La oportunidad de la reconciliación con uno mismo

A lo largo de nuestra existencia, muchas veces enmedio de la desesperación y el abatimiento, los seres humanos cometemos errores graves. Terminamos desconociéndonos. Luego, pasada la tempestad, encontramos la reconciliación y seguimos adelante.

Resulta muy difícil superar un duelo. Ese sentir la soledad y los remordimientos derivados de nuestras culpas terminan abrumándonos. Deseamos que todo haya sido una pesadilla. A veces nos encerramos, nos alejamos de todos, lo que conlleva a la depresión. Decidimos salir y de pronto confiamos a alguien nuestro pesar esperando una respuesta que amengûe el sufrimiento, encontrándo por resultado indiferencia, la premonición de una esperanza vana o el clásico “deja que el tiempo haga que las aguas tomen su nivel”. Uno desea que eso malo que pasó se borre, que se haga inexistente y que la realidad que nos azota se sublime y se traduzca en paz, amor y reencuentro con la serenidad. Por las noches la cama nos advierte desvelo, tristeza y ese miedo derivado de caer en cuenta sobre tantas acciones llevadas a cabo, equivocadas e inexplicables, que solo agravarán las cosas. Nuestra fe se resquebraja, retamos a DIOS y hasta le exigimos y le reprochamos. Pero no nos damos cuenta que de pronto aparecen conductos de ÉL, bondadosos, sabios, que bien nos quieren pero que nos llevan a desconfiar porque no nos dicen lo que realmente quisiéramos escuchar. Nos refugiamos en el autoengaño. Actuamos como el científico que se encierra en solo su teoría sin darse la oportunidad a aceptar que el resultado de la misma le puede ser adverso. Todo es luto y con ello negrura. No aceptamos que es una etapa de la vida que si bien la afrontamos y capitalizamos nos llevará a un enorme crecimiento. El dolor es buen maestro y termina haciéndonos ver que tantas capacidades que tenemos las  desconocíamos, pero que bien digeridas, nos conducirán a nuevas pautas.

Eso que pasa con un ser humano ¿no le haría bien a México que le sucediera?

 

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