La cecina y el tepache, huelen todavía a ZAPATA

Luego de pésima semana, me llamó mi “sol” histórica.  “Preparate, paso por ti que salimos a Cocoyóc”.

Cocoyón, Mor. Tremendo aguacero en el camino pero a la vez embriagador. Alejarse un rato de la ciudad de México y reconfortarse con el verde de la carretera a Cuernavaca, proporciona de inmediato una paz mágica y extraña. De pronto, en la desviación a Cuautla observamos sol y un arcoíris que daba la impresión de invitar a: “vengan, aquí estarán mejor”. Y porsupuesto que tenía razon. Camino a Oaxtepac, a veces de entre el bosque se observa la majestuosidad de un volcán Popocateplet que nos hacía preguntarnos: “¿estará de mal humor Don Goyo y por eso tanto fuma? o, displiscente disfruta el buen tabaco en una pipa de sabe Dios cuántos años”.

Al llegar a Cocoyóc, todavía con luz, veíamos a los cuervos graznar y preparándose para irse a ocultar en los árboles para ahí descansar y esperar el nuevo día. “Mira, dijo Érika, esos bellos animales además de soberbios y brillantes con su negro hermoso, son testigos de nuestra historia ¿Qué habrían platicado sus ancestros de lo acurrido con Zapata?”

Mañana desayunaremos en Oaxtepec en uno de tantos humildes restaurantes. Huevos rancheros, chilaquiles, longaniza, tortillas echas a mano y por supuesto, cecina de Yecapixtla. Ahora, en medio del sonido del silencio y sentado frente a una mesa con vista a un magnífico jardín, ella lee y yo escribo sintiendo este entorno que de inmediato me invita a pensar en Emiliano Zapata. Ya acordamos que después del desayuno tomaremos camino a Anenecuilco donde se dice que se encuentra la que fue casa de Zapata convertida en museo en su memoria. Se encuentra adelante de Cuautla.

En el trayecto, le pregunté a mí amiga “¿por qué Cocoyóc? “ Me contestó “recuerda que preparas un conferencia para Agosto de carácter internacional y ten la seguridad que muchas preguntas te formularán sobre Revolución Mexicana y por ende Zapata y Villa saldrán a la palestra. No estaría de más que escuches a los habitantes de la región”. Yo le contesté “bien sabes mi opinión respecto de aquellos dos pelafustanes y más ahora después de consultar el “Album de Amada Díaz”, exhibido por Ricardo Orozco, mi opinión con respecto a Zapata no va a cambiar”.

El esposo de Amada Díaz, hija adorada por su padre Don Porfirio, sufrió una gran tragedia: su esposo, hijo de un rico hacendado de Morelos, era homosexual. De una de tantas tertulias que con sus similares se organizaban, José Guadalupe Posadas hizo una caricatura que entre los tantos del grupo ilustraba a aquél hombre vestido de mujer, con todo y bigote de la época como sus camaradas, y al enumerarlos el caricaturista le asignó el número 41. De aquí que hoy en día sea tradición para bromear entre amigos y de pronto expresar algo así como “se me hace que tú eres un 41”. Ese es el origen.

El personaje fue secuestrado por los zapatistas por ordenes de Emiliano, quien tanto él como su padre habían trabajado en las propiedades de esa familia y  tratados generosamente. Se le mantuvo oculto a cambio de que se les pagara un rescate que Amada no podía enfrentar. Idas iban y venían de los enviados por Zapata, hasta que algunos de los mismos se condolieron de la mujer, se pusieron de su lado y le prometieron encontrar camino para su rescate y así regresarlo a su hogar. Eso de todas formas significó un gran desembolso de dinero que Amada obtuvo de ayuda de amistades y de la venta de las pocas joyas que le quedaban.

Por fín un día apareció el marido hecho un guiñapo y enfermo de serias infecciones venéreas ocasionadas de las violaciones de las cuales fue objeto. Desesperada, Amada logró trasladarlo a Nueva York en donde terminó muriendo, advertida la señora de la imposibilidad de salvarlo. Le pregunté a Érika: “no te parece que para muestra basta un botón?” Agregué: “si ese mismo salvajismo, como ocurrió quizá de otras maneras, se dio en los campos villistas, es de suponer estúpido que la historia oficial de México, eleve a calidad de “héroes” a personajes detestables cuyos nombres están inscritos en letras de oro y que además en forma de estatuas afean nuestros jardines y se burlan de los mexicanos.

Érika me concedió la razón.

 

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