OBREGÓN Y CALLES TOMADITOS DE LA MANO

Empezaban a sentirse movimientos telúricos en México. Los senadores desconocen el Tratado de Bucareli y Obregón los encara abiertamente. De la Huerta decide renunciar al cargo de Secretario de Hacienda, acusa a Obregón de traidor en razón de dicho Tratado y se levanta en armas. Todo esto no convenía a los norteamericanos. Sin el acuerdo alcanzado por el Tratado de Bucareli y con ello una relativa confianza a favor de sus intereses, podría haberse dado un movimiento social muy grave al interior de nuestro país que los hubiera orillado quizá hasta a una nueva intervención. De tal forma, Estados Unidos prefirió apoyar a Obregón para así seguir a través de su grupo dando continuidad a sus relaciones con México. Era imprescindible que Calles alcanzara la Presidencia. Las asonadas en México provocaron grandes desgracias y nuevamente sangre. Obregón no era de los que solamente amenazaba. Era drástico en sus decisiones y con ello se sucedieron olas de asesinatos y represiones. Muchos senadores desaparecieron y con eso, la única mano de Obregón se hizo presente.

Me divierte mucho cuando veo a un boxeador llegar al ring previo al inicio de una pelea. Parece troglodita a punto de acabar con el rival. Le quitan la bata sus ayudantes, mueve la cabeza haciendo círculos con ella en ambos sentidos, brinca continuamente, hace como que acribilla con sus guantes al que será su víctima, pero lo más gracioso resulta cuando voltea a ver a su público y levanta las manos después de golpearse el pecho como diciendo: “van a ver, este ni a melón me va a saber” ¡Ay el final! el propio que vimos subir minutos antes, de pronto desciende del cuadrilátero hecho cisco. Le sobra nariz, los ojos prácticamente cerrados, tambaleante, todo tembloroso, en fin, como algunos caballos, con todo el hocico sangrando.

Ya años después de la Guerra Mundial concluida y el planeta en general repuesto y dando signos de franca recuperación, aquí en México seguíamos con nuestra eterna batalla contra los americanos. Apareció un nuevo contrincante en 1924, más o menos así como el boxeador descrito en el párrafo anterior que al momento de aparecer ante el público hizo: “¡grrrr…!” y todos los espectadores palidecieron. Se trataba ni más ni menos que de “El Turco” Calles, dispuesto a vengar todas la palizas que le dieron a su antecesor “El Bigotes Obregón” quien aún con una sola mano, tenía tal potencia de izquierda que aunque en momentos hizo tambalear al contrincante, finalmente salió perdedor por decisión unánime. En la arena en que se llevaría a cabo la pelea, ya desde hacía ocho años, ningún nacional se había llevado la corona. Todos habían salido derrotados por la vía del nocaut y hasta algunos habían perecido por la gran potencia de sus oponentes.

@ap_penalosa

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