CONTINÚO CON PLUTARCO ELÍAS CALLES

Se sabían sospechosos ante las autoridades norteamericanas de haber sido los que promovían los contrabandos de armas para combatir los alzamientos previstos por Calles. También tenían que reconocer que éste último estaba acabado, por más que insistiera en que regresaría a retomar el control del país. Ya los petroleros preferían buscar alternativas por sí mismos haciendo conclusiones, según ellos, de acuerdo a las características propias de los mexicanos que siempre, también según ellos, se mostrarían nuevamente sumisos después de sentir el rigor de la presión antes de ser víctimas del ahogo.

Y sí, Calles todavía hizo un último intento y se apareció en México exhibiéndose, como algunas veces lo había hecho Santa Anna, como el resignado a recomponer una vez más las cosas derivadas de las “tonterías” cometidas durante su ausencia: “¿A ver, carajo, qué tantas chingaderas han pasado? ¿No ven que estoy cansado y hasta enfermo de tanto que he hecho por ustedes? ¿Qué no hay alguien más que pueda seguir haciendo las cosas tal y como lo ordené? ¿Qué va a pasar con este pinche país el día que les falte? ¡Bola de burros!¿Dónde anda ese mequetrefe de Cárdenas? Quiero verlo en seguida… A ver, que venga la prensa para que publique mis declaraciones respecto de ese comunistoide, jijo de la fregada. Pero ya, punto, rapidito que voy a tener una vez más mucho qué hacer…” Sólo dos lo escuchaban: el velador de su casa y la sirvienta. Mientras ésta última le sirvió un té de tila, el velador habló por teléfono a todos los periódicos y cada vez que colgaba se ponía pálido por las respuestas que encontraba. Luego llamó a los Senadores amigos de Don Plutarco: “Que no estaba, que se encontraba malísimo de chorrillo, que su abuelita estaba a punto de morir…”

Regresó el velador a donde Calles se encontraba y así como que tartamudeando le informó: “Patroncito, que dicen los de los periódicos que están escasos de papel, que dizque por órdenes del gobierno, si se atreven a publicar lo que usted dice, les van a desmadrar sus máquinas. Están rete asustados. Sus amigos los Senadores ni siquiera toman la llamada, sólo mandan recados con las chachas”. “¿Dónde anda Morones?” “Uy, siñor”, intervino la mujer. “Esta mañana pasó por aquí riteinojado. ¿Qué cree? Le fueron a sacar de sus sótanos todas las armas, cartuchos y pólvora que tenía guardados. Pobrecito, está rite triste y asustado”. “!Puta madre, ¿qué hago?! ¡Ahora sí que estoy metido en un berenjenal!”, se dijo Calles.
@ap_penalosa

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