Joaquín Antonio Peñalosa, todo un personaje

Cuando me dijo “amor es igual a respeto y a verdad”, concluí que los mexicanos no hemos sido sujetos del mismo. La historia oficial de México nos ha mentido

Joaquín Antonio Peñalosa era hombre sabio, bueno, querendón. Igual era severo, a veces intransigente, duro y brutalmente realista. Tenía la particularidad de manejar una ironía que hacia resaltar su elocuencia. Practicaba una tolerancia y paciencia hasta el punto de lo lógico y humanamente posible. Cuando su práctica no daba resultado, entonces agredía suave y terminaba haciendo pomada a cualquier necio que decidía exponerse a esa personalidad que lo hacía tan particular. Era sabio porque entre otras cosas era humilde. No gustaba de exhibir. Simplemente se mostraba tal como era sin preocuparse por echar mano de maquillajes con los cuales pretendiera justificarse. Era de estatura baja y llenito. Como buen español, muy dado a caminar cantando para sí quién sabe qué tantas canciones provenientes de su niñez. Caminaba rápido; siempre andaba con prisas. No gustaba de perder el tiempo. Otra personalidad mostraba cuando se sentaba a meditar y a escribir. Antes de plasmar cualquier concepto o palabra, sopesaba las cosas como el avaro que antes de soltar una moneda la observa por los dos lados. Conocía de vinos, de cosechas, de las mejores reservas españolas de cada año.

Era poeta, escritor, filósofo. No existía un potosino que no lo amara y respetara. Muchos acudían a comprar El Sol de San Luis para leer sus artículos que publicaba dicho diario. Hasta Don Gonzalo N. Santos, aquel cacique temido y tenebroso de San Luis Potosí se rendía ante mi tío.

¡Qué decir de la fiesta brava! Era el Párroco de los toreros. Igual los confesaba, los bendecía previo a la corrida y después de observar a los toros en turno, hacía recomendaciones y les marcaba exigencias tanto a maestros como a novilleros.

Capítulo especial en la vida de mi tío estaba relacionado con el personaje Sor Juana Inés de la Cruz. Sin duda que conocía de la vida de ese portento, de su obra y de su desdichada historia como mujer en un claustro propio del México virreinal que tenía entre otras cosas que enfrentar la prohibición por parte de la Monarquía Española en relación a la posibilidad de que el mexicano tuviera acceso a la EDUCACIÓN. Mucho ayudó y colaboró con Margarita López Portillo en su proyecto de rescatar el Claustro de Sor Juana y hacer consciente nuevamente al mundo de los valores propios de aquella excepcional mujer mexicana de la literatura, filosofía y en especial la poesía. Eso sí, le cobraba y caro. Siempre requirió de dinero y recursos para seguir adelante con su obra por décadas conocida como “El Hogar del Niño” en San Luis Potosí. Dicha institución la conformó el Padre Peñalosa a partir de una consideración: que los niños debían y merecían convivir día a día con sus padres y el resto de los hermanos. El problema de las familias en términos de recursos, él lo resolvía.

Fueron muchas las generaciones provenientes de ese “hogar” en el cual los niños llegaban a tiempo para desayunar y luego continuar con sus estudios. Después de clases pasaban a comer y posteriormente por la tarde desarrollaban actividades deportivas y recreativas. Al fin de la tarde disfrutaban su merienda previo a que sus padres pasaran a recogerlos, regresarlos a su hogar y disfrutarlos. Eso hizo mi tío por muchos años. Eso le dio un liderazgo en San Luis Potosí que si alguna vez se lo hubiera propuesto, habría terminado definiendo cómo hacer las cosas en el estado, al margen de la posición de cualquier gobierno o sociedad. Nunca lo hizo. Simplemente aconsejaba cuando lo buscaban, mostraba la mejor de sus voluntades y respetaba. Monseñor Peñalosa falleció a finales de 1999. San Luis se paralizó. Se concentró alrededor de Joaquín Antonio Peñalosa y hoy se le sigue extrañando, hasta más allá de aquel estado y se le agradecen todos sus gratos esfuerzos por compartir su humanidad, sobre todo con las clases más humildes a las que se acercó.

En una ocasión, viviendo con mi familia en San Luis Potosí, invitamos al tío Joaquín a comer a casa. Recuerdo cuando llegó que notaba algo raro en él. Como que su vestimenta parecía deforme, irregular. Veía las bolsas de su saco abombadas. Entró a casa y nos saludó a mi esposa, a mí y con impaciencia preguntó por mis hijos, que en aquellas épocas eran muy pequeños. Los niños en cuanto se enteraron que había llegado el tío aparecieron de inmediato a saludarlo y a abrazarlo. Les dijo: “ahora si llegué con las manos vacías…”. Mi esposa y yo siguiendo el protocolo contestamos que lo importante era tenerlo en casa. Él entonces acercó a mi hijo Jean Yves y le invitó a que metiera su mano en una de las bolsas del saco. Lo mismo hizo con mi otro hijo, Patricio. Sacaron de ellas dos grandes bultos llenos de dulces, los mismos que acostumbraba obsequiar a sus alumnos del “Hogar del Niño”. Y bueno, como se acostumbra, mi esposa apremió a mis hijos con el: “¿cómo se dice?” a coro contestaron “¡¡¡Gracias tío!!!” Mi tío concluyó diciéndoles: “no se dice gracias tío, se debe decir dame más…”. El más pequeño de mis vástagos, Guy, nació en San Luis Potosí. Mi tío lo bautizó y eso propició que toda la familia de México se reuniera a su alrededor, lo cual le resultó muy grato y emotivo.

