HIDALGO Y EL INICIO DE SU INFORTUNIO

Después del pasaje de Puente de Calderón, los ex compañeros de Hidalgo lo responsabilizaron de tal desastre y exigieron su abdicación a favor de don Ignacio Aldama. Hidalgo ya estaba acabado. Sin embargo esa hacienda ahora mal llamada “Pabellón de Hidalgo” fue testigo entre otras cosas de que no fue cierto lo que algunos escribanos ocultaron disfrazando la verdad al pretender anotar que a éste entonces todavía se le reconocía como jefe político del movimiento. Mentira. Ese que ahora se exhibe en Coyoacán como estatua altanera y agresiva, era ya solamente un preso más. A partir de ese momento el cura empezó a transformarse y con eso muy poco a poco a tomar real conciencia de todo lo que hizo y causó. Como ser humano, cayó en medio de varios extremos que circundan un círculo: la tristeza, la soledad, la frustración y lo peor creo yo, el reencuentro con uno mismo para enfrente de un espejo, verse en su denudez malformado, sucio y escaso de todo aquello que justificara su existencia.

Si bien yo no me identifico y mucho menos acepto al Hidalgo que realmente fue, tampoco me atrevo a poner en duda que por lo menos pocos meses antes, el hombre pretendía ser congruente con sus convicciones. Le pasó lo que a muchos que han tenido la oportunidad de saborear el poder: simplemente no supieron manejarlo porque uno de los más graves defectos de carácter que termina destruyéndonos es precisamente la soberbia. Esa soberbia fue la que finalmente acabó con su vida, con su oportunidad acompañada en su momento de supuestas buenas intenciones. También ese pecado capital de don Miguel arrasó con las vidas de muchos seres que acabaron por ser desperdiciadas o simplemente manipulados y por tanto mal usadas. Señor López Obrador, se lo digo con todo respeto y en serio, con toda buena voluntad: échele una pensadita a todo esto. Aprenda de la experiencia de otros y que ojalá esos sus apoyadores también se sienten a reflexionar. Todavía estamos vivos. Hay como decimos vulgarmente “chance”.

A Napoleón Bonaparte se le aplicó entre otros sobrenombres el de “anticristo”. Para la realeza española y otros imperios de Europa que cayeron en sus manos, el corso era una especie de ser diabólico. Fernando VII cuando regresó al trono se anunciaba como salvador de España en razón de la caída que sufrió José Bonaparte después del rechazo del pueblo español que como dije antes, se supo organizar para evitar que Francia continuara con su dominación. Napoleón también adornaba su cabeza con una gran cornamenta que erigieron sobre su frente sus dos esposas (creo que por eso, para no afectar su vista al horizonte, su sombrero tenía un corte en sentido horizontal): Josefina y María Luisa de Austria.

Aquí tengo que reconocer que mi admirada “Águila Real” se hizo mucho el pendejo haciendo caso omiso a la ligereza de cascos de Josefina en razón del amor que sentía por ella. Ésta última como María Luisa fueron muy putas. Aunque también en estos casos debo decir que hay de putas a putas. Josefina aún con sus devaneos, amó fervientemente al Bonaparte al punto de éste perdonarle todo. En cambio María Luisa, madre de quien a la postre sería Luis Napoleón II y quien murió por debilidades que arrastraba desde su niñez y que no pudo ejercer nunca el título de Emperador de Roma debido además a la caída de Napoleón, bien, esa pinche María Luisa de Austria lloraba y lloraba porque su padre el Emperador Francisco le decía: “Ni hablar mi hijita…, asuntos de estado y de interés por tu patria, hacen necesario que te cases con el odiado Anticristo.” Ésta al principio se negaba rotundamente a lo que se le imponía, pero de pronto se hizo “buenita” y accedió a la propuesta del padre. Era casi niña y Napoleón la había escogido también por conveniencia política. Para Napoleón le era indispensable procrear un heredero. Casándose con María Luisa, pensó que mataba dos pájaros de una pedrada, uno que le regalaría finalmente un descendiente que felizmente resultó varón, pero además eso comprometería irremediablemente a su suegro a darle todo su apoyo alejándose del Zar Alejandro de Rusia quien ya urdía junto con otros asociados, incluida Austria, la derrota final de Napoleón.

