EL DIABLO QUE PRETENDIÓ TENTAR A CARRANZA

Wilson por muy puritano y demócrata que fuera, no dejaba de ser un americano más en sus usos y costumbres. No le cabía en su pensamiento el que un pueblo de indígenas, tal y como lo manifestaba también Mcdoheny, le resultara respondón, chismoso, fodongo, igualado, flojo, indolente y altanero “¿What?” Jamás le perdonaría a Carranza su negativa a ceder el liderazgo a Federico Gamboa cuando el ¡oh, my God! Presidente de los Estados Unidos de América pidió a Huerta y a don Venustiano que se hicieran “buenitos” y firmaran un pacto de armisticio. Por el contario, el segundo ni aceptó tal propuesta y sí en cambio le salió a mister Wilson con el “mira mi cuate, mejor déjate de fregaderas y a la de ya te me largas de Veracruz. Si no, vas a ver cómo me sale lo coahuilense qué caray. “Sí Chuchita ¡cómo no! ¡qué lindo eres cuando me mandaste tropas dizque para ayudarme…!” ¡Eso mi Don Venus, así se habla! Así entonces el presidente yanqui solo se rascaba la cabeza y decía “mi no entender….” Ja, ja…

¿Quién hubiéra llegado a suponer que la Constitución de 1917 imaginada y signada por Carranza, verdaderamente se implementaría en su totalidad hasta la llegada al poder del presidente Lázaro Cárdenas? Muchas cosas habrían de suceder mientras tanto y nuestra nación pasaría todavía un buen número de años para alcanzar su independencia, no sólamente en hidrocarburos, sino en torno a tantas otras riquezas naturales que por décadas habían sido sujetas de la avidez de los extranjeros. Carranza era como un toro bravo que se acrecentaba en la medida del castigo. Antes de salir el matador, el burel ya lo esperaba al centro del ruedo y con sus pezuñas rascaba antes de embestir. Bufaba y su cornamenta afilada y alzada no se atrevían los toreros o alternantes a menospreciar.

Por lo pronto y para tal efecto, el coahuilense tenía previsto modificar su Plan de Guadalupe y además, en previsión de contar con suficientes recursos para hacerse de material bélico y a sabiendas de que las condiciones de los proveedores obligaban a pagar con oro solamente porque no aceptaban ni siquiera dólares o libras esterlinas, entonces por mediación de agentes que lo representaban, concertó cobros por adelantado consecuentes de impuestos por pagar a futuro por las explotaciones petroleras.

A partir de la salida de Huerta del poder y ante la actitud tanto de Wilson como de los mismos petroleros, Carranza no dio validez a los pagos que con anterioridad habían realizado los acreedores. Para él la hora marcada por el reloj sería aquella prevista por las manecillas ajustadas según su criterio, o sea, “de aquí pal real”. Obregón por su parte, si bien mostraba la intención de dar luz verde a las reflexiones e intenciones de don Venustiano, en el fondo dudaba que la vía prevista por aquel resultara viable. Según Álvaro, el país estaba muy agotado y por lo mismo en condiciones de mucha debilidad como para un “tú a tú” con los yanquis y los ingleses. Sólo que el que luego resultara manco, o no tenía imaginación o simplemente daba poca importancia a lo que en Carranza en ese momento resultaba excelente perspicacia: en cualquier momento daría inicio la Primera Guerra Mundial, razón por la cual la mayoría de las flotas navales se concentraban cada vez más para orientar sus cañones hacía Europa.

Mcdoheny era un hombre con mucha visión. Muchos defectos lo caracterizaban, pero sería necio negar que sabía conjuntar de manera perfecta los resultados de sus propias conjeturas, sus magníficas relaciones e influencia tanto con las más altas autoridades gubernamentales como con los grandes magnates que conformaban los más importantes trusts. También era experto en materia de Inteligencia. Contaba con un gran aparato de espionaje que lo ponía al día de todo lo que a su juicio era relevante. Dudaba mucho de la efectividad y capacidad de Wilson en torno a tomas de decisiones. Sabía que sus prejuicios morales de ninguna manera llevarían al éxito para que por la vía de su tan proclamado espíritu demócrata se diera satisfacción a la demanda de él y sus colegas a efecto de poner un “hasta aquí” a nuestro país por el camino de la intervención militar franca y abierta.

En su opinión, la invasión a Veracruz había resultado un fracaso. Había significado una especie de uso de un elefante enviado para solamente pisar a una pulga. Despotricaba contra su presidente por lo que los mexicanos calificamos como “falta de huevos” a la mera hora. Insistía en criticar el forzamiento a la salida de Huerta del poder. Según el buen Edward, Victoriano había significado la mejor opción para dar una auténtica consolidación a la infraestructura petrolera americana. Ya después, entre ellos mismos y con el aval del chacal, se habría podido alcanzar un acuerdo con los ingleses de manera de llevar la fiesta en paz.

Cuando se enteró que el yerno de Don Venustiano, a la sazón gobernador de Veracruz, había promulgado decretos que obligaban a los extranjeros a recabar autorización previa del gobierno estatal para arrendar o subarrendar terrenos, Mcdoheny sintió que le habían metido un cartucho de dinamita por el trasero y bien cargado de pólvora, dada la intención de Carranza de hacer una valuación de la inversión de la infraestructura petrolera establecida en México para así encontrar una fórmula de política hacendaria más equitativa a favor del reforzamiento de nuestra economía.

En resumen: si Wilson no se decidía a actuar de manera radical y mientras tanto Carranza y los suyos avanzaban al punto de hacerse incontrolables, entonces los petroleros actuarían por su propia cuenta, punto. En un último intento desesperado, Mcdoheny influyó entre distintos senadores allegados a su persona con el objeto de concientizar a Wilson que a la luz del inminente estallido de la Guerra Mundial, más le valía asegurarse del abastecimiento de hidrocarburos provenientes de nuestra nación para con ellos alcanzar autosuficiencia tanto para su país y también para dar apoyo a sus aliados europeos amenazados por el enorme poder germano harto ya de haber acumulado tantas derrotas a lo largo de su historia.

¡Qué lejos estaba Carranza de imaginar que aparecería un “duende” que dejaría sobre su escritorio una carpeta conteniendo un recadito al cual al principio se negó a dar crédito porque su contenido era a tal grado atractivo e impresionante que ya de por sí siendo hombre desconfiado, bien sabía que estaba expuesto a muchas trampas así como con las mujeres hermosas que de pronto aparecen por un pequeño sendero en el bosque de Bermudez que limita el bello pueblo de Huasca de Ocampo en el estado de Hidalgo. Esas atraen a los incautos que las miran y hacen que las sigan para que a la mera hora terminen convirtiéndose en brujas y así concluir haciendo papilla al iluso infortunado “¿Qué, qué? ¿qué es esto? ¿qué se traen? ¡Van a ver bola de cabrones si esto resulta una bromita o una treta! ¡Ya verán como mis barbas de chivo como algunos las llaman, se convertirán en espinas filosas que a larga distancia dispararé a las nalgas de cualquiera que se quiera hacer el graciosito. ¡Pinche bola de ojetes! Ya de por sí bastantes problemas tengo con los chingados gringos para que todavía me salgan con estas babosadas”. Lo que no se imaginaba don Venustiano era que todo lo que platicaré no era falso ni disfrazado. Era un documento en serio, auténtico. Se conoce como el “Telegrama Zimmermann”.

@ap_penalosa

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