Otra ingratitud de la Historia de Mèxico. Josè Marìa Morelos y Pavòn

Asì como no comulgo con Hidalgo, no dejo de reconocer que fue digno a la hora de su muerte. En cambio Morelos, si se supiera la verdad, hoy sería detestado y vilipendiado.

Ya Hidalgo había perdido la confianza en los Generales Allende y Aldama. A espaldas de èstos últimos, nombrò como jefe de los ejércitos del sur a Josè Marìa Morelos y Pavòn. Recordemos que Hidalgo ante el mesianismo que mostrò a poco tiempo de iniciada su intentona independentista, provocò que los generales anotados lo tomaran preso. El “Padre de la Patria” estaba àvido de la sangre de los “gachupines” y no se detuvo, por ejemplo en el caso de la Alhòndiga de Granaditas, a ordenar el degüello de niños, personas mayores, hombres, mujeres y soldados realistas. Allende, Aldama y ya luego también Abasolo,  le exigìan temperanza y compasión. Hidalgo, lejos de escucharlos y apoyándose en una plebe ignorante y luego rapaz no se detuvo para arrasar con todo lo que aparecía a su paso. Ya detenidos todos después y previo a su ejecución, salvo en el caso de Abasolo, Hidalgo denotò muestras de arrepentimiento. Pidiò perdón a la monarquía española, a la Iglesia, a tantas familias españolas agredidas y con dignidad se entregò al fusilamiento en la ciudad de Chihuahua.

Morelos, también sacerdote, actuó a manera de alumno brillante de su maestro Miguel. Tambièn su apetito y olfato se satisfacían con lo mismo: sangre, odio, destrucción y saqueos. Asì como el primero enrojeció a Guanajuato con el sacrificio de tantos inocentes, Morelos no tuvo empacho en cortar cabezas de presos en el Fuerte de San Diego, para luego arrojar sus cuerpos en el mar de la Quebrada de Acapulco. Tambièn sus màs allegados terminaron calificándolo de loco e insensible. Don Andrès Quintana Roo y su esposa Doña Leona Vicario, no daban crédito a las audacias y andanzas de ese miserable en quièn tanto habían confiado. Como  en el caso de Hidalgo, los miembros del Congreso de Michoacàn terminaron retirándole su apoyo y lo convirtieron en simple guía, quien por ser buen conocedor de las intrincadas zonas, les servirìa de ayuda para alejarse en la medida de lo posible de la persecusiòn realista.

Todavìa en sus afànes revanchistas y a sabiendas que eso le costarìa la vida al padre Mariano Matamoros, este último cumplió la orden de tratar de contener a las fuerzas enviadas por el virrey a la zona del norte del país. Los amigos de Matamoros le aconsejaban desobedecer la instrucción y con ello velar por  su existencia. No hizo caso. Resultò ejecutado y como decía anteriormente, ya estando preso y a cambio de que se le pusiera en libertad, Morelos “perdonarìa” la vida, no de todos, sino de solamente de la mitad de los encarcelados que terminò sacrificando.

Ante la cercanìa de Iturbide, Morelos entrò en pánico y solo se preocupò por refugiarse en las montañas, haciéndose acompañar de indígenas para que lo protegieran. Le llegó la debacle, fue capturado y puesto a disposición tanto de las autoridades españolas como del clero mismo. Fuè sujeto de juicio por los eclesiásticos. Nunca respondió con hombría a los cuestionamientos que se le hacían en torno a su vida mundana: procreaciòn de hijos con varias mujeres, saqueo de iglesias, haciendas, arbitrariedades, exceso de crueldad, intenciones de disponer territorio a favor de USA, etc. Lo màs vergonzoso: después de ser sentenciado a muerte, contrario a Hidalgo, es que ya viendo que todo estaba en su contra, tuvo la desfachatez, a cambio de que se le perdonara la vida, de revelar y con ello delatar con nombres, apellidos y ubicación, a todos sus compañeros insurgentes que en su momento se habían entregado a èl. Terminò fusilado en Ecatepec, Estado de Mèxico, llorando y pidiendo clemencia. Era negroide, gordo, de baja estatura. Sus cabellos eran quebrados, de ahì el paliacate con que los cubrìa. Muy distinto a como se pretendía exhibir ante los que lo acamaban. Quizà sentía vergüenza por sus orígenes.

Una vez màs la canallada de aquellos que dicen amar, sentir y estar dispuestos a todo, no obstante cualquier sacrificio, para luego terminar  dejando desconsolados a tantos que los rodearon y apoyaron. Algunos terminan riendo y burlándose. Otros quedan para el resto de su vida atrapados por los remordimientos. Morelos se salvò de estos últimos porque la pòlvora lo salvò de esos martirios. Esto no lo digo yo. Lo exponen los auténticos historiadores.

 

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