Màs sobre el excursionismo

Más sobre el excursionismo

Cuando se observa, antes de iniciar el camino, la cumbre del cerro o la montaña que se pretende alcanzar, da la impresión de que estamos a un paso de llegar a ella ¡qué va! Se inicia el trayecto sobre una superficie plana, alegre, que muestra ríos que la atraviesan y mientras tanto, el caminante siente sus ayudas (gorra, mochila, cantimplora, botas, etc.) a manera de implementos que nos distinguen y nos harían sujetos de desfilar con elegancia en una parada militar. Todos platicamos, nos reímos, bromeamos y bueno, “ya al rato llegamos ¡ja, ja, ja…!” De pronto, la planicie acaba y se convierte en suelo accidentado. Hondonadas, subidas agrestes, piso resbaloso, olores agrios, etc. Inicia el silencio, empiezan a doler los pies, aparecen raspones y tanto que cargábamos se multiplica en peso y acabamos odiándolo.

Bueno, hasta el agua que nos refrescaría se convierte en un estorbo. Esos con los que hacía un rato bromeábamos se convierten en nuestros peores enemigos. “Órale baboso, no te quedes atrás, mejor te hubieras quedado en tu casa…” Al interior, pensamos en su mamá, su abuela y hasta en el perico que guarda en la jaula de su casa. Lo peor: esa pinche cumbre que se antojaba tan cercana, o se vislumbra más lejana, y en ocasiones hasta desaparece. Y sí, a veces uno concluye “¿en qué lío me vine a meter?” Decidimos hacer un alto en el camino. Todos por separado tratamos de recuperar fuerzas. Aspiramos con profundidad y no falta quien decide regresar porque ya no puede. Otros, aún sabiendo que falta lo más difícil, exhiben su amor propio, siguen adelante, callados, pero en forma individual. Ya no comparten nada con los compañeros ¡Y cuidado que haga presencia la enemiga ampolla! Si nos quitamos los zapatos y la descubrimos, surge el terror, la idea del “lanzar la toalla” ¡qué lejos se imagina uno la tina del baño de la casa y el agua calientita! La cercanía se empieza a percibir y resurge el buen ánimo. Renace la conversación y el espíritu de equipo. A 20 o 30 metros, está a la vista el objetivo pero se presume imposible arribar al mismo, las fuerzas no dan para más. ¡Puff! finalmente alcanzado el objetivo todo es alegría. Se permanece en el lugar el tiempo suficiente para comer y disfrutar el paisaje que es en ese momento una propiedad privada para los conquistadores. El retorno es rápido, no se siente. Claro, una cosa es subir y otra bajar. Queda entonces el recuerdo de algo digno para comentar.

Todo lo anterior descrito, se asemeja mucho a la experiencia de escribir un libro.

www.antoniopatriciopeñalosa.com

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