Muchas tardes en el mismo San Luis al concluir mi trabajo, pasaba a saludarlo con la intención de saber cómo se encontraba, darle saludos de toda la familia y para saber si algo se ofrecía. Cada vez, mis reuniones resultaban todo un acontecimiento. Escucharlo era para mí una fiesta. Igual hablábamos de cosas intrascendentes pero siempre matizadas con su picardía y ocurrencias. También conversábamos de temas serios, a veces de filosofía, de literatura, de su larga vida en el sacerdocio. Le entraba con él a discutir sobre asuntos de teología o de toros y toreros. En muchas ocasiones dos religiosas que lo atendían, en determinado momento tarde ya, pedían permiso y se retiraban a descansar. Pero hubo ocasiones en que sin darnos cuenta ya la hora alcanzaba la una o dos de la mañana y entonces salía una de las hermanas urgiéndonos a terminar y a dormir dadas las obligaciones del día siguiente.

En uno de tantos encuentros, fui a informarle que el menor de mis hijos sería enviado por nosotros a Francia  para que continuara el siguiente año escolar en un Liceo particular en las afueras de París. Mi tío me observó con cierta severidad y extrañeza y de pronto me cuestionó: “muy bien, ¿y qué opina Guy al respecto…?”  Le contesté que todavía no le habíamos informado y que en su oportunidad lo haríamos. Me pidió que le recordara la edad de Guy y le confirmé que ya había cumplido 13 años. Muy serio y como muy reflexivo opinó que estábamos haciendo las cosas al revés, que antes que otra cosa debimos haber consultado a Guy si estaba conforme e ilusionado en relación con el proyecto. Inmediatamente después prosiguió diciendo que los hijos son “juguetes prestados”. Me hizo ver que justamente alrededor de los trece años, un hijo deja de ser propiedad de los padres. Según él, si los hijos hasta esa edad han crecido rodeados de amor, buen ejemplo, educación y en un ambiente de paz, es muy probable que en sus nuevos entornos los adolescentes estarán fuertes, seguros y mejor capacitados para distinguir entre lo bueno y lo malo. Caso contrario, muchos muchachos podrían salir de su casa a buscar en otras partes lo que no recibieron de su hogar. Me dijo que la brecha entre los 16 y 18 años es la más crítica en el proceso de desarrollo de un ser humano. Si se encontraba fuerte y protegido, la persona en esas épocas sale adelante como el cisne que cruza los pantanos. Pero si por lo contrario ese ser proviene de un hogar inestable, no debe extrañarnos que sus sufrimientos y confusiones lo lleven a refugiarse, huyendo de sus tristezas y sentimiento de soledad en el caos del alcohol o de las drogas. Por mi parte le contesté que estaba de acuerdo con su teoría y que precisamente porque a mis hijos les habíamos proporcionado un hogar con las características positivas antes señaladas, nos sentíamos mi esposa y yo seguros que la experiencia le resultaría por demás favorable a su formación. Se levantó del sillón de su pequeño estudio, plagado de libros alrededor, modesto, simple pero por demás acogedor y extrajo una botella de buen brandy español, llenó dos copas de manera generosa y dejó la botella a disposición, caso desear rellenar la copa cada quien a su elección. Me invitó a tomar un trago y me preguntó: “Dime Toñete, ¿tú sabes qué es el amor…?”.Yo le contesté que por supuesto que lo sabía y que a mi capacidad lo practicaba y lo vivía. “¡¡Ah sí, qué bien…!!” y sonrió para sí. Me dejó de tarea reflexionar sobre el tema. Ya no lo tocamos mientras cenamos, me despedí de él cuando me acompañó a mi auto, y ya arrancando me recordó: “no olvides darle una pensadita a lo que platicamos…”.

(Continuará)

www.antoniopatriciopeñalosa.com

Twitter: @ap_penalosa

 

 

 

2 Responses to Joaquín Antonio Peñalosa, todo un personaje

  1. Karlina Guzman Landeros says:

    SEÑOR PEÑALOSA HE BUSCADO CON MUCHO ENFASIS EL LIBRO DE ” EL ANGEL Y EL PROSTIBULO” SABE DE CASUALIDAD DONDE PUEDO ENCONTRARLO, LO LEÍ HACE MUCHOS AÑOS Y ENTRE MUDANZAS LO PERDÍ

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