HUERTA Y SU SENTIR DEL AGUA AL CUELLO

Huerta todavía tuvo la osadía de proponer a Wilson que a cambio de dejar la Presidencia se le reconociera como Secretario de la Guerra dentro del Gabinete Presidencial que le sucediera. Wilson en lugar de molestarse, prefirió soltar la carcajada. Sabía que ya tenía a Victoriano agarrado del pescuezo aunque no descartaba que éste todavía contaba con un origen de ingresos derivados de los impuestos a la importación y exportación por mercancías que entraban y salían desde los puertos de Tampico y Veracruz. Era menester entonces hacer algo a ese respecto. Su enviado personal John Lind le había sugerido tomar militarmente aquellas aduanas y así evitar que Huerta siguiera abasteciéndose de armamento proveniente de Europa.

La sugerencia anotada la rechazó Wilson pronosticando que dada la situación de Victoriano ante los ojos del mundo y en razón de las presiones de USA, quedaría marginado del acceso a nuevos créditos, aunque no dejaba de calcular la eventual posibilidad de que no obstante todo ello, Alemania persistiera en seguir reforzando al gran traidor. Para Wilson una acción armada sería igual a una invasión, la cual lo haría contradecirse en torno a sus convicciones de respeto a la dignidad de las naciones. De todas formas la idea la dejó guardada pero a la mano en su escritorio, caso absolutamente necesario.

México mientras tanto era un verdadero caos en lo económico. Todo era bilimbiques según cada uno de los líderes revolucionarios, o sea valor cero o bien monedas de oro y plata rescatadas de los bancos como resultado de robos a los mismos o a los ricos. Caso que un comerciante se negara a vender, de inmediato era pasado por las armas villistas, zapatistas y también en ocasiones carrancistas acusado de traidor a la patria. Por supuesto, luego de la ejecución no tenían ningún empacho en hacerse de toda la mercancía de los pobres comerciantes cuyos cuerpos destrozados quedaban a la vista de todos incluyendo esposa e hijos. El poco dinero que iba quedando se utilizaba principalmente para compra de armamento. Villa en su afán de hacerse del poder no mostraba reparo alguno por buscar caminos que lo engrandecieran y hasta de manera discreta buscaba el apoyo de los yanquis a favor de su causa. Transportaba en el tren del cual se había apoderado, maquinas impresoras de dinero que ¡pobre de aquél que no se dignara a aceptar! Era tal la escasez monetaria que hasta los mismos gobiernos estatales se veían precisados a imprimir su propia moneda. En la medida que las monedas fuertes salían al extranjero, la inflación se aceleraba en forma icontrolable. Nadie estaba en condiciones de manejar las finanzas del país.

De entrada, el propio Huerta ya se encontraba deshabilitado. Simplemente ya no tenía recursos. Si a eso agregamos que ya no contaría con los dineros provenientes de las aduanas de Tampico y Veracruz, ya no le quedaba algo por hacer. Se temía en todos los medios el inminente decreto por parte del gobierno que anunciara la suspensión de pagos. Eso implicaría entonces que todos los inversionistas extranjeros, a excepción de Estados Unidos, harían fila esperando ser recibidos por el Secretario de los Estados Unidos o por el propio Presidente Wilson para entregarle una hoz bien afiladita y con ella de una vez por todas, cercenar la cabeza del chacal. Por su parte los petroleros encabezados por McDoheny también clamaban por una ocupación como única alternativa viable.

Ante la amenaza alemana, a Inglaterra le era imprescindible seguir contando con el abastecimiento petrolero proveniente de México. Mientras Alemania imaginaba estratégias a modo que los británicos no contaran con el mismo. De aquí que entonces nuestros hidrocarburos se constituían como la pareja más apetecible e indispensable para la iniciación de una baile que se llamaría la Primera Guerra Mundial. El kaiser Alemán era el único interesado en seguir teniendo de su lado a Huerta. Prácticamente le tenía reservado para su uso personal el famoso barco Ypiranga a efecto de enviarle todo aquel material bélico que pudiera requerir.

Huerta como lo sabemos, taimado y astuto, todavía vislumbraba la posibilidad de acercarse a los constitucionalistas junto con sus Fuerzas Federales con objeto de exaltarles el nacionalismo de manera que todos de acuerdo y tomaditos de la mano terminaran rechazando cualquier intento de invasión norteamericana. Así como Echeverría con su proclama “Arriba y Adelante”, Victoriano pretendió tentar el corazón de los revolucionarios con otra: “La Patria es primero”. Por supuesto que se la peló cuando todos, todos, terminaron mandándolo abiertamente a la Chingada. Se sentó entonces en la banqueta de Palacio Nacional y envió a un grupo de miembros de su policía secreta a que le compraran una docena de pañuelos, más bien paliacates, para llorar sin llenar el piso de moquerío. Pobrecito ¡bu, bu, bu…!

La Revolución Mexicana tenía que resultar un fracaso en razón de tantos que se metieron en ella con ideas y afanes distintos. No había una unificación de pensamiento. Cada líder tomaba el camino según sus romanticismos o intereses personales. Estos últimos según la honestidad y real vocación nacionalista de quienes la promovían. (pág. 529)

@ap_penalosa
http://www.antoniopatriciopeñalosa.com/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *