector, el Doctor Francisco Barnes de Castro. Conocí en mis épocas a líderes estudiantiles muy distintos. Si bien personas como Pablo Gómez o Gustavo Gordillo no terminaban de convencerme, yo los respetaba y hasta admiraba. Los sentía auténticos, quizá románticos, pero eso sí, con convicciones y verdaderamente representativos de un ala de la comunidad genuinamente estudiantil. Después del ’68 la UNAM durante un largo plazo quedó constituida en una especie de caja contenedora de resentimientos. Pregonaba entonces su comunidad sin saber a ciencia cierta las razones de todo lo ocurrido un “venceremos”. Yo entonces me preguntaba: “¿venceremos qué…?” Poco a poco los “comités de lucha” sepa Dios procedentes de dónde, se adueñaban de las Facultades, intimidaban, controlaban y hacían que los buenos maestros y alumnos tornaran a abandonar el recinto que dejó de ser el de antes del ese año. Hablo de lo que ví y viví. También debo confesar que no me sentí capaz como para involucrarme en el movimiento simplemente porque no lo entendía .

Mi pensamiento era tan simple como que apenas era yo un estudiante, un alguien que pretendía aprender y por lo mismo sin capacidad todavía como para juzgar al sistema de mi país. También tenía miedo porque me sentía incapaz de razonar el movimiento, consciente una vez más que los maristas me habían controlado siempre atrás de un telón que nunca se dispusieron a correr para permitirme observar al verdadero público, sino el todo color de rosa que predicaban si nos manteníamos al margen del pecado. Añado también la tajante oposición de mi padre a todo lo que pasaba y quien insistía en ordenarme que no me metiera, que no fuera borrego, que no me constituyera en juez cuando en mi vida real yo estaba en pañales como para juzgar un sistema ya de por si tan complejo. Me recomendaba que mientras tanto me dedicara a estudiar y a tratar de dar seguimiento desde la biblioteca de mi casa a mis programas de estudio.

Me acerqué a muchos maestros a quienes consideré verdaderos socialistas. Les pedía su opinión y recomendaciones respecto de cómo actuar. Recuerdo a celebridades como el Maestro Botas, a Don Jesús Reyes Heroles, a Elí de Gortari, Don Jorge L. Tamayo,  al propio Ingeniero Heberto Castillo, etc. Todos me recomendaban que tratara de ser testigo de un movimiento que evolucionaría a favor o en contra del país, según el buen criterio, tolerancia y la mayor honestidad por parte de cada uno de los sectores involucrados. Me invitaban a ser prudente y analista, que prestara especial atención a algo que podría significar un devenir inesperado.

Mi situación de confusión derivada de tantos años maristas y apenas poco más de un año viviendo intensamente la UNAM y particularmente mi amada Escuela Nacional de Economía, me había colocado en un “no sé qué hacer”. Mientras tanto pasaba el tiempo. La UNAM se paralizó, la sociedad a nivel nacional se estremeció, la ocupó el Ejército y culminó con el muy triste 2 de octubre  ya muy cerca del inicio de las Olimpiadas. Me causó mucho gusto y tranquilidad saber que entre tantos muertos, no figuró ninguno de mis compañeros que, esos sí, le entraron al toro. Sentía que una vez más en México, los estudiantes resultamos “carne de cañón” ¿Quién o quiénes promovieron el movimiento? ¿por qué? ¿para qué? ¿de dónde provenía? ¿Qué resultados a favor de nuestra sociedad se sucedieron después de todo lo ocurrido?

Nunca, nunca, de entre mis compañeros encontré a alguien que me supiera explicar de manera contundente cuál era la causa y la razon. Me resultaba muy sospechoso observar cómo se trasladó desde Paris la Revolución de Mayo a México, un movimiento que me parecía similar, básicamente estudiantil. Todo era el romanticismo propio de seres humanos que en su etapa de juventud, deseaban un cambio, pero sin saber bien a bien el cómo. Estaban eso sí muy influenciados por las teorías marxistas leninistas, por la situación de Cuba, por la figura del Che Guevara y por la moda que en materia de socialismo imponía el comunismo chino con Mao al frente.

Me causa mucha decepción y a la vez tristeza confirmar cada vez lo lejosque estamos como país de la posibilidad de alcanzar y entender lo que realmente significa un marco socialista. La que se ha autodenominado “izquierda mexicana” está verdaderamente dividida, débil, anquilosada y cada vez más distante de la posibilidad de lograr una posición que signifique que se le entiende, que la respetan y reconocen. Somos un país ya de por sí ignorante de los conceptos del socialismo como sistema, también por cierto muy dividido en el ámbito internacional. Nada que ver con el socialismo de los Países Bajos, con respecto a una unión comunista soviética que simplemente se acabó. Me pregunto qué sucederá con China, ahora preocupada por mantenerse en un lugar preponderante en la dinámica de la competencia capitalista.

Supongo que  Cuba, una vez ausente Fidel, su sociedad como alguna vez sucedió en España después de la muerte de Franco, exhibirá su propio destape.

México ya no tiene líderes socialistas de acción y pensamiento. Ya murieron Cárdenas, Lombardo, Zabre, Silva Herzog, Botas, Eli de Gortari, Reyes Heroles, etc. Hoy, tengo la impresión de que los que se envuelven en la bandera del socialismo, se aprovechan de la ignorancia de nuestros pobres para manipularlos y generarles ilusiones imposibles de satisfacer, dada la realidad actual por la que atraviesa México. Lo peor está en el hecho de que esos mismos “pseudosocialistas” propician enfrentamientos, pasiones, resentimientos, de manera que cada día los mexicanos estamos en intensidad creciente, contra los mismos mexicanos.

Siento a la UNAM como una especie de mamá (Alma Mater) preocupada porque sus hijos no encuentran espacios y mientras tanto viven en la angustia, la frustración y la confusión. ¿Quiénes componen a nuestra izquierda? ¿qué resultados han generado a favor de México mientras desde 1968 han tenido la oportunidad de aportar lo que tanto predicaban? ¿Qué avances ha mostrado a su interior de manera que la misma se fortalezca con sangre nueva, con miembros conocedores de lo que verdaderamente significa socialismo y dispuestos a colaborar con la paciencia y tolerancia que implica un cambio? Yo mientras tanto de nuestra “izquierda” sólo escucho chismes, rumores: que si Amalia García y su izquierdismo resultó sólo a favor de sus familiares, igual con relación al señor Ricardo Monreal. Observaba con enojo a un Presidente Municipal de Acapulco perredista, que cuando era Diputado llegaba a la Cámara en motocicleta para demostrar su poder y galanura: torvo, bravucón, fanfarrón.

Me sorprendo frente a la vigencia de un señor René Bejarano después de sus deshonestidades vistas en la televisión y ahora promoviéndose nuevamente como “apóstol” de nuestras clases marginadas. Más me asombra por cierto, la corta memoria de los mexicanos. Tantos que yo ví participar en el ’68 ahora acomodados y requetebién pagados en el sector público. No estoy en contra de ello si efectivamente alcanzaron su posición derivado de su capacidad y honestidad, no por la vía del amiguismo o compadrazgo. No me gusta el señor López Obrador por su mezquindad, soberbia y populismo. Pero no dejo de reconocerlo como una persona fuerte y con enorme capacidad de liderazgo. Creo que sus argumentos son válidos, aunque dudo que actúe de buena fe. Creo pregona socialismo a su modo y conveniencia, sin verdaderamente haberlo estudiado y que ahora pretende enaltecer, propagar y enarbolar.

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