Más de Joaquín Antonio Peñalosa

Y siguió y siguió hasta que me hizo pomada

Pasó todo un mes. Cada vez que abordábamos el tema, en mi caso de alguna manera para desembarazarme del asunto trataba según yo de “darle el avión” echando mano de sus propios conceptos vertidos en su obra literaria sobre todo en su trabajo como poeta. Pretendí también plantearle definiciones sobre el amor haciendo referencia a antecedentes filosóficos y hasta derivados de la Psicología moderna. Hice referencia hasta a los dos tipos de amor, según Santo Thomas de Aquino que diferenciaba el “amor de concupiscencia” del “amor de benevolencia” pero siempre terminaba riendo y manifestando esa ironía tan suya. Una noche acabé por encabronarme en serio. Le pregunté si pretendía burlarse de mí o si jugaba conmigo al gato y al ratón para terminar saliendo a ponerme en el ridículo total. Me invitó a que me serenara, nuevamente sacó su típica botella de brandy y mientras llenaba mi copa acudió a los cantos mencionados antes. Se sentó tranquilamente y me comentó que simplemente se reía porque me estaba haciendo muchas bolas alrededor de algo que se reduce a una sola palabra: RESPETAR. Repitió: “AMOR ES IGUAL A RESPETAR”.

Yo francamente no lo entendí y se lo dije. Traté de hacerle ver que cada uno de esos conceptos es distinto. Me explicó que el asunto es fácil y simple. Si el ser humano acepta a su semejante, tal como es, sin pretender cambiarlo y además le regala buena voluntad, es muy probable que la persona receptora de todo eso finalmente termine devolviéndonos por lo menos lo mismo. Sin embargo, no debemos dejar de lado la posibilidad de que lejos de que se nos devuelva por lo menos lo que le brindamos, por lo contrario, terminemos sujetos de una respuesta negativa y posiblemente hasta agresiva. En este caso decía, lo mejor es seguir aceptando a la persona como es, seguir sin pretender cambiarla y solamente procurar sesgarla, no enfrentarla y entonces evitar importunarla. Deséale de corazon un “que Dios te bendiga” y no cargues.

Me quedé muy pensativo cuando me advirtió que si la mayoría de las veces no podemos con nosotros mismos  ¿qué podemos hacer por un tercero? Luego hizo referencia a los defectos de carácter según la Psicología moderna en los seres humanos, iguales finalmente a los conocidos como los Siete Pecados Capitales: ira, soberbia, gula, envidia, lujuria, avaricia y pereza. Me decía que de esos siete en cada ser humano resaltan indistintamente tres, pero que dos muy comunes en la mayoría de las personas son los relacionados con la soberbia y con la envidia. De aquí que muchas personas pretenden amar sin humildad o porque al ver a otros seres amados como ellas quisieran  terminan en estados de frustración que entonces las llevan a la ira y con ello hasta a la agresión.

Insistí en qué tenía que ver eso que pregonaba con el amor y terminó poniéndome de ejemplo a mí  haciéndome ver que en mi caso tres defectos me caracterizaban: la soberbia, la ira y la avaricia. Acepté y reconocí los dos primeros pero me negué rotundamente a reconocer que yo pudiera ser avaro. “¡Qué va!  le reproché.  Si algo es característica mía es precisamente el tratar de ser generoso. Me gusta dar, trato hasta de ser espléndido hasta más allá de mi familia. Procuro estar al tanto de las necesidades de mis amigos, de la gente pobre…” Me contestó que la avaricia no se mide solamente en términos económicos o materiales,  que muchas veces también somos avaros cuando no nos regalamos a aquellos que requieren ser escuchados, apapachados, consolados cuando sufren, simplemente, tomados en cuenta. Me mató cuando me preguntó cuántas veces a cambio de dar a alguien un billete con eso evitaba el eventual compromiso de otorgarle el trato que en ese momento la persona realmente requería. Ya no pude defenderme. Porque sí efectivamente  yo soy muy dado a rehuir a disponer de mi tiempo a favor de alguien que dice necesitarme para hablar. Resulto egoísta en ese aspecto. Por lo mismo tuve que reconocer también mi avaricia.

En la medida que avanzaba en su reflexión, poco a poco me sentía como que reflejado en un espejo. Aunque me molestaba, tenía que reconocer que sus planteamientos hacían que de alguna manera me identificara en parte con el tipo del personaje al que se refería. Y sí, finalmente acepté que muchas de las acciones como padre o como esposo, o como jefe, o como ciudadano, etc., habían sido el resultado por mi parte de meras imposiciones, según yo porque simplemente obedecían al concepto del “bien ser” pregonado muchas veces por mis padres o por la sociedad o por las tradiciones en que estaba inserto. Terminé percatándome que en la práctica lo que estaba haciendo era “educar” al mismo estilo en que fui educado, mas no dando importancia y mucho menos respetando y tomando en cuenta el derecho de la individualidad de cada uno de los seres humanos que por el momento eran sujetos de mi responsabilidad, cada hijo en lo individual, mi esposa en lo individual, otros tantos más: un empleado, un obrero, un alumno, en lo individual.

“¿Por qué damos, Antonio…? ¿por amor? ¿por miedo? ¿por una necesidad de reconocimiento? ¿por quitarnos una molestia de encima? ¿porque otros los hacen?…¿por qué realmente…?” “¿Te has preguntado alguna vez si todo lo que has dado a los que te rodean, lo hiciste efectivamente por amor, o…?” Dicha conversación me vino a significar el inicio de una etapa muy intensa y difícil en mi vida en materia de tratar de descubrir quién era yo verdaderamente. Empecé preguntándome por qué pretendía efectivamente enviar a estudiar a un hijo a Europa. Por qué trataba de halagar a mi esposa brindándole a mi capacidad lo mejor en términos de una casa, joyas, viajes, una ubicación en una de las mejores zonas de la ciudad de México, otra en Lake Tahoe, etc. Buscaba explicarme la razón de echar mano de mi bolsillo para satisfacer la demanda planteada por un amigo o rescatar para mí la cuenta en un restaurante para pagar el consumo de todos los amigos con los que mi esposa y yo estábamos conviviendo. Me preguntaba por qué pretendía superar o por lo menos igualar las conquistas de otros que formaban parte de mi entorno. En resumen, concluí que todo de mi parte eran inseguridades, miedos y necesidad de reconocimiento.

www.antoniopatriciopeñalosa.com

twitter: @ap_penalosa

 

 

 

 

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