LA IGLESIA SORPRENDE A CALLES

Según Mcdoheny, en el fondo Calles estaba inseguro y temeroso y por lo mismo en cualquier momento, en cuanto se le asestara un nuevo golpe, terminaría por bajar la cabeza. Ese argumento también lo apoyaba Sheffield. Pensaba que si como “señorita bonita” se negaba a aceptar bailar con quien se lo solicitara, la fiesta se acabaría. Igual junto con Mcdoheny, coincidía en que si éstos por el contrario, en lugar de apuntarse a bailar, dejaban de acatar la orden de cumplir con el registro de nuevos denuncios de yacimientos descubiertos para ser sujetos de concesión, entonces el gobierno mexicano tendría que dar por terminada la fiesta, permitiendo solamente que los invitados acabaran por agotar todo el alcohol que se había puesto a su disposición, mientras no movían el bote.

Ahora sí, abiertamente, el terror a la confiscación de los petroleros era grande. Sólo dependían de que su gobierno apoyara sus rebeldías a ceñirse a las leyes mexicanas. Daban por un hecho que el nuevo gobierno ya no echaría mano de cualquier acción bélica para reprimir al país. Empezaban algunos mejor a resignarse y de lo perdido, mejor lo encontrado. ¿Quién se iba a imaginar que un “Santo Varón” eclesiástico estaba a punto de dar el estoque, a partir de concebir la idea de la violencia, a favor, no sólo de los petroleros, sino también en bien de tantos norteamericanos involucrados con sus inversiones en el nuevo régimen de Calles? ¿Quién sería ese nuevo Maquiavelo? Nada menos que Su Ilustrísima: el Cardenal George Daugherty, alias un hijo más de puta.

@ap_penalosa

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