OBREGÓN INCONSISTENTE Y DUBITATIVO

Irónicamente, mientras todo sucedía y no se llegaba a acuerdo alguno con los prepotentes y arbitrarios petroleros, la producción mexicana alcanzaba nuevos récords que mantenían a nuestro país como el tercero más importante productor en el orbe. Curioso: solamente faltaba alcanzar un escalón para dar por concluidas las diferencias entre Estados Unidos y México y con ello la mejor hegemonía. Esto era la derogación del artículo 27 que terminaría dando el reconocimiento al gobierno obregonista y así los petroleros dejarían de constituirse en estorbo. ¡Cuán pesado era dicho artículo para México! Solamente habría uno con suficientes espaldas para soportarlo y hacer que lo condujera al lugar preciso para dejarlo bien afianzado: Don Lázaro Cárdenas, al cual habría que esperar que llegara a la silla Presidencial, varios años más.

Calles consideraba a Obregón un tanto cuanto iluso porque su paisano creía que con base en acuerdos “de palabra”, los petroleros terminarían por ceder ante sus promesas sin que tuviera que mediar un documento firmado. Plutarco insistía en no dar marcha atrás con la constitución completa y por supuesto que defendía a capa y espada el derecho a la soberanía del país. Obregón confiaba en que Harding atendería con particular interés a una primera carta que Obregón le enviara el 21 de julio de 1921. Ahí, el gran error de Don Álvaro. Ahí su candidez y falta de malicia y digamos también que una traición a México.

En dicha carta Álvaro Obregón le puso “de a pechito” nuestra nación a Warren Harding, prometiéndole que el artículo 27 sería reconsiderado a favor de los intereses de los petroleros norteamericanos, asegurando que los poderes Legislativo y Judicial manifestarían su total apoyo. Todavía más: el 1 de agosto, en una segunda misiva, Obregón se comprometía a no hacer retroactiva la Constitución en detrimento de aquellos. A cambio de esto, ya Obregón daba por seguro que Harding otorgaría un sí inmediato al reconocimiento diplomático y por tanto también el resto de los países que se mantenían como simples observadores

Sin embargo, apareció un tercero en discordia que manifestó de manera abierta su indisposición en principio a la propuesta de Obregón: Hughes, el Secretario de Estado norteamericano, quien ante le presión de los petroleros que demandaban la intervención armada de una buena vez, condicionaba como única salida para que ésta no se diera a que el gobierno de Obregón estuviera dispuesto a ratificar por escrito, vía documento formal signado por ambas partes, todo aquello que ofrecía por simple carta. Solo quedaba Obregón como jamón de sandwich. Por un lado, tendría que soportar la presión yanqui mientras por el otro, no sabía qué tan fuerte resultaría la contraparte: la opinión de sus allegados y del propio Congreso. ¡Vaya lío en que se había metido!

@ap_penalosa

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