HIDALGO Y EL ENTORNO QUE ALENTÓ SU MESIANISMO.

Desde México alguien simpatizaba con la rebeldía de Hidalgo al punto de apoyarlo siempre de manera por demás generosa en lo económico y deseosa de continuar haciéndose presente como mujer entre tantos hombres que a su gusto valía la pena apoyar después de haberlos sentido en sus aposentos. Se llamaba María Ignacia Rodríguez de Velasco, esto formalmente, porque en la práctica después del “de” tendríamos que apuntar muchos apellidos más según los que correspondieron a los hombres que en su momento y a su capricho cobijó en su lecho la Güera Rodríguez. Se dice que a esa excepcionalmente bella mujer le encantaban los curas, los militares y casi todos los demás. Simón Bolívar “el Caraqueñito” no regresó a su tierra sin haberla disfrutado. El Superior de La Profesa la descubrió en la sacristía en pleno “clinch” con el encargado de la misma, asustado antes por pensar que los ruidos y jadeos que había escuchado provenían de una alma en pena. María Ignacia tomó a bien retratarse con el torso desnudo siguiendo la moda que en ese momento imperaba en Europa.

Don Alejandro Von Humboldt no pudo resistirse a sus encantos y después de su expedición a México seguramente regresó a Alemania con alguna de las braguitas de la güera a manera de trofeo. Iturbide la amó como Napoleón a Josefina o a María Walewskza. Toda una “Pilarica”, rica, popular, admirada y envidiada. Pero supongo además que atrás de esa figura cínica y mundana, existía también una mujer con un gran espíritu de ternura y amor a un entorno que si bien la hacía feliz, también le hacía sentir odio y rencor por el estado de las cosas en detrimento de los mexicanos.

Como pasa en todas partes, también ahí se hacían presentes el chisme y las intrigas. Las mujeres como siempre en sus usos y costumbres y dadas las circunstancias de ese entorno social, tenían a la mesa el caldo de cultivo idóneo para dedicarse a tales actividades. Sus hombres puritanos colaboraban con ellas aportándoles cualquier información de lo que sucedía afuera, en los infiernos atestados de más ricos o más cultos que ellos, envidiosos por ser mejor reconocidos por la nobleza, pero finalmente hijos del pecado o porque según ellos eran libidinosos, hipócritas, alcohólicos discretos en la obscuridad y el misterio con sabor parisino en los prostíbulos de la alta sociedad o porque sesgaban las recomendaciones que surgían de los templos donde los representantes de la Santa Madre Iglesia invitaban a alejarse del pecado, a orar, a asistir a misa, a ser misericordiosos con los pobres indios que tanto estorbaban para su bienestar… ¡Qué sé yo!

Imagino a Don Mariano Sánchez Espinoza de Mora y Luna y Pérez de Calderón, Conde de Santa María de Guadalupe del Peñasco, frente al Reverendo José Tirado y Pliego, Prepósito del templo de San Felipe Neri en la ciudad de México, vestido de negro, flaco, escuálido, de pelos relamidos y abrillantados con vaselina, con bigotito al tamaño de su estatura, una piel blanquizca, caminando como que a escondidas por las calles mientras observaba cualquier movimiento de aquellos que le podrían dar la oportunidad de hacerlos objeto de sus críticas por pecadores y mundanos, fueran hombre o mujer sobre todo de clase superior a él.

Según Don Armando Fuentes Aguirre en su libro La otra historia de México. Hidalgo e Iturbide, la gloria y el olvido:

“Dicho santo varón acudió ante el Padre Tirado en un estado de ansiedad tal, que éste último supuso que el buen y respetable señor le anunciaría como novedad y con toda seguridad el acercamiento del fin del mundo en razón de un enojo de Dios porque en México se repetía
lo que alguna vez se suscitó en Sodoma y Gomorra. Con enorme emoción y entre sollozos, ese buen señor reconocido por todos por sus méritos en la religiosidad y el buen ser, fue a informar haber conocido al pintor que tuvo a bien hacer, a solicitud de la Güera Rodríguez, un mretrato de ella en que se exhibía desnuda hasta el punto del ombligo.
Relataba que le era imprescindible hacer denuncia de aquel suceso para en esa forma aliviar los tormentos al interior de su alma. Cuando Tirado y su asistente terminaron de escuchar el relato, ambos se vieron entre sí divertidos pero con todo respeto y parsimonia le hicieron saber a Don Mariano que tomaban nota de todo lo relatado, al punto de levantar un acta que diera fe de los acontecido misma que lo conminarían a firmarla, previo a valorar la posibilidad de hacerla pública ante el Tribunal de la Inquisición. Don Mariano salió aliviado, libre de culpa, mientras seguramente los dos frailes se destornillaban de risa recordando las posturas y facciones de aquel pobre atormentado. Por cierto, se dice que en esos días Don Ramón López Velarde al hablar de “las pechugas al vapor” de la famosa Güera, insistía en que habría que entenderse que dicha mujer seguía las nuevas costumbres en Europa de hasta las mujeres más decentes y de alcurnia.”

