El mexicano y el excursionismo

El mexicano y el excursionismo

Yo viví una niñez y juventud que me hicieron muy feliz. Tuve un padre extraordinario que me regaló experiencias maravillosas. Era muy aficionado a caminar por el campo y alcanzar conmigo, según mi edad,  primero cimas de cerros como el San Miguel, el Tarumba, el Ajusco, etc. Recorrer las Lagunas de Zempoala, en aquéllas épocas limpias, transparentes, rodeadas de bosques, era una fiesta. Igual los dinámos. Ya más grande, me animó a alcanzar las alturas del Popocatepetl y luego las del Iztaccihuatl. ¡Lo logramos! Mi adorado señor ingeniero disfrutaba más observar mi emoción que el hermoso paisaje que desde dichos estadios nos conmovían. Estaba presente en nuestra mente y corazón José María Velasco. Muchas veces, el mejor regalo que uno mismo se da, es precisamente compartir con el ser amado aquello de lo cual nos ha derivado felicidad. El solo observar su sorpresa y placer, es algo que no se encuentra ni en la mejor joyería.

Cuando uno desde abajo, antes de iniciar el trayecto, observa la majestuosidad y la orografía del que nos invita a visitarlo, nos hace estremecer y preguntarnos ¿podré? A mi entonces mi papá me decía “ándele mijo, Usted puede y además recuerde que no está solo ¡disfrute!…” ¡Ah, cómo lo extraño y hoy particularmente me hace falta! Creo que en mi situación actual entonces me diría “siga adelante, encuentre nuevos horizontes y mientras tenga vida recuerde aquéllos retos que yo le enseñé a salvar….” Por supuesto que en eso estoy ¡qué caray, ja, ja..!

Platico lo anterior, porque anoche después de salir con mi Góngolo a caminar un rato por la noche, de pronto me percaté que muchos mexicanos se han quedado siempre al nivel del piso. No han tenido siquiera el real y honesto interés, así como el valor para lanzarse a algo que significa escalar. Están estáticos y resignados a un entorno sin variantes, ya aburrido, sucio, dominante y en ocasiones hasta esclavista. Dicen un día que buscarán nuevas cimas, que se renovarán, que capitalizarán para lograr vigencia y mucho, mucho más. Pero al día siguiente, ese buen propósito hace en menos de 24 horas ¡pum!, se desvaneció y acudieron nuevamente a refugiarse en su misma cueva. Si ayer hubiera repetido varias veces la misma vuelta que solo una vez hice con Góngolo, éste hasta me hubiera urgido a que lo regresara a casa a merendar y a que le diera sus galletas. Habría desperdiciado tiempo.

Yo invito a mis compatriotas a incursionar, a acercarse a cada rincón que nos cobija, a identificarlo y saber de su por qué. Los invito a observar a nuestra nación, pero no en la forma como se exhiben las cosas en tarjetas postales en las cuales figura solo lo aparente, lo atractivo. Rasquémosle a cada metro cuadrado de nuestra superficie y decidamos por nosotros mismos en donde estamos parados y busquemos aclaraciones en los libros de los veraces que han sabido respetarse a ellos mismos.

www.antoniopatriciopeñalosa.com

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