EL SALTERIO, TESTIGO DE UN MÉXICO EN PARTE EN PAZ PERO A LA VEZ TRISTE Y POBRE

Mi abuelo se llamaba Dario. Me gusta observar su retrato y recordarlo conmigo contándome de lo que le sucedió en tiempos de la Revolución Mexicana. Yo prestaba mucha atención a sus anécdotas. Lo obligaron los carrancistas a actuar como telegrafista desde un vagòn de tren.

Igual recuerdo de mi niñez, a mis padres urgiéndonos los domingos a estar listos para llegar a tiempo a la misa dominical en el templo de San Felipe, en la calle de Madero. Resultaba después una fiesta acercarnos a Sanborn’s a disfrutar aquellos famosos helados que mostraban distintas formas: payasitos, cisnes, caritas de niños alegres o tristes, barcos, etc. Antes de salir rumbo a la casa de los abuelos paternos a comer, en la Colonia Santa Marìa, todavía daba tiempo para caminar un poco por La Alameda. Mi madre decía: “aquí, según tu abuelo, conquistò a tu abuela vestido de “lagartijo” y exhibiéndose como excelente en el manejo de una bicicleta”. Mientras una banda de música alegraba el entorno.

Esto que ahora escribo, deriva de reflexiones sobre tres etapas que corrieron luego de la salida de Don Porfirio Dìaz exiliado a Francia: la de la Revoluciòn Mexicana, la que correspondió a la de mi niñez y juventud y la que se refiere al México de hoy. Llegué a la conclusión de que nuestra nación ahora está en franca decadencia.

Con Madero se dió paso a una “revolución” falsa. Duró en términos de estragos hasta que arribó al poder Don Lázaro Cárdenas del Río. Entre 1911 y 1934 todo fue corrupción, miseria, sangre, ansias de poder, traiciones, ignorancia y manipuleo de masas víctimas, como ahora, de lo que más falta hace a México: EDUCACIÒN. Digo “revolución” entre comillas, porque no es posible bautizar a ese movimiento como tal, cuando en las primeras décadas del Siglo XX, lo que prevalecía era una población analfabeta que muy probablemente alcanzaba entre el 80 o 90% de su gran total. Para que una revoluciòn se dé, se hace necesario una conciencia de nacionalidad que refleje la capacidad de razonar individualmente y así, con convicción por parte de quienes la promueven y llevan a cabo. Yo más bien diría que gracias a esa falta de educación, los que se decían revolucionarios empezando por el propio Madero, después Zapata, Villa, Obregòn, Calles, etc., en la práctica solo fueron oportunistas y malditos que jamás se conmovieron por los ríos de sangre, las hambrunas, el fanatismo clerical y tantas desgracias más, que hicieron que nuestros compatriotas actuaran según el cacique en turno.

Esa música en forma de valses mexicanos interpretada con salterio, violines, guitarra y a veces acordeón, hermosa por cierto, representaba a la élite de aquellos tiempos, la clase aburguesada. De pronto surgieron los corridos que hacían resaltar la fogosidad de una mayoría amargada y resentida que solo hacìa ver el estado de ánimo y deseos de venganza de tantos y tantos pobrecitos que sin saber por qué, se incrustaban o los levantaban para formar muchedumbres que a ciegas acudían a infiernos que posiblemente hasta representaban una especie de diversión o distracción macabra.

Luego del triunfo cardenista, por fin México se habría paso a la oportunidad de la paz, el desarrollo, el uso adecuado de sus recursos naturales y nuevamente su participación en el contexto internacional. Solo que ese México moderno naciente, no fue vacunado contra enfermedades tales como la corrupción, la pereza, la ignorancia, la delincuencia, el desempleo y todo lo demás que bien sabemos de sobra.

Si nuestro presidente actual, hiciera un balance de sus resultados comparando su administración con la de épocas a las que hago referencia, seguramente a su interior tendría que reconocer que sus acciones valieron para lo que yo llamo: un auténtico carajo ¿Y a luego qué Chencha?

@ap_penalosa

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