PETRÓLEO vs. ¿REVOLUCIÓN?

Los grandes trusts en los Estados Unidos llegaron a poner a comer en la palma de sus manos a Presidentes, Secretarios de Estado y Congresistas. Era tal el poder económico que ejercían que cualquier intención gubernamental de su país o hasta extranjera, en muchas ocasiones antes de pasar al Congreso, requería del visto bueno de aquellos. Era el caso de un tal Edward Mcdoheny, Presidente del Consejo de la Tolteca Petroleum, Co., quien fuera una de las compañías petroleras más fuertes norteamericanas y que a la postre jugaría papel en extremo relevante en relación a nuestros asuntos en materia, no sólo de hidrocarburos, sino también de otras industrias que junto con él, presionarían a sus gobiernos según sus intereses.

Mcdoheny era un tipo prepotente, muy rico, dominante, déspota, que menospreciaba a todo lo que tuviera etiqueta mexicana, pero al mismo tiempo sumamente reconocido por las altas esferas del Imperialismo yanqui. Era una especie de Inspector Clouzeau que tenía por ayudante a un mexicano similar al asistente de aquel, de nombre Dodó y que se llamaba Eduardo Sobrino. Dicho individuo a cambio de los beneficios económicos que le brindaba la Tolteca, sacrificaba toda su dignidad, espíritu humano, nacionalista y sin importarle vivir siempre en medio del menosprecio y del despotismo de Mcdoheny, se bajaba los pantalones al gusto de ese y hasta decía “qué rico” cuando lo azotaba o le escupía. Sobrino era como muchos paisanos nuestros de hoy, que salen a la calle a buscar a aquellos extranjeros interesados en chingarnos, sin tomar en cuenta y recordarse a ellos mismos, que antes que nada son mexicanos y que bien valdría hacerse de recursos, capitalizando su capacidad en bien de su patria en lugar de ponerla en bandeja de plata a favor de gente o corporaciones más allá de nuestras fronteras ávidas de enriquecerse por la vía de la vileza.

Theodore Roosvelt al igual que Don Porfirio, también de pronto se sintió asediado por parte de los trusts que cada día se hacían más poderosos en su país. De ahí entonces su decisión de mostrarse más cauto y menos tolerante. Eso permitió que Díaz de alguna manera encontrara el apoyo de Roosvelt, Demócrata, ante las intenciones de Don Porfirio de abrirse a otras alternativas en materia de asuntos de inversiones en nuestro territorio. Mcdoheny y los suyos se mostraron sorprendidos y se sintieron hasta traicionados por Roosvelt y entonces empezaron a verlo como su enemigo. A la salida de Roosvelt de la Presidencia en 1909, Howard Taft, Republicano, lo sucedió y con ello los grandes capitalistas yanquis recuperaron su confianza. Taft llegó a ser llamado “Presidente de los capitalistas”. Su periodo concluyó hasta el año 1913 y de entre sus principales funciones, una adquiría importancia relevante: discutir con Don Porfirio las perspectivas a futuro en el marco de la relación Estados Unidos con México.

Por supuesto que en su agenda para tal encuentro, Taft incluía en su portafolios todos aquellos encargos que le demandaban los poderosos. Para Mcdoheny mientras tanto, en caso de que los acuerdos a su favor previstos por conducto de Taft no se alcanzaran con Díaz, entonces sí la situación se convertiría en algo mucho más severo: se forzaría la salida de Díaz de la Presidencia para que ésta fuera ocupada por alguien “ad hoc” a sus pretensiones, en este caso Francisco I. Madero. Véase entonces con esto una vez más el peso norteamericano sobre las espaldas de nuestro México: “O haces las cosas como yo te digo o te atienes a las consecuencias. Además para que lo recuerdes: la historia de México se escribe aquí y a como nos convenga”.

Era evidente que el Presidente Díaz ya tenía bien claro que de ninguna manera entregaría la cuchara del pastel a un solo país. Pero también sabía que eso tendría que significar una forma muy sutil en su manejo. Necesitaba conciliar intereses y lograr que la fiesta siguiera en paz a favor del nuestro. ¡Cómo me hubiera gustado haber estado presente en la entrevista pactada entre Don Porfirio Díaz y el Presidente Taft! Creo que habría resultado la posibilidad de acercarse más a la obtención de un título como “Doctor en