OBREGÓN ILUSIONADO Y SAN PEDRO REGAÑADO

Pobrecito Don Adolfo de la Huerta. Después de un año en Estados Unidos, regresó a México pensando que los regalitos que había traído a sus amigos iban a encantarles. Ni maiz paloma: “Te dije que no llegaras sin lana y con la seguridad del reconocimiento diplomático a mi Presidencia”. “No te apures mi Alvarín, mira ya rompí el turrón con Harding. De pronto nos hemos ido de parranda y entre trago y trago ya nos pusimos bien de acuerdo. Créeme, el agua ahora sí ya está para chocolate” “¡Ay, qué bueno Fito, te felicito! Ahora sí entonces vamos a chocarla con los petroleros y hasta les voy a dar nuevas concesiones para que estén felices y contentos. ¡Viva, viva!” A cambio de eso Mcdoheny le pagó al gobierno de Obregón como adelanto por concepto de impuestos, 5 millones de pesos y eso molestó mucho al Jefe de Estado norteamericano Hughes, quien prefirió callar y no expresar crítica alguna. Igual yo, ante la falta de domingo por mal portado, me financiaba mi tío José Luis, pero ahí sí se armó la gorda cuando mi padre se enteró y hasta el pobre de mi tío resultó regañado.

Ya era 1923. Nada de reconocimiento a favor de Obregón por parte de los yanquis, miedo a que los petroleros manipularan a un candidato comprado por ellos y México apergollado. Eran ya la seis de la tarde en el cielo de un viernes cálido y que invitaba a salir a caminar por el bosque. En eso, DIOS se acercó a la oficina de San Pedro y la encontró vacía. Pensó: “seguramente éste fregado ya se largó dizque a su sesión de tenis pero ya sé que donde anda es en la cantina El Refugio Celestial jugando con sus cuates dominó y guardándose la mula de seises en la valenciana del pantalón” Le dejó entonces un recado por escrito citándolo a primera hora del lunes porque le urgía hablar con él. Algunos historiadores dicen que sí, que efectivamente San Pedro jugaba tenis los viernes, para con ello evitar que se manchara su reputación, pero en un museo de Nairobi, se exhibe el voucher de American Express firmado por el sucesor de Cristo, quien esa tarde había perdido y tuvo que pagar la cuenta con todo y propina y hasta el costo de la boleada de zapatos para cada uno de sus amigos. De ahí se fueron al Hipódromo y luego a seguirle a la jugada en casa de una de la tantas miles de vírgenes que habitan aquel lugar de ensoñación.

Ilustración: Ni con San Pedro Fito de la Huerta obtuvo el reconocimiento al gobierno de Obregón.

@ap_penalosa

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