Memorias de un jinete vs. Historia de México

Cuando hago el recuento de tantas experiencias que me enseñó un caballo, además de incrementar mi amor por los equinos, reflexiono en relación a lo que es la vida. Viví triunfos, igual fracasos. Golpes y contusiones serias. La historia de México a veces ha sabido cabalgar, otras no.

Si de pronto nos ponemos a pensar en el papel que jugaron los caballos en la historia del mundo, llegamos a la conclusión de que sin ellos, el avanzar de la humanidad hubiera sido mucho más lento. Napoleón con sus ejércitos, conquistó a caballo recorriendo distancias desde Francia hasta Rusia muchas veces con inclemencias de tiempo brutales. Atila dominó con los mismos animales. Cortés arribó a la Gran Tenochtitlán probablemente a paso lento, mientras seguramente desde su cabalgadura disfrutaba del espectáculo espléndido significado en la gallardía de nuestros volcanes. Qué decir de Iturbide quien por cierto si en aquellas épocas ya hubieran existido olimpiadas, seguramente nos habría hecho brillar siempre con medallas de oro ¿Habría Cervantes escrito su maravillosa obra Don Quijote desplazándose a pié? Creo que no.

Hoy día, en mí persona existe mucha paz y alivio. He recuperado muchas energías, seguridad y cada día me siento más contento  conmigo mismo. Ya en el marco de la serenidad y una sabrosa soledad, écho mano de muchas evocaciones que me llevan a escribir sobre lo que ahora es mi meta principal: Historia de México y derivaciones de la misma reflejadas en la época actual. Siempre he sido asíduo a ilustrar haciendo referencia a lo que la equitación me enseñó. Es una actividad que da la impresión de un escaparate que nos permite descubrir el por qué del mundo. Cuando me ha ido mal, inmediatamente hago remembranzas de lo que no aprendí y por lo mismo hizo que un caballo me lanzara al piso y hasta me dejara en malas condiciones por un buen rato. Igual,  recuerdo cuando he alcanzado éxitos, que de alguna manera me hacen ver que en algunos momentos de mí vida un caballo fué mi maestro. Incluyo en mis memorias a tantos instructores y amigos que me enseñaron como empatar y convivir con esos nobles y hermosos animales. Así como ahora me doy cuenta de la riqueza que significa el cariño de tantos seres que me brindan su mano, sinceridad y apoyo, igual me pregunto ¿y qué será de tantos de antaño que  me aconsejaban, entrenaban, me regañaban, me toleraban, pero siempre denotando hacia mi persona afecto, fe y esperanzas?

Cuando desarrollé la histografía que ilustra el devenir de nuestro país según cada presidente que lo gobernó, volví a lo mismo. Los imaginé a cada uno de ellos montando un pura sangre, un alazán, un bello tordillo, algún cuarto de milla…que sé yo. Según su historial llegué a conclusiones que me hicieron imaginarlos como buenos jinetes o como otros que mientras no sabían ni asentarse en su albardón, tensar las bridas y alcanzar bien apoyados los estribos,  hacían que su caballo cabreolara y terminara desbocado y en ocasiones hasta arrastrando a aquel que en el trayecto terminaba destrozado.

La Historia de México muestra a un conjunto presidencial imaginario ecuestre, por demás irregular. Algunos diestros pero montando jamelgos flacos y chaparros. También otros vestidos muy elegantes a la usanza inglesa, sobre caballos altos, briosos y alegres pero que haciendo pareja hacían ver que la combinación hombre animal estaba desempatada y que en cualquier momento podrían haber causado una debacle entre los que los observaban. No faltaron aquellos que hasta en estado de embriaguez y sobre un asfalto liso pretendieron mostrar su hombría doblegando al animal con bocados que martirizaban su paladar y soportando el peso de sillas charras ostentosas para que quienes los observaban expresaran su admiración o miedo. O sea, pocas veces se dio la combinación perfecta entre caballo y el que lo dirigía.

La equitación entre otras cosas, obliga a la “cadencia”. Esto significa que el jinete concuerde con su compañero en un paso regular y acompasado. Es decir, mantener el ritmo siempre igual del paso corto, largo, el trote o el galope según manden las circunstancias y objetivos a alcanzar. Nuestro devenir presidencial, tristemente nos hace ver, que un día un señor de pronto un rato trotaba, luego inesperadamente se lanzaba al galope y con ello perdía el control. Entonces la bestia tomaba el mando y arrancaba a su antojo sin darse cuenta que ella y quien lo montaba terminarían finalmente estrellándose o en la profundidad de un precipicio. Así ha sido la Historia de nuestra nación: a paso irregular.

Recuerdo cuando mis padres me llevaban al circo y disfrutaba tanto el espectáculo de los caballos, me impresionaba como se movían a un mismo paso y no chocaban entre ellos. Quien los controlaba y exhibía, seguramente los había entrenado muy bien y los amaba.

Sería bueno que quien resulte presidente electo para el sexenio 2012-2018, se dé tiempo para asistir a un circo y platique con el entrenador de los caballos. Buenos consejos le daría para que aprenda a mantener a sus gobernados a paso en cadencia y alegre.

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