Más sobre Ana Huarte de Iturbide

Las ingratitudes cobran caro. Se dice que se guarda un infierno, el cual pienso que no existe. DIOS nos lo tiene en vida, antes de llamarnos a rendir cuentas

Iturbide como Bonaparte eran personas generosas tanto con sus allegados como con los más humildes de sus soldados. Don Agustín formó un ejército constituido por desarrapados a los cuales vistió, entrenó, respetó y hasta terminó amándolos. Éllos también a él. Igual pasaba con Napoleón su contemporáneo. Se cuenta que cuando formó su primer ejercito, la población que lo constituía adolecía en medio de los intensos fríos, de alimentos calientes y uniformes. Eso lo hizo enfurecer y lo llevó a exigir a su gobierno presupuesto suficiente. Ambos militares tenían gran capacidad para arengar a sus tropas y gustaban de convivir con los de más bajo nivel. Eso daba por resultado que cualquiera de sus soldados estuvieran dispuestos a ofrendar sus vidas a sabiendas que sus líderes los llevarían de la mano. Don Agustín cometió un error cuando entró a México con su Ejercito Trigarante triunfante a la ciudad de México el 27 de Septiembre de 1821: no se preocupó porque las fuerzas del General Vicente Guerrero fueran provistas de uniformes, lo que causó que los que observaban el desfile se mofaran de tantos pobrecitos que marchaban exhibiendo sus miserias y muchos hasta descalsos.

Tanto Don Agustín como el gran corzo habían depositado especial afecto y atenciones a dos personajes que significarían a la postre factores de sus desgracias: José Antonio Echávarri, español antes aliado con Iturbide a los realistas, y en el caso del segundo a Talleyrand, obispo mundano y en extremo inteligente que terminaría del lado de los ingleses para provocar su terrible derrocamiento.

Era tal el cariño que los Iturbide sentían por Echávarri, al punto de ser considerado y bautizado como un hijo más. Convivía con la familia y compartía con su jefe hasta los planes más secretos y a la par tortuosos. Doña Ana Duarte sentía en su persona la presencia de efectivamente un hijo, sabedora que en todo momento estaría presto a protegerlo de cualquier calamidad.

Grande y dolorosa fue la tristeza que causó al matrimonio, cuando descubrieron que Echávarri se había sometido a las voluntades de Santa Anna quien alentó al congreso para su destitución y expulsión del país. Quizá de entre tantos pesares, esta última tración sería la que más laceraría.

A Iturbide se le debían cantidades importantes de dinero por sueldos devengados, que nunca le fueron liquidados. Luego el congreso le determinó una pensión mensual que tampoco recibió en Italia. Así, en la miseria, después de saber que derivado de la formación de la Santa Alianza España pretendía recuperar a México, Iturbide con esposa e hijos salió con rumbo a Inglaterra a pié, lo que les obligó a cruzar terrenos franceses, alemanes, austriacos y suizos. Antes, se había encargado de escribir una carta dirigida al congreso en México a efecto de alertar, a la cual no se le prestó atención.

Muchas fueron las calamidades que sufrió la familia para lograr arribar a México al estado de Tamaulipas donde Don Agustín a ojos de su familia fue apresado y posteriormente asesinado.

Doña Ana, aún en medio del sufrimiento y con la ayuda del ejecutor forzado Pablo de la Garza, arribó a México en donde fue tratada con despotismo y menosprecio. Nuevamente se le hizo saber que gozaría de una pensión de la cual solo recibía migajas. Decidió abandonar el país y huir de las cuatro paredes de una vecindad que la albergaban con sus hijos y logró salir a Filadelfia.

Cierta mañana al ir caminando por alguna calle de aquella ciudad, encontró a un hombre sentado en la banqueta, harapiento, hambriento y tiritando de frío. La señora se compadeció de él y lo trasladó a su casa para brindarle cobijo. Ese hombre se llamaba: José Antonio Echávarri.

Talleyrand murió en el marco de la bonanza.

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