LA FASCINANTE HISTORIA DE UN ERMITAÑO

Se llamaba José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Felix. Adoptó el de Guadalupe Victoria por la fe que profesaba a la primera. El apellido Victoria, porque gracias a la ayuda de aquella logró grandes hazañas. Era un auténtico hermitaño. Descendía al mundo cuando sentía que se le necesitaba.

En mi opinión no fue el primer presidente de México. Lo precedieron Don Agustín de Iturbide y Pedro Celestino Negrete. Si bien muchos que se dicen “historiadores” pretenden desconocer al primero, basta decir que aún habiendo sido coronado emperador por una sociedad farsante e hipócrita, Iturbide constituyó un primer congreso que terminó desconociéndolo y traicionándolo.

Guadalupe Victoria fue seminarista de cuna muy humilde. Nació en Durango y ya estando en la ciudad de México para continuar sus estudios, se identificó con el movimiento de independencia en el cual participò al lado de Hermenegildo Galeana, después con Morelos y luego se unió a las tropas de Don Nicolás Bravo. Era un hombre por demás observador y particularmente selectivo. Nunca se dejó que se le involucrara en movimientos que distaban de sus propias convicciones. Sus acciones heróicas emanaban de esos impulsos derivados del amor y honestidad que lo puede todo. Rechazaba la hipocresía y la falsedad. Antes de entregarse a la autoridad de cualquiera, lo observaba, lo analizaba y de ahí entonces pasaba a sopesar sus virtudes y defectos.

En la batalla conocida como El Juego de Pelota, lugar que estaba rodeado por un foso que asustaba a los insurgentes, Don Guadalupe se deshizo de sus vestiduras y a nado cruzó el obstáculo con su espada por delante y diciendo “¡va esta en prenda”! Y sí, logró cortar las ataduras que sujetaban un puente que dió campo abierto al resto de sus compañeron para ganar la ciudad de Oaxaca. Luego de muchos triunfos que lo hicieron grande, alguna vez tendría que enfrentar una derrota en Palmillas, Veracruz. Don Juan Ruìz de Apodaca, último virrey de la Nueva España, hombre bondadoso y práctico, de pronto temìa a Victoria y otras veces le admiraba. Trató de que el primero se aviniera a su indulto, sin embargo su dignidad y patriotismo lo llevaron a declinar y prefirió resguardarse en las montañas adorado por los indígenas que le rodeaban y cuidaban, alimetándose solamente de aquello que la naturaleza le obsequiaba. Luego de cuatro años escondido entre la naturaleza a finales de 1820 después de que las Cortes de Cádiz triunfaran sobre la Monarquìa Española, Don Guadalupe Victoria reapareció en el escenario. Mucho se podrìa hablar en relación a los tantos aconteceres de ese gran mexicano que previamente lo llevaron a ser presidente de nuestro país para el periodo 1825-1829.

Ahora, solo prefiero detenerme en este artículo a comentar algo que sucedió cuando Santa Anna en Veracruz, se exhibìa como supuesto prócer del movimiento independentista. Discreto, taimado se acercó don Guadalupe a escucharlo. Cuando de pronto Santa Anna lo identificó, de inmediato lo invitó a unirse a su movimiento. Bastó un rato para que Victoria descubriera la falsedad y mezquindad de aquel traidor cuando luego de una acción en su contra, pretendió salir huyendo a USA. Guadalupe Victoria se separó de su persona no sin antes reprocharle su cobardìa.

Victoria fue generoso y ayudó a Iturbide en su proceso de autoexilio a Europa. No así Nicolás Bravo quien se ensañó con él y su familia hasta el momento de ver zarpar el barco que los condujera al viejo mundo. Como Guadalupe Victoria, pocos grandes en la Historia de México.

Nota: Recuerdo a mis seguidores y amigos me hagan el favor de enviar vía “mensaje” su correo electrónico a efecto de obsequiarles en versión PDF mi libro titulado “La Patria que No Rumbo al 2012”.

@ap_penalosa

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