HISTORIA ABUELA

Recuerdo cuando siendo yo muy niño de pronto mis padres me anunciaban que saldrían de México y que mi abuela se haría cargo de cuidarnos a mis hermanos y a mí. En un primer momento la noticia me resultaba grata porque me hacía pensar que quedaría libre unos días de las presiones sobre todo de mi padre en cuanto a conducta en la escuela, en casa y en torno al seguimiento de mis tareas. Me decía: “seré libre un rato, saldré a la calle cuando me venga en gana a hacer burradas con mis amigos y si luego me decido, haré la tarea rápido presto a sentarme cuanto antes a ver televisión. Y mientras ya veré como sonsaco a la abuela para que me dé todo lo que se me antoje…” Error, se me olvidaba que vaya que yo sí tenía abuela y en extremo. Viejita, dulzona, paciente, bondadosa, pero en el fondo una auténtica gorila que superaba en peso y categoría a mi padre en eso de hacerme seguir con las reglas establecidas, al punto que la ausencia de mis progenitores se convertía en martirio. Eran los tiempos en que mejor tenía que comportarme y si no ¡CUIDADO!

México en cambio no tuvo abuela o de lo contrario seguro resultó una viejita ya muy pasada de edad, casi ciega y manejada en silla de ruedas ¡Y claro! con esa sí su nieto pudo hacer lo que le viniera mejor, entre otras cosas no estudiar y eludir la realidad, escapar del edificio del colegio para salir de pinta, inventar al regresar a casa que se encontraba agotado luego de tantos “esfuerzos” y así encontrar el beneplácito de la anciana y hasta su acurrucamiento para por las tardes y por misma recomendación de ella salir a divertirse, distraerse, descansar y con eso “reponerse”. Ya por las noches a la hora de la merienda el nieto demandaba que se le contaran cuentos antes de retirarse a dormir ¡Ah! entonces afloraban las leyendas, anécdotas derivadas de su inventiva, etc. que emanaban de una emoción a veces traviesa y luego así de entre sus canas el regalo para gran deleite de los que la escuchaban. Una tarde el cuento relativo a un señor sacerdote de apellido Hidalgo que como Don Gato se hizo jefe de una pandilla que incluía a aventureros como él, caso Morelos. Decía que mientras tanto bajaban del monte personas malas dispuestas a acabar con ellos entre otras un pelafustán que se daba en llamar Agustín de Iturbide. Y a más tardes, más cuentos. Uno delicioso relativo a un indito bueno, valiente y al fin héroe de nombre Juárez que de indígena pasó a ser gladiador que venció a extraterrestres que amenazaban bajo el mando de un viejo malo de barba larga invadir nuestro territorio. Siempre estaban presentes peripecias de salvadores provenientes del norte de nuestro territorio que como el Chapulín Colorado hacían ver que con su astucia todo lo malo lo hacían desaparecer. Más se alargaba la ausencia de los papás y con ello más y más anécdotas relacionadas con charros, militares, adelitas, hombres valientes y bragados ¡Y bueno, a dormir y mañana les sigo contando! El nieto concluía: “¿y para qué ir al colegio si lo que cuenta mi abuelita es más sabio que lo que rebuznan mis maestros?”

Un día la abuelita se enfermó y murió pero a medias porque en la memoria del nieto todo quedó vivo y “¡cuidado con que lo deformen porque van a ver…! ¡No le muevan….!” Después de enterrarla en medio de un bello parque con fuentes, césped muy verde y rosas, pusieron en la superficie de su tumba una lápida de mármol con una leyenda que sigue anunciando: RIP, aquí yace la Historia Oficial. 1810-2013.

@ap_penalosa
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