Entrevista a un aspirante a conseguir chamba

Se acercó mi secretaria. Me dijo que la persona ya estaba presente. Le pedí le ofreciera un café mientras terminaba una llamada telefónica y que luego de inmediato lo atendería. Ya su expediente se encontraba sobre mi escritorio

Al ingresar a mi oficina lo encontré muy bien vestido portando un traje seguramente hecho a mano, corbata muy fina, camisa impecable, calcetines de lana y zapatos limpios y de buena calidad. No me gustó su forma de estrechar la mano. Tampoco su evasión a mirar de frente. Pretendía proponerle sentarse en un sillón de mi sala, sin embargo sin consultar, se sentó en una de las sillas al frente de mi escritorio y me percaté que trataba de huzmear documentos que sobre él se encontraban. Observaba todo a su alrededor prestando especial atención a lo que le parecía caro y valioso. Inicié la conversación agradeciéndole su presencia a mi demanda para encontrarnos. Solo contestó “estoy a sus ordenes”.

Inicié la plática haciéndole saber que el puesto a ocupar, derivaba de que quien estaba a cargo del mismo, estaba presto a retirarse y que además la empresa no estaba satisfecha de sus resultados. No me preguntó siquiera “¿por qué?” solo asintió que con él mí compañía saldría adelante en razón de sus experiencias, conocimientos y por mucho. Yo entonces le pregunté si él estaba al tanto de las características de la industria a la que pertenecía nuestro negocio. Me hizo saber que en detalle no, pero que suponía que cualquier sector empresarial finalmente vive dificultades similares a otros más. Yo entonces le advertí que en nuestro caso no era así. Que la empresa a mi cargo era por demás sui géneris y distaba mucho de que su problemática resultara similar a las de otras. De ahí mi insistencia “necesitamos a alguien que verdaderamente esté claro y consciente de las dificultades y retos que en nuestro caso debemos enfrentar. No se trata de un “ a ver si puedo “, más bien requerimos a alguien que inclusive sepa más que nosotros mismos”. Guardó silencio, como que se mostraba dubitatívo y molesto. Se removía en su silla y prefirió orientar su mirada al horizonte a través de uno de los ventanales. Luego volteó su cabeza hacía mi persona y me lanzó un “bueno ¿y por qué entonces me citó Usted?”. Le hice ver que su curriculum, además de ser demasiado extenso y por lo mismo difícil de leer y entender, al yo hacerlo encontré algunos capítulos del mismo que me parecieron interesantes y por lo mismo quería profundizar con él mismo respecto a ellos. Aproveché para preguntarle el por qué al inicio del mismo había anotado a manera de título y a mayúsculas grandes,  cerradas y negreadas “URGENTE”. Me dijo que por una simple y sencilla razón. Porque no había una persona además de él para que nuestra compañía pudiera salir adelante.

Procedí entonces a abrir su expediente, que además de incluir su resumen, ya contenía también las opiniones que había solicitado de despachos externos y de mis más allegados. Con mucho cuidado y respeto le expresé que en general, los que habían observado lo anotado lo calificaban como no recomendable. Sin embargo también le hice ver que quien finalmente tomaría la decisión final sería yo y por lo mismo asumiría cualquier responsabilidad, caso decidirme por su contratación.

Yo ya había de antemano marcado con plumón las dudas me habían asaltado. La primera: “Usted se dice economista, pero no hace referencia a su tésis profesional ni a su título. También observo que estuvo en la UNAM catorce años, eso ¿a qué se debe?” Respondió: “ a mi vocación política. En dicha institución hice todos mis esfuerzos por concientizar al alumnado en relación a luchar en contra del régimen que nos abruma” Me cuidé mucho de expresar la palabra “grillo” lo cual confieso, me costó trabajo. Preferí entonces continuar consultando sobre si había llevado los resultados de su carrera a la práctica. Su contestación fue un NO rotundo. “Y bien ¿qué hizo mientras tanto” Respondió “una labor social a favor de las clases pobres y desamparadas. Esa es mi verdadera vocación y seguiré con ella hasta el fín de mi vida”. Se envalentonó y me retó al decirme “ustedes los de la clase burguesa no han terminado de entender que solo por la vía de la izquierda México saldrá adelante. Tienen terror a perder sus grandes privilegios y no se dan cuenta que nuestros desarrapados son los que coadyuvan a cambio de nada a engrosar sus fortunas”. Yo prudente le cuestioné “¿usted se considera uno de esos desarrapados? ¿no se ha percatado que por la forma de manipularlos solo los ha llevado a más polarización en nuestro país al punto de ese odio que sembró entre compatriotas en el 2006? Muchos de ellos señor, ahora lo detestan. No olvidan que su arrogancia y prepotencia los llevó a perder sus trabajos y a ensartarse en más desgracias. Ahora, a sabiendas de que muchos de ellos ya no lo quieren, trata de promover amor, perdón, pero además, ahora no puede ocultar que tantos que colaboraron con Usted resultaron verdaderos rufianes, ambiciosos, inéptos, mentirosos y demagogos ¿no es así?” Se le veía furioso e impotente para contestar. Se levantó de la silla y solo vomitó “si hubiera sabido de qué iba a tratar esta entrevista, no habrìa perdido el tiempo”. Yo en cambio tranquilo le ofrecí “mire, si después del 1 de Julio no resulta electo, lo invito a trabajar conmigo. Se encontrará con grandes sorpresas. La principal: el mundo no es como Usted lo imagina. Reconciliese con su persona y aprenderá que existen muchas formas de engrandecer un país, sin necesidad de resaltar. Haga a un lado esa necesidad de reconocimiento que tanto lo atormenta”.

Luego de abandonar mi oficina, le devolví a mi secretaria el expediente con la instrucción de que lo dejara en pendientes. La solapa dice: Andrés Manuel López Obrador.

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