MCDOHENY DESESPERADO

Una nueva reunión entre los petroleros resultó por demás ríspida en razón del estado de ánimo de Mcdoheny, quien vomitaba odio y resentimiento hacia todas partes. Ya no quería queso sino salir de la ratonera. El té que había tomado de marca Tea Pot Dome lo había dejado a tal punto intoxicado, así como cuando alguien come un camarón echado a perder que hace que muchos seres humanos ya no puedan volver a comer uno más a lo largo del resto de su existencia. Se sabía apestado ante la Casa Blanca y el Departamento de Estado y estaba consciente de que su poder había menguado de manera significativa. Esto representaba una buena oportunidad para otros petroleros al margen del problema de Mcdoheny, Sinclair y resto de secuaces.

Teagle, cabeza de la Standard Oil afilaba sus uñas y veía una buena oportunidad para proponerle a Mcdoheny la compra de La Tolteca. Todos estaban conscientes de que ya no resaltaban ante el gobierno norteamericano y no dejaban de reconocer que mientras tanto Calles se les iba poco a poco adelantando. Había logrado redocumentar la deuda que su gobierno tenía con distintos bancos. También estaba alcanzando mejor imagen y tolerancia por parte del Congreso norteamericano y lo más importante: quedaba en la mesa del gobierno mexicano la final resolución en torno al ya tan sobado problema petrolero. En dicha reunión se encontraba también Sheffield, el Embajador, quien en un principio sólo se dedicó a observar a un Mcdoheny quien con el ataque, pretendía defenderse del eventual reproche de sus compañeros. Decidió hacer uno con el Cardenal y se dedicaron mejor a actuar como observadores de la encarnizada lucha que empezaba ya a hacerse más evidente entre los reyes de los hidrocarburos norteamericanos. Ya no se mostraba Mcdoheny como el frenético y arbitrario jefe de todos, pero no dejaba de repetir que aceptar el régimen de concesiones sería tanto como tener que resignarse al capricho mexicano que quedara reflejado en el artículo 27.

@ap_penalosa

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