HIDALGO SORDO, SOBERBIO, MESIÁNICO Y MALDITO

¿Que López Obrador era un peligro para México? Sí, por supuesto que sí. Pienso que toda la experiencia que vivió lo ha llevado si no a derrotarse, sí ahora a ver las cosas con más objetividad y a su interior enriquecidas. Qué bien que no ha muerto como murió Hidalgo, pero qué deleznable su vigencia. Hidalgo por el contrario era un halcón que volaba desde la provincia hasta la ciudad de México o viceversa observando un abismo en el que se situaban las grandes haciendas de los potentados y sus campos fértiles que aunados a las propiedades e iglesias del un clero maldito, destructor entre otras cosas de parte de la obra de Sor Juana, se abastecía de una mano de obra indígena, ignorante y sufrida. Así como el Tambor Garrido, esa población sabía cero de conceptos de independencia o de insurgencia.

Los del pueblo salían los domingos con permiso de los grandes señores a orar ante el altar según se les obligaba y luego a besar la mano de los párrocos, cuidadosos de evitar el contacto con ellos porque los niños mancharan con sus mocos sus sotanas o porque se contagiaran del olor proveniente de su trabajo que pudiera contaminar el aroma de los guisos que les esperaban aunados a un pan fresco y todo esto acompañado con buen vino. A Hidalgo no le siguieron éstos. Éstos siguieron a otro cura tan manipulador como casi todos los demás, que portaba el estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe. No tenían nada que perder. Quizá algunos pensaban que era la propia Guadalupe la que saldría a abogar por ellos. Eran carne de cañón, borregos dispuestos quizá hasta a divertirse esperando encontrar novedades que hicieran de su existencia algo menos monótono.

Tengo la impresión de que Hidalgo sufría muchos problemas a su interior. Siento que era un hombre que se sentía marginado. Lo mismo pienso del señor López Obrador. Así como que finalmente no cabía realmente en la clase acomodada en la que pretendía ubicarse. Tampoco creo que se sintiera parte de una Iglesia que a lo mejor como en su infancia lo hicieron sujeto de represiones. Hidalgo necesitaba de reconocimientos, tenía la urgencia de resaltar, de hacerse presente ante la sociedad como ser único sapiente e indispensable. Es obvio que Hidalgo tenía profundos complejos de inferioridad que lo hacían sufrir. Hidalgo cayó en el mesianismo, enloqueció.

El 15 de septiembre de 1810, había asistido como acostumbraba a jugar naipes con su amigo español el señor Cortina. Esa misma noche después del juego, don Miguel le pidió doscientos pesos prestados, el cual quien al acudir a sacarlos de sus caudales dio paso a lo que realmente el cura requería saber: en dónde se encontraban. Se dice que había logrado acumular cantidades importantes en dinero y armas pero que todo aquello no le era suficiente para apoyar la revuelta. Esa misma noche, al arribar Hidalgo a su casa a descansar y después de encontrarse con su hermano Mariano que vivía con él para luego retirarse a sus habitaciones, en ese mismo momento se inició lo que a mi entender marcaría la caída en rápido, del que ahora se considera prócer, por un despeñadero largo y profundo que en su camino fue arrastrando a muchos seres humanos que terminaron finalmente aplastando su cadáver.

A las 2 horas del 16 de septiembre de 1810 se iniciaba la etapa final de la vida de don Miguel Hidalgo y Costilla. Juan Aldama e Ignacio Allende acudieron presurosos a su casa urgidos de que se les abriera la entrada para encontrarlo. Éste fue avisado y vaya que adormilado y con gran esfuerzo, se salió de la cama ordenando se hiciera pasar a los que lo demandaban. Mientras Hidalgo volvía a vestirse escuchaba atento, pero sin dar la impresión de gran sorpresa lo que sus devotos compañeros acudían a relatarle quitándose de pronto entre ellos las palabras. En resumen, le hacían saber que la conspiración había sido descubierta. Apareció también su hermano Mariano quien simplemente observaba y escuchaba. Don Miguel como era su costumbre y para variar, ordenó a los mozos acercaran chocolate a la mesa y después de prestar atención a toda la narración simplemente expresó algo así como “bueno, pues ahora si a agarrar a los gachupines…”.

Tanto Aldama como Allende, desconfiados y a la vez preocupados y respetuosos, trataron de hacerle ver lo inoportuno que eso podría resultar para todos. Recomendaban que mejor se tomara un camino de escape momentáneo previendo que la persecución en su contra estaría cercana. Hidalgo los desoyó. No sólo eso, por lo pronto mandó llamar a todo el personal a su servicio ordenándoles lo acompañaran para que en el camino fueran acumulando población española obligándola a salir de sus casas y apresarla, entre otros al señor Cortina quien horas antes le entregara los famosos doscientos pesos, y dirigirse además a la cárcel del pueblo para exigir pistola en mano al responsable de la misma, la liberación de todos los reos, fueran éstos inocentes o delincuentes en toda la extensión de la palabra. A éstos les proporcionó las armas que tenían asignadas los custodios. Esos empezaron a ser sus “soldados”. Así acompañado del primer grosor de lo que a la postre se convertiría en gran turba, el cura Hidalgo llegó a la iglesia de Dolores en donde el Padre Bustamante se preparaba para iniciar la primera misa del día. Se le relegó de tal actividad y se solicitó hacer tañer las campanas para despertar la atención de la población.

Poco a poco, la gente empezó a congregarse en el atrio de la parroquia curiosa por saber qué sucedía. Hidalgo se preparaba entonces para lanzar su arenga, pobre y demagógica por cierto. Ni duda cabe que Hidalgo tenía las virtudes del líder que arrastra multitudes. También es cierto que en el fondo abrigaba un espíritu revolucionario pero a veces romántico y con tintes populacheros. Si ese hombre digamos que especial, hubiera sido más paciente, objetivo y realmente honesto, hubiéra sabido esperar mientras se diseñaba un entorno en el cual los humildes verdaderamente lo hubieran entendido y apoyado por resultar realmente convencidos, lo cual no era difícil, y listos para entrarle al toro. Hidalgo fue mediocre y con una labia que más tendía a sembrar odios y rencores derivada de una postura pasional y fanática. Desde ese momento él mismo no se escuchaba, otros no lo entendían bien a bien y sus más cercanos se atemorizaban.

@ap_penalosa

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