ALVARO OBREGON Y PLUTARCO ELÍAS CALLES: CHANO Y CHON

A mi juicio, la Revolución Mexicana culminó con la muerte del señor Venustiano Carranza. Su resultado fue muy pobre y yo diría que hasta insulso en virtud de que todo lo que se decía haber alcanzado no era tal. Si bien con Carranza quedó definida una constitución, ésta no se aplicó en todos sus términos como se hubiera deseado. El propio don Venustiano tuvo que dar varias vueltas atrás, consciente de que el país no estaba preparado para asumir su contenido en razón principalmente de la miseria y falta de educación que prevalecía en México. Los extranjeros supieron aprovechar dicha situación para mientras tanto continuar apoderándose de la riqueza nacional, misma que aunque se perfilaba proteger a partir del establecimiento de sus artículos 27 y 123, estaba claro que en la práctica en el caso del primero, el poder del gran capital haría que su contenido quedara en sólo eso: una simple redacción guardada en un cajón y que todos, mexicanos y extranjeros, se preocuparían mucho por hacer que no se ejerciera. Respecto del 123, igual su aplicación podría significar un detonante que pusiera nuevamente a México en estado de franca violencia. Afectaba muchos intereses a quienes se consideraban los promotores de los recursos derivados de la industria y la agricultura.

Si Zapata no hubiera sido asesinado, habría seguido encabezando un movimiento que aún triunfando a favor de que los campesinos tuvieran acceso a la pequeña propiedad agrícola, éstos no estaban capacitados para desarrollarla y administrarla. Era necesario seguir dando cabida al latifundio porque si dicho sistema terminara desapareciendo, los grandes hacendados dejarían de producir lo que era vital para nuestro país, esto es: alimentos. Igual los industriales veían en el artículo 123 la amenaza de la reacción obrera a través de los sindicatos. Provocaría salida de capitales que reduciría el ya de por sí menguado aparato productivo y comercial consecuente de una desconfianza que se venía arrastrando desde hacía ya muchos años. Con la muerte de Carranza, se reabría el camino a la continuidad de lo mismo: Estados Unidos siempre enfrentado a la autoridad mexicana y condicionando su reconocimiento a que se le dieran satisfacción a todas sus arbitrarias demandas significadas en conservar a México prácticamente como de su propiedad y proveedor de las grandes riquezas que contenía a cambio de prácticamente nada.

Entre la muerte de Carranza y la llegada de Don Lázaro Cárdenas a la Presidencia, la “Revolución” no fue otra cosa que enfrentamientos entre grupos de poder ávidos del mismo y que nada aportarían a favor de lo que pudiéramos llamar una consolidación de resultados. Después de muerto Carranza, Adolfo de la Huerta, ex Gobernador de Sonora, se encargó de calentar la silla a favor de Alvaro Obregon, mientras concluía el periodo constitucional correspondiente al régimen presidencial. Asumió entonces la primera magistratura con carácter de interino. Durante su corta gestión, su voluntad estuvo reflejada principalmente en apaciguar al país, alcanzar una paz definitiva, rearmar la infraestructura productiva y hacer a un lado y por la buena a todos aquellos individuos que de alguna manera significaran un potencial de violencia. Tranquilizó a Villa, quien se sumó a apoyarlo y terminó siendo sujeto de un trato preferencial por parte de De la Huerta al amparo de un acuerdo a cambio de la deposición de las armas por parte del Centauro del Norte.

@ap_penalosa

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