ATRÁS DE NUESTRA PSEUDO REVOLUCIÓN: EL PETROLEO.

Cuando Richard Nixon fungía como Presidente de Estados Unidos, había heredado una papa muy caliente que se llamaba la guerra de Vietnam. Su país estaba al borde de la debacle en todos los aspectos: económico, político y social. Tantos años había durado el conflicto y tanto dinero y calamidades había significado, que le era indispensable acabar con él a como diera lugar. Llegó un momento en el que la economía norteamericana giraba principalmente alrededor de casi solo Vietnam. Sus plantas productivas de acero, aviones, automóviles, llantas, herramientas, textiles, etc., del total de lo que producían, un altísimo porcentaje estaba destinado a satisfacer las necesidades crecientes que urgía todo aquello. Por ejemplo: en la medida en que la industria automotriz se veía precisada a producir cada vez más jeeps o vehículos blindados, en esa misma medida dejaba de manufacturar para satisfacer el mercado doméstico, y en adición también paulatinamente dejaba de exportar. Y por lo mismo, como ya tampoco vendía al exterior, los compradores se dirigían a buscar mercados alternativos que sí contaban con oferta vehicular como para sustituir lo que ya la Chrysler, la Ford o la GM no podían ponerles a su alcance. Así entonces Estados Unidos, de ser fabricante local a favor de sus consumidores internos y exportador, pasó a convertirse en país importador.

En resumen, los mercados norteamericanos se iban constriñendo en la medida que Vietnam crecía en necesidades ¿Pero qué pasaría si Estados Unidos se retiraba de Vietnam? Entre otras cosas, el desempleo crecería de manera incontenible y así por ejemplo no habiendo demanda suficiente por falta de capacidad adquisitiva, entre otros productos de automóviles americanos como antes, o porque ya las industrias japonesa, alemana, francesa, etc. las habían rescatado para ellas ¿a dónde irían a parar todos los corridos de sus trabajos víctimas de la terminación de la guerra referida?

Le era urgente a los yanquis recuperar sus estructuras comerciales tanto domésticas como de exportación, para con ello seguir dando ocupación a su mano de obra al margen de una economía de guerra.

Por ahí andaba un chaparrito de nombre Henry Kissinger, quien después de ser Asesor directo de Nixon, pasó a convertirse en su Secretario de Estado. Hombre a mi gusto brillante en extremo y gran estratega. Sabía que solamente un arma sería capaz de derrotar en la guerra comercial a favor de los Estados Unidos: EL PETRÓLEO.

¿Con qué energéticos producían los principales competidores de los americanos? Fácil: principalmente con los provenientes del Medio Oriente, esto es Kuwait, Arabia Saudita, Libia, etc. ¿Tenían ejércitos los árabes? Por supuesto que no. Las únicas armas con que contaban los árabes eran sus hidrocarburos.

Y bueno, a don Henry como buen judío, se le ocurrió que si enviaba a sus amigos árabes a tomar por sorpresa mientras sus paisanos oraban en sus sinagogas justo a la hora de la celebración del “Día del Perdón”, esto es el Yom Kipur, éstos a la salida encabronadísimos tomarían hasta sus resorteras para ir en venganza por la acción por parte de los árabes. Resultado: todos se aliaron con los israelíes por representar los intereses de Estados Unidos. A manera de revanchismo, los árabes advirtieron a todos los que dependían de su petróleo “van a ver bolas de saniores cabrones, ahora se quedan sin nuestros batroleos”. Y ¡zaz! decían los europeos y los japonesitos “y ora ¿con qué producimos?”. Nixon y Kissinger se desternillaban de la risa. “Ya no me hagas carcajear Henry porque me voy a cagar en los pantalones”.

Así, de pronto apareció Nixon en cadena nacional en la radio y televisión y anunció su decisión de la “derrota digna” que daría paso al retiro de las tropas americanas de esa tan atormentada zona y colorín colorado, los gringos recuperaron sus mercados, la economía se consolidó nuevamente, no hubo desempleados y los que se habían aprovechado de la distracción del Tío Sam por culpa de Vietnam, ésos sí que se hicieron popó en serio y en forma de diarrea.

¡Y ya verán lo que luego pasó en Europa!

“El Niño Dios te escrituró un establo y los veneros de petróleo el Diablo” Ramón López Velarde.

@ap_penalosa

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