Olimpiadas: Disneylandia en medio de la debacle

Corría el año 2010. Del 2011 no quiero acordarme. Sentía barruntos de tormenta y no me equivoqué. Todo era artificial. Como un escaparate lleno de cosas bellas, pero en el centro de un desierto. Nada para alguien. Todo falsedad.

Este medio día, antes de ir a comer y tomando en cuenta la hora, pregunté a mí amigo: “¿pedimos una pizza y vemos la inauguración?” Me contestó “no, prefiero seguir platicando contigo, luego te acompaño a sacar a Góngolo y regresaré a mí casa para leer un rato. No se me antoja observar la irrealidad. Es más, creo que hasta me deprimiría”. “¿Por qué?” expresé. Agregó: “muchas personas huyen de su real estado, se engañan y más temprano que tarde terminan afrontando una verdad en ocasiones muy adversa. Con gran dolor concluyen que lo que les era dable de pronto desapareció y que en lo que se habían refugiado resultó solo un rato fugaz que terminó haciéndoles sufrir en extremo. Por eso no quiero ver las olimpiadas”.

Al llegar a la fondita y saborear esa típica comida caserita, obvio, la TV estaba encendida. El espectáculo era magnífico, suntuoso a más dar, pero de inmediato yo también caí en cuenta que no estaba empatado con lo que hoy crudamente  sucede en todo el mundo: pobreza, angustia, desempleo, perdidas irreparables, sueños engañosos y a la vuelta de la esquina soledad, suspiros por lo que se fue y por supuesto dolor incontenible.

Me decía mi amigo conforme iban desfilando las delegaciones representatívas de cada país luego del gran jolgorio: “a ver, piensa lo que pasa con cada nación que abanderó a los atletas” ¡Pum! Los que por tradición iniciaron la parada fueron los griegos ¿qué más decir al respecto? En el orden de la “A” a la “U”, según país, en su interior grandes desgracias ¿Qué sentirían los españoles, italianos, portugueses, irlandeses, austriacos, los mismos alemanes ahora descalificados ¿Qué los atletas africanos, del Medio Oriente, sudamericanos, centroamericanos, etc.? Estoy seguro que en su andar le pedirían al Creador: “Señor, que esto no se acabe”. Y claro, retornar a lo que ya no es o pudo ser pero se acabó, será duro de enfrentar.

Recuerdo la Europa del 2010. Mis lugares favoritos y muy bien acompañado: Paris, Reims, Alemania, Países Bajos, Austria, Suiza, Estrasburgo, Lyon, etc. Todos iban hacia arriba, un continente pujante, alegre, despreocupado ¿Y luego de pronto 2011?: la antesala de un infierno. Dubitativo, falso, maquillado y sostenido por estacas.

¿Qué sucederá después de la corta fiesta? Lo mismo que a muchos individuos. Descubrirán que solo fue un momento. Que sus espectatívas, una vez más, no eran las esperadas y solo les llevarán a la frustración. Que quienes los arropaban prefirieron escapar, que sus “seguridades” eran soberbias disfrazadas (ver España). Pero lo más dramático: ya no tendrán el tiempo para observar y disfrutar las delicias que pudieron ser. Se arrepentirán de ese pasado que finalmente los llevó al abismo al cual terminarán en recaer.

Deseo y planeo dejar la ciudad de México. Refugiarme en un pasado que no supe comprender ni valorar. Deseo seguir escribiendo, enseñando, aportando. Pretendo trascender para bien de mí país y de mí mismo. Olvidar las mezquinades para así estar en paz. Me es urgente marginarme de aquello que hoy el mundo padece tanto.

 

 

 

 

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