CALLES SOLO Y DERROTADO

Calles para nada era tonto. Hizo un primer intento de desaparecer del mapa político en razón de una enfermedad que lo obligó a salir un rato a los Estados Unidos y mientras, Cárdenas invitó al caballo a galope largo, muy largo, pero siempre controlado en la cadencia. Era imprescindible evitar que reventara. Dejaba de ser Comandante de soldados. Ahora se constituía como líder de ejércitos constituidos por obreros y campesinos. Su primer arma a exhibir se llamaba “huelga” apuntada contra un primer objetivo: la industria petrolera. Estaba bien consciente de los resultados que derivarían de dichos movimientos. Podrían hacer pensar que el Presidente llevaría al país a un auto ahorcamiento. La falta de petróleo consecuente afectaría la vida diaria de nuestra patria de manera muy drástica. Se perjudicarían las comunicaciones, la falta de transporte dañaría el abastecimiento oportuno de alimentos, se pasarían muchas noches a obscuras, etc. Era una acción de corto plazo a manera de medicina muy difícil de asimilar mientras paulatinamente el enfermo avanzaba en su recuperación.

Calles con todo esto vería que los yanquis intempestivamente harían bajar el telón de modo que el auditorio no se percatara que atrás, en la tramoya, un ejército de resentidos terminarían despedazándolo. Así, Don Plutarco quedaría definitivamente acabado. También Cárdenas confiaba en la persona de Roosvelt. Lo consideraba su aliado, más ahora, como cuando en el Primera Guerra Mundial, se observaban connatos de violencia que cada vez se extendían más a lo largo de toda Europa. Hitler, Mussolini y tantos otros más fascistas locos radicales, hacían suponer la posibilidad de un conflicto de alcance nuevamente mundial ante una Alemania necia en por fin alcanzar una victoria difícil de contener. Nuevamente, México se convertía en factor indispensable como apoyo por si en caso necesario Estados Unidos se viera precisado a involucrarse. Todo, todo, lo tenía bien calculado el Presidente Cárdenas. Le motivaba saber que el pueblo, no obstante los sufrimientos que sus pasos causarían, estaba de su lado.

Las huelgas en la industria petrolera empezaron a sucederse. La Tolteca, antes propiedad de Mcdoheny luego la Standard Oil quedó paralizada. Sus trabajadores demandaban el pago de horas extraordinarias arrastradas entre 1906 y 1933. Siguieron La Huasteca y la Pierce Oil. Como en desfile que iniciaba con la participación de cien personas, luego se fueron sumando más en apoyo a los primeros que en poco rato sumaron miles. Todos apoyaban a sus compañeros petroleros y al mismo tiempo demandaban lo mismo: justicia. El movimiento se fue expandiendo por todo el país, principalmente en los estados que se habían liberado de la opresión de Gobernadores de extracción Callista. Cuando los petroleros acudieron a pedir ayuda de su Secretario de Estado, Cordel Hull, éste se limitó a orientarlos, recomendándoles que el previsto y asignado para atenderles era el Embajador en nuestro país, Daniels. No estaba dispuesto Hull a comprometerse y seguramente recibió órdenes de Roosvelt en el sentido de mantenerse al margen. Todo era desesperación entre los petroleros, misma que alcanzaría después a otros desalmados inversionistas que a través de otro tipo de empresas, se habían hartado de saciarse de la ubre de la misma vaca. Sentían sepulcral el silencio de Washington.

@ap_penalosa

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