Amada Díaz, hija de Don Porfirio

Espléndida hija y esposa. Mujer que a lo largo de su vida enfrentó un infierno. Comprendida y consolada por quien fuera quizá su mejor amiga y última esposa de Don Porfirio: Carmen Romero

Doña Delfina Ortega, conocida como Delfinita, procreó con Don Porfirio dos hijos: Porfirio y Luz. Díaz tuvo otra hija con una extraña y a mi juicio mala mujer de quien nació Amada. Llevó por nombre Rafaela Quiñones. Esta última negoció con Don Porfirio el que él mismo se hiciera cargo de la niña a cambio de un dinero que le facilitara una vida en plena libertad, cómoda y estable, al punto de volverse a casar a su capricho. Nunca demostró un auténtico amor de madre a Amadita, el cual doña Delfina sí le supo prodigar, al punto de jamás mostrar diferencia entre sus propios hijos y la que vendría a ser finalmente su hijastra.

Papel importante jugó también en la vida de Amadita la quien fuera última esposa del señor Díaz: Carmen Romero, con quien nunca procreó hijos y quien a lo largo de toda su vida actuó como verdadera compañera, amiga y persona que siempre regaló a Amada amor y comprensión.

Lo escrito por Amadita se expone como álbum y no como diario, debido a que no tuvo tiempo para hacer anotaciones cada día. Las circunstancias la mantenían absorta en muchas otras actividades según las tristes circunstancias que en todo momento tuvo que afrontar. Muy brevemente del puño y letra de Amadita se muestra en forma muy resumida, según fechas de sus escritos, lo que refiere ser otro de los peores estadios y vergüenzas para México en el proceso de lo que se da en llamar “Revolución Mexicana” de la cual surgen anécdotas que hacen al lector darse cuenta de tantas mentiras y elevación a las alturas de personajes que en la realidad resultaron por demás dañinos y detestables y quienes a la postre según lo dice la verdad debieron ser elevados a la categoría de héroes, pero de barro o judas de cartón para ser quemados con muchos, muchos cohetes, y así evitar que ahora sus nombres embarren y hasta ensucien, escritos con letras de oro,  ese circo nuestro llamado Congreso de la Unión.

Amadita casó en 1888 con un hombre muy rico hijo de un poderoso hacendado llamado Ignacio de la Torre quien había hecho gran fortuna con propiedades, entre otras azucareras, localizadas principalmente en el estado de Morelos. Era muy trabajador y ambicioso. Se dice que además era justo y espléndido con su gente. Le querían bien, lo respetaban y por lo mismo obtenía de ellos su mejor esfuerzo. Entre esa lista de trabajadores aparecía el nombre de Emiliano Zapata, hijo de otro Zapata que siempre se mostró agradecido a la familia De la Torre.

Apenas contrajeron nupcias, Amadita sentía a su esposo muy distante de todo aquello que como toda recién casada deseaba saborear, esto es, las mieles del amor en todas sus formas. Lo notaba alejado, desinteresado y hasta temeroso a la cercanía con ella. Sospechó entonces que en sus afanes había algo extraño. Ignacio solía alejarse con mucha frecuencia de su casa, era amigo de la farándula pero además, dichas farándulas hacían coincidir a hombres homosexuales. Ignacio era uno de ellos.

En cierta ocasión alertada la policía de un escándalo más, penetró al lugar donde se llevaba a cabo otra de tantas fiestas y resultó que entre los detenidos se encontraba el esposo de Amadita, vestido de mujer, con la cintura avispada pero eso sí, luciendo el típico bigote que la moda de aquella época imponía. Don José Guadalupe Posada, uno de nuestros grandes caricaturistas mexicanos, dispuso de dicho tema para elaborar una burlesca ilustración intitulada: Los 41 Maricones encontrados en un baile de la Calle de la Paz el 20 de noviembre de 1901, misma que dio la vuelta por todos los ambientes sociales de la ciudad y que causó un gran sorpresa e indignación. Cuenta Amadita que cuando habló con su esposo al respecto, éste todo lo negó aduciendo que sólo era producto de acciones de los enemigos de Don Porfirio. Para Amadita, lo sucedido simplemente significaba la confirmación de sus sospechas.

Más pronto que tarde, Díaz mandó llamar a su hija a quien le confirmó que lo que se decía de su yerno era cierto y que para evitar un escándalo social, había intervenido para que Ignacio quedara de inmediato en libertad. Respetó a su hija y le advirtió que él de ninguna manera se inmiscuiría en un asunto tan de pareja, pero fuera cual fuera la decisión que Amadita tomara, él como su padre que era, estaría en la mejor disposición de brindarle cualquier apoyo y consuelo.

Amadita siempre vivió entre la espada y la pared. No obstante la pena que tanto afectaría el resto de su vida, nunca dejó de amar y respetar a su esposo, quien por cierto en la medida del tiempo fue mostrando más a la luz pública su tendencia sin sentirse molesto ni preocupado por lo que se hablara de él. El amor de Amadita a su marido, su tortuosa existencia, la saña y maldad de Zapata referida en mi libro, sumado a las circunstancias de la Revolución, hicieron que la vida de esta mujer se tornara en un Infierno hasta el día de su muerte.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *