Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana

Ayer un amigo mío se sentía abatido. Sin trabajo, perspectivas y nuevas ilusiones. Le platiqué mis propios avatares. Después de escucharme y verme tan bien me expresó: “gracias, veo que los supiste aprovechar”

El domingo estuve observando la clausura de las olimpiadas. Creo que ha sido uno de los espectáculos más bellos que he visto en mí vida. Debo confesar que de entre tantos eventos, reuhia observar la equitación. Sabía que eso me traería muchos recuerdos gratos pero también muy dramáticos. Sentía que mi inconciente me preguntaba: “¿quieres o no ver la competencia?” Le contesté: “adelante”. Luego de superada dicha prueba, vino la segunda: el cierre de la gran fiesta. Fastuosa, en extremo bien organizada, cálida, en resumen: todo esplendidez. Solo al final y equivocadamente me puse mal cuando se levantó la bandera de Brasil quien será el país organizador de los próximos juegos. Me dije: “¿y pensar que en ’68 y luego en el ’70 México fue sede de olimpiadas y después de un mundial de futbol?” Más: recordar cuando ¡Brasil! se dorrotó para ese último evento a llevarse a cabo en el ’86 porque le faltaba plata y por ende México salió a la palestra y lo sustituyó.

No cabe duda que la vida da muchas vueltas. De pronto se tiene mucho, al rato se tiene nada. A mí me ha sucedido, pero aprendí que cuando se carece de lo que ha sido costumbre en la existencia, eso nos hace valorar y aunque suene irónico, hasta disfrutar un rato una relativa pobreza. Digo relativa, porque en el fondo cuando se sabe sublimar y se tiene coraje, sigue uno adelante, echamos mano de nuestros talentos, hacemos a un lado sufrimientos, confiamos en nosotros mismos, enderezamos el camino y luego resulta que a la vuelta de la esquina nos percatamos que tenemos más que antes. Eso se lo dije al amigo que mencioné al principio. Me dolió un poco cuando me dijo “si Antonio, pero ahora resulta que mi mujer, mis hijos, los que se decían mis amigos y otros más, hasta decidieron alejarse de mí” Entre broma y en serio le contesté: “espera a que te levantes y verás que tu mujercita, hijitos, amiguitos y demás del clan, de pronto aparecerán y hasta pretenderán santificarte. Al tiempo.

Lo mismo pasa con nuestra nación. Un día subió a la rueda de la fortuna y mientras se ubicaba en las alturas el mundo se le hacía pequeño. Esa misma rueda al bajar se sentía urgida por la patria al punto de exigirle: “¡vuelve a subir y rápido! tengo toda la lana del mundo y al terminar te pago y hasta con propina”. Pero claro, pasó el tiempo, no nos actualizamos, derrochamos con malas compañías y “¿a verdad? ¿y ora? Pos ora que te sirva de lección mi cuate. Mira donde está Brasil: igual, exactamente igual a como tú estuviste y no supiste aprovechar ¿lo veías chiquito o no? Ándale, que te sea un aprendizaje más”.

Sí señores. Ya terminaron las olimpiadas, las disfrutamos, de alguna manera nos relajaron ¡qué bien! Solo falta una cosa: tomar conciencia que eso ya pasó, que por lo pronto no podemos aspirar a que eso nos vuelva a suceder por un buen rato y, lo más impotante: o nos dejamos de pendejadas y mejor nos ponemos a chambear o con todo y lo que aún nos queda, a México se lo va a llevar el tren.

Yo por lo pronto como dicen los inditos “ya otra vez li estoy talachando ritiarto”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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