CERCA DE TERMINAR CON DON PORFIRIO

Seguido de la muerte de Iturbide, nuevamente México cayó en la sumisión en este caso a un loco y diabólico traidor, Santa Anna, quien no tuvo empacho por afanes personales como fue en el caso de Juárez, en poner en venta parte de nuestro territorio y lo más deleznable, nuestra dignidad y soberanía. López de Santa Anna, Juárez, otros mexicanos y la Iglesia pusieron a competir en detrimento de nuestro país a dos invasores: los Estados Unidos de Norteamérica y Francia. Los primeros quedaron desilusionados por no haber logrado finalmente el objetivo contemplado en el Tratado MacLane-Ocampo, los segundos finalmente optaron por renunciar a sus ambiciones.

Con Juárez su actividad de pastor de ovejas trascendió a la de manejar grandes rebaños de borregos enfrentados entre sí: liberales y conservadores bajo el arbitraje de un referee personalizado por el país vecino. Finalmente este último dió por concluida su propia pelea en lo interno: la Guerra de Secesión.

Llegó Don Porfirio sin tomar partido. Su prioridad era su patria destrozada, volver a reunir a los mexicanos en un solo grupo, abrirle las puertas a todos y con ello a las oportunidades, pero lo más importante, en un marco de paz. Eso era lo que más deseaba y urgía a México. Fue Dictador sí, no quedaba de otra. 80 por ciento de la población vivía incontrolable en la miseria y en la más absoluta ignorancia. Bien lo sabía. Se aprovechó de dicha circunstancia pero con todo y todo y a pesar de muchos que no lo querían, Díaz resultó un buen gobernante. Conocía bien a México desde ser un militar que se oponía a las intervenciones hasta que asumió el poder consciente de un país que recibió arrasado y que levantó al grado de cambiarle la vestimenta de tribu y exhibirlo como nación en vías de la prosperidad. Era un ser humano más, pasional aunque a la vez reflexivo, calculador, prudente y tolerante.

Con Don Porfirio en una buena parte de nuestro enorme territorio se dio crecimiento y trabajo. Eso no quiere decir que haya logrado salvar sectores marginados, pero bueno, puso a la nación en una charola de plata que nuevamente fue pateada y de ella cayeron valores que terminaron pisoteados, aplastados y hasta ignorados. Continuó un nuevo ciclo que se llamaría Revolución Mexicana a lo largo de la cual todo sería igual a los tantos periodos anteriores: luchas fratricidas, asesinatos, traiciones, sangre, muertes, debacles y nuevamente un espacio de trogloditas que daba oportunidades a aquellos atentos a eso de “a río revuelto, ganancia de pescadores”. En el México independiente, con todas sus cosas buenas y malas puestas en una balanza, me temo que en las segundas está representado el mayor peso.

Me pasa como lector que de pronto me arrimo a obras constituidas por tantos volúmenes o páginas y me digo: “si trato de leerlos completos luego ni me voy a acordar y no tendré tiempo de avocarme a otros”. Eso me pasa con “México a través de los siglos” o con “Don Quijote de la Mancha”. Pero cuando los vuelvo a abrir al azar o buscando algo en específico, en el caso de la primera obra siempre termino satisfecho e impresionado. No me imagino cómo le hizo Don Vicente Riva Palacio para organizar con sus colaboradores ese monumento que desafortunadamente pocos coterráneos tienen en sus casas. Ahí está plasmada lo que yo califico una sincera historia de nuestro correr no sólo en su avanzar político, sino también en lo económico, en lo social, en lo cultural, en la heráldica, en sus tradiciones y costumbres, etc. Existen librerías de ejemplares viejos donde regateando se puede uno hacer de la colección incluyendo diez tomos, a no más de mil pesos y mientras más viejos, más huelen a libro y a un México lleno de sorpresas y de pronto inentendible. Muchas veces basta abrir el Quijote así en un a ver qué sale y ¡uff, cuánta sabiduría en dos páginas! En “El Principito” de Antoine de Saint Exupéry, cortito, fácil de leer, ameno, ahí sucede lo mismo. Cada vez que se vuelve a una página por enésima ocasión, algo nuevo se aprende. Leamos, aprendamos y disfrutemos. Busquemos la verdad, confrontemos y van a ver, cada vez que se dé un proceso de elecciones, vamos a poner a temblar a los chingados políticos.

Para terminar con Don Porfirio, me referiré a una auténtica testigo que fuera de ese gran personaje, su propia hija de nombre Amada a quien tocó vivir grandes desventuras derivadas de su niñez, su matrimonio y por la forma como terminó la vida de su padre. Existe un espléndido libro al respecto escrito por Ricardo Orozco, denominado” El álbum de Amada Díaz” que quien lo lea terminará reconciliándose con ese protagonista de nuestro devenir y que yo califico digno y ejemplar en las mismas proporciones en que calificaría al sistema mexicano quien por conducto de sus “historiadores” ha sido contrariamente ingrato y soez. Antes de avocarme a Amadita diré a manera de antecedente que su padre ya sentía el peso de su edad y por lo mismo ahora sí preveía su salida del gobierno. Tenía previsto para sucederlo a quien pretendía colocar previamente como vicepresidente y que llevaba por nombre don Ramón Corral. Limantour también pesaba mucho pero en aquello de previsiones no había quién le ganara al Presidente Díaz el cual prefirió mejor reelegirse nuevamente.

Madero era un hombre muy pequeño en todos los sentidos de la palabra. Además el pueblo en general optaba más por la figura de don Bernardo Reyes, en caso que Don Porfirio efectivamente renunciara. Sucedió todo lo que ya sabemos y finalmente Díaz consciente de la gravedad que significaba a México la amenaza de una nueva revuelta, prefirió declinar a seguir gobernando y salió del país desterrado por decisión propia acompañado de su esposa Carmelita y de su hijos Porfirio y Luz. Amadita permaneció en México mientras los mexicanos en su gran mayoría lloraban por su salida.

Doña Delfina Ortega, conocida como Delfinita, procreó con Don Porfirio dos hijos: Porfirio y Luz. Díaz tuvo otra hija con una extraña y a mi juicio mala mujer de quien nació Amada. Llevó por nombre Rafaela Quiñones. Esta última negoció con don Porfirio el que él mismo se hiciera cargo de la niña a cambio de un dinero que le facilitara una vida en plena libertad, cómoda y estable que además le facilitara volverse a casar a su capricho. Nunca demostró un auténtico amor de madre a Amadita, el cual doña Delfina sí le supo prodigar. Jamás mostrar diferencia entre sus propios hijos y la que vendría a ser finalmente su hijastra.

Papel importante jugó también en la vida de esa última la quien fuera última esposa del señor Díaz, Carmen Romero, con quien nunca procreó hijos y quien a lo largo de toda su vida actuó como verdadera compañera, amiga y persona que siempre regaló a Amada amor y comprensión.

@ap_penalosa

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