Napoleón Bonaparte vs. Miguel Hidalgo y Costilla

Una revolución implica que el que la encabeza tenga conciencia de nación, capacidad y honestidad. Obliga también a que sus seguidores lo entiendan y apoyen.

Napoleón Bonaparte, no el pendejo de su hermano José que por cierto me pone bravo cada vez que lo encuentro descansando en los Inválidos en París alternando con el bueno de su hermano en una cripta de mármol negro casi del mismo tamaño que la del “Águila Real”, bueno, Napoleón Bonaparte con todas sus extravagancias, arrebatos y caprichos que a la larga se minimizaron frente al tamaño de su obra, tenía entre muchas cualidades el ser un gran soldado como muchos que también han formado parte de nuestra historia y otros que todavía viven y pasarán a la misma como grandes, incluyendo militares y marinos. Ese hombre inteligente formó grandes ejércitos, dominó prácticamente toda Europa a excepción de Inglaterra que a la larga representó su acabose. En sus ejércitos que llegaban a sumar millones de seres humanos había de todo: igual nobles o soldados graduados en las grandes y tradicionales escuelas militares francesas y hasta “juanitos” como los nuestros, provenientes de la campiña gala que seguramente distaban mucho de saber leer y escribir. Cuando a Napoleón le dieron la oportunidad de formar a su primer ejército, le entregaron a contingentes de seres  harapientos, con hambre, cansados y escasos de armamento. Napoleón aún siendo hijo de nobles, era muy pobre. Sus compañeros de la Academia de Saint-Cyr a donde llegó becado, se burlaban de él. Éste mientras tanto y a falta de recursos, leía, estudiaba, a su capacidad se acercaba a observar a la sociedad parisina inmersa en un ambiente similar al del México antiguo donde prevalecía la burguesía por encima del pueblo.

Ya después de muchas andanzas, Napoleón habiendo alcanzado esas proporciones que lo hicieron excepcional, nunca se olvidó que en sus ejércitos había soldados de orígenes muy humildes, inmersos en el frío y desnutridos antes de darse de alta o de ser levantados en leva. Cuando Napoleón arengaba a sus tropas, tenía la virtud de despertar con sus discursos un ánimo tal que cualquiera de sus soldados decidía ofrendar su vida en aras de su patria, seguros que al frente tendrían a un líder que los sabría entender y acompañar. Y vaya que las condiciones geográficas de Europa siempre han sido, entre otras cosas por su clima, adversas para la sobrevivencia y el triunfo. Desde el de más altura hasta el más ignorante, todos entendían el por qué y para qué propuesto por Bonaparte. Sabía hablarles porque los entendía, les exigía pero les cumplía lo que les prometía, sabía respetarlos, amarlos y cuidarlos.

También Napoleón fue noble con el enemigo. Antes de su campaña a Rusia trató fervientemente de negociar con el Zar Nicolás para inducirlo a hacerle ver la conveniencia de arreglos que resultaran favorables para ambos y con ello se evitaran derramamientos de sangre. Igual hizo con Federico de Prusia y muchos otros incluyendo a los mismos ingleses.

Don Agustín de Iturbide, verdadero consumador de la Independencia, actuó igual. Buscó a toda costa negociar antes de ver que los mexicanos se mataran entre si y logró alcanzar una verdadera independencia relativamente en paz. A Miguel Hidalgo y Costilla le valió madres el resultado de su irreflexiva intentona. Murieron de todo: mexicanos y españoles, los nuestros no sabían por qué y los segundos sin entender tampoco la razón por la que se les sacrificaba, si finalmente se habían integrado a México como gente buena, luchando por alcanzar prosperidad a favor de todos.

En España las cosas eran un lío. Y más se enmadejaba la situación en México cuando Hidalgo además de enarbolar la imagen Guadalupana, ahora resulta que en su discurso ante la chusma hace alusión a favor de Fernando VII,  gordo, tonto, de voz afeminada y pendejo hasta en proporción a la cornamenta de su señor padre Carlos IV. Este amado hijito de su mamita no daba una, creo que ni cuando terminó como tejedor y usuario de agujas para darles uso a los reales estambres y telas que se le proporcionaban. Este idiota por la intromisión de un tal Godoy, amante de su madre, resultó a ojos del padre tan mal heredero de la Corona que hizo que Carlos IV perdiera los estribos al punto de expulsar a ambos de la Corte y hasta enviarlos al destierro haciéndose nuevamente hacedor de la misma. Así como si López Obrador hubiera dejado en su lugar a Gerardo Fernández Noroña y a su regreso se encontrara que éste último con Muñoz Ledo habían armado tal desorden que le era necesario mandarlos guardar un rato.

Como Carlos IV ya tenía hartos a los españoles, éstos le armaron tal trifulca que hicieron que Carlos se viera precisado a devolverle el trono al bombón de su mamita. Aparece entonces Napoleón Bonaparte y el par IV y VII le dan la más cordial bienvenida sin tomar en cuenta que cuando Carlos IV le ofrece la Corona a Napoleón para que con ésta unja a su hijito ¿ de a devis…?, entonces Napoleón igualito que en su coronación, se haría cargo él personalmente de colocar la corona, pero en este caso no en la cabeza de Josefina, sino en la cabezota de otro gordo y también heroico y buen tomador: el muy querido y gran nuevo Emperador de España Don “Pepe Botella” alias José Bonaparte. Ese sí que no representaría el peligro para Napoleón, como lo significó Fernando VII por andar seduciendo a los ingleses.  Sólo que se le olvidó que su hermano también coqueteaba sin darle importancia a aquéllos pero prestando especial deferencia a la buena mesa, los vinos, los saraos y el placer de vivir. Con Pepín del Botellín empezaba el fin del buen Napoleonín. Y vaya que el pueblo español se encargó de todo eso. Se organizaron de tal forma que su triunfo sobre los franceses igualó o hasta superó el representado por la obtención una de las  recientes copas del Mundial de futbol.

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Twitter: @ap_penalosa

 

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