Bueno, pues que la tal María Luisita resultó toda una joyita. Sí, le regaló un vástago a Napoleón, terminó entregándose a él abiertamente gracias al afecto y ternura que Napoleón le prodigó, pero de ahí p’al real resultó que esta niña bonita estaba más necesitada del lecho que la famosa Güera Rodríguez. Ya Napoleón en su desgracia, preso por los ingleses en la isla de Santa Elena, sufrió la desilusión consecuente de no volver a ver a su amado hijo en razón de que el Emperador Francisco regresó a su hija a ocupar nuevamente el Palacio de Schönbrunn en Viena alejándola definitivamente de su yerno. A María Luisa le vino bien, porque allá en la tierra de Mozart, se encontró con nuevos amantes que le permitieron hacer menos “dolorosa” su existencia.

Josefina siguió amando a Napoleón y éste a Josefina de quien también por razones de estado se tuvo que divorciar. El Águila real la envió a vivir sus últimos años a la Malmaison, hermosa finca cerca de París y en la cual finalmente terminó muriendo. Platico todo esto porque tiene que ver con el fin de don Ignacio Aldama. Los españoles habían satanizado a Napoleón. Lo exhibían ante el mundo como una amenaza que además de odiar a la Iglesia, pretendía a toda costa hacer de España también su territorio. Obviamente aquí en la Nueva España todo lo que olía a franchute apestaba.

Don Ignacio por indicaciones de Allende, tomó camino a Estados Unidos buscando por lo menos el apoyo norteamericano en términos de refugio para los insurgentes caso dado fueran derrotados por los realistas. ¡Cándidos Allende y el resto de sus compañeros! No se habían enterado que en “Gringolandia” sus senadores se oponían a cualquier forma de independencia de los territorios latinoamericanos hasta que no quedara concluida la famosa Doctrina Monroe igual a “América para los Norteamericanos”, no para los americanos. Pues bien… Aldama iba por el camino real de Béjar, hoy territorio norteamericano gracias al buen Santa Anna, acompañado de su gran amigo el fraile Juan de Salazar a cumplir la misión anotada cuando de pronto vieron a lo lejos a un grupo de clérigos apostados en el camino que hizo suponer a éstos que los esperaban para darles cordial bienvenida y cobijo ¡Pues nanay! resulta que don Ignacio Aldama iba portando tremendo uniforme parecido al de los altos oficiales napoleónicos hasta por la forma del corte del sombrero y eso bastó para que se les detuviera previo a ser enviados a presidio para luego ejecutarlos. Hablaré más de esto.

Mi tío Joaquín me recordaba mucho a otro sacerdote como él. El Padre Peñalosa era a veces bravo, intolerante y de muy mal genio. Aguas con sacarlo de sus casillas porque su santidad se quedaba bajo llave en el cajoncito más oculto de su magnífico ropero traído de Segovia. Ese otro sacerdote simpatiquísimo y bueno se llamaba fray Gregorio de la Concepción Melero y Piña. Así como el Padre Fray Alberto de Ezcurdia, fundador de la Parroquia Universitaria, dominico expulsado por revoltoso, el Padre Melero, carmelita descalzo, si hubiera traído chancletas, tengan la seguridad las hubiera usado para poner en su lugar a más de tres.

Dicho personaje fue pieza de mucha trascendencia en su momento durante el primer movimiento insurgente iniciado por Hidalgo y sus seguidores. Un día el Padre Melero llegó a San Miguel echando pestes de Oaxaca. Por bronco allá, sus superiores decidieron mandarlo por peteneras para que se reubicara en San Luis Potosí. Sucedió que ya él también estaba hastiado de tantas injusticias provenientes de la Monarquía Española a través del sistema virreinal y como convivía con curas igual españoles que mexicanos, a la hora de las discusiones los frailes se dividían en dos bandos al punto de llegar muchas veces a los purísimos trancazos. Era una auténtica ladilla y por lo mismo “a freír espárragos” y a seguir con su música a otra parte.

Pues bien, resulta que el mero día que llegó a San Miguel no tenía dinero suficiente siquiera para pagar el transporte y la carga a favor de quien los trasladó desde Oaxaca y ni hablar, se tenía que quedar ahí a pernoctar porque el río estaba muy crecido, pero no tenía tampoco suficiente plata para encontrar lugar para refugiarse y reponerse al menos un rato. Revisó su escaso patrimonio que le acompañaba significado principalmente en libros. Los entregó a alguien encargándole que tratara de venderlos. De entre lo que incluían sus bienes, iban algunos documentos que lo exhibían como simpatizante del movimiento insurgente. Por mera coincidencia, todo ese material fue puesto en oferta de alguien que al revisarlos se quedó por demás interesado al punto de decidir de inmediato adquirir. Ese comprador se llamaba Ignacio Allende.

@ap_penalosa

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