Y siguieron los chismes, en este caso propiciados por una indiscreción y exceso de confianza de don Ignacio Allende hacia un “corre ve y dile”, por cierto su Tambor Mayor del Regimiento Provincial de Guanajuato de nombre Juan Garrido. Este tipejo, así como los que andan entre escritorios sobre todo en oficinas de gobierno haciendo nada, informándose e informando de todo, amarra navajas y todo lo demás, escuchó de Allende con pelos y señales todo lo previsto para iniciarse la insurrección, planeada según escuchó para de entre el 12 al 15 de septiembre sin precisar todavía si ésta se llevaría a cabo desde Guanajuato o Querétaro. Al principio Garrido se emocionó y se sintió orgulloso de haber sido tomado en cuenta y de ser informado de un suceso de tanta trascendencia. Sin embargo después de reflexionar las cosas y asustado por saberse finalmente involucrado en un asunto tan delicado manejado por personas de tanto bombo y platillo más allá de los propios Hidalgo, Allende, y los Aldama, decidió curarse en salud e ir a informar del asunto al Intendente de Guanajuato: don Juan Antonio Riaño. Éste, amigo cercano de Hidalgo por quien sentía gran respeto y deferencia, no daba crédito a lo que fue a decirle el tal Garrido, quien denotaba no entender en absoluto cualquier concepto relativo a insurgencia, libertad, independencia, etc., cabó asustadísimo y además temeroso de terminar en alguno de los calabozos de la Inquisición.

Narra Don Armando Fuentes Aguirre con toda su sabiduría y amenidad y a quien tanto admiro y respeto, que el tal Garrido tenía conocimiento hasta del inventario de armas, dineros acumulados y otros provenientes de la propia Güera Rodríguez. Es más. Sabía que entre otras cosas, Hidalgo planeaba mover a la masa a partir de mostrar como testigo, apoyo y símbolo del movimiento a la mismísima Virgen de Guadalupe. Riaño decidió tomar cartas en el asunto e informó a la autoridad, lo que le valió entre otras cosas a la Güera Rodríguez atender un citatorio que formalmente le hiciera el Tribunal de la Inquisición.

María Ignacia con todo su garbo y prestancia, acudió a escuchar y a responder con tanta frescura y naturalidad a las preguntas que se le hacían y envolviendo de tal manera a sus cuestionadores que éstos terminaron siendo cuestionados por la mujer. Dejó el lugar no sin antes atender a la recomendación del Arzobispo Francisco Javier de Lizama y Beaumont en el sentido de que abandonara por un rato la ciudad de México y fuera a aislarse a algún lugar en el cual estuviera de alguna forma protegida de eventuales persecuciones. Se arrancó a Querétaro igual de feliz y despreocupada y atenta a su vocación: dar cobijo, calor y gratos placeres a cuanto hombre resultara de su agrado. Y vaya que siguió la Güera dando pasos que la seguían engrandeciendo por su constancia y férreas convicciones (Pág. 81)

Fin parte 2.

Felizmente y luego de dar solución a los problemas de vialidad que afectaron a la ciudad de México y alrededores, el curso de 60 hrs. denominado “Analisis, discusión y correcciones respecto a la historia oficial de México”, dará inicio el próximo 23 de septiembre en la Universidad del Valle de México, UVM, Campus Lomas Verdes (ver mi muro www.antoniopatriciopeñalosa.com) Importante señalar que el costo del mismo se podrá pagar en tres parcialidades a un precio único de $ 2,400.00. Favor confirmar su asistencia a la Dirección de Mercados Corporativos, teléfono 5238 73 00, ext. 10515, con la Señora Margarita Mora Vázquez. Favor compartir esta publicación.

@ap_penalosa

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