De su juventud, depende el futuro de México. Ahora está irritada y con razón

Siendo maestro en la Facultad de Economía en la UNAM, muchas veces me preguntaba: ¿He venido a enseñar o a aprender? Hoy nuestros jóvenes son más transparentes, nobles, analíticos y libres de ataduras. Si AMLO piensa que los va a “usar”, está por demás equivocado. Éste último, además de oportunista, es imbécil.

Tengo que reconocer que luego de lo que se suscitó hace algunos días en la Universidad Iberoamericana, me negué rotundamente a suponer que dicho movimiento derivara de jóvenes que en su mayoría provienen de una clase media alta y que por lo mismo, distan mucho de estar de acuerdo con lo que el PRD significa. Además, es importante señalar que la calidad académica de dicha institución puede calificarse de excelencia. Ahora bien, esto no excluye a estudiantes de otras universidades públicas como la UNAM, la UAM,  el IPN, etc. en las cuales también los alumnos independientemente de su posición social, no pierden de vista sus objetivos y muchas veces a base de grandes esfuerzos y limtaciones, logran alcanzar la meta que se han fijado. En resumen: admiro la honestidad y me conmueve el romanticismo de tantos muchachos dispuestos y ahora sí tajantes en su decisión de manifestar un ¡ya basta!

Recuerdo con mucho cariño a un alumno mío hace muchos años cuando llegué a dar la primera clase correspondiente al semestre que corría. Estaba sentado al fondo del salón, su postura era retadora, fumaba, barba larga y cabello igual. No sé por qué razón me cayó en gracia y decidí  acercarme a él para pedirle un cigarrillo de los que fumaba. De esos fuertes y apestosos. Se sorprendió, más cuando lo invité a compartirlo con él pero fuera del salón. Salimos al pasillo, platicamos un poco y bromeando le manifesté: “se parece Usted a Trucutú”. “¡órale maestro! ¿qué así nos llevamos? Le dije “¿y por qué no, si de antemano nos hacemos amigos? Creo que Usted también me puede enseñar muchas cosas”. Agregué “por cierto, no lo quiero ver sentadote hasta atrás. Lo quiero siente frente a mí y cuidado si no  estudia porque lo saco de mí clase” Fue pasando el tiempo y efectivamente noté de su parte interés, mucha inteligencia y en el fondo un algo que me inspiraba mucha ternura.

Recuerdo que mi aula albergaba a 63 alumnos, de diversas clases sociales. Muchas mujeres. No faltó alguna de ellas que me quiso alertar diciéndome que tuviera cuidado según élla porque ese “malandrín” formaba parte del Comité de Lucha derivado del ’68.

Una tarde, al concluir mi exposición, lo llamé y lo invité a cenar. Se quedó boquiabierto pero aceptó. Pasamos una tarde noche que me resultó fascinante. Me habló de sus ilusiones, frustraciones, tristezas, resentimientos familiares, pobreza,  es decir: de toda su vida. Cuando salimos a esperar que sacaran mí automóvil, le ofrecí un aventón a su casa. Vivía en la Colonia Obrera. Esa noche por primra ocasión, le puse mi mano sobre su hombro.

A la siguiente clase pensé que estaba ausente. No me dí cuenta que ahí se encontraba pero afeitado y con el pelo corto y a su capacidad bien vestido. Al final del curso, obtuvo la mejor calificación.

Todo esto lo platico porque esa es una buena lección para nosotros los adultos. Si a un estudiante le bridamos cariño, comprensión, respeto y sacrificio al esnseñarle, el mismo terminará regalándonos grandes lecciones. Debemos y nos conviene escucharlos.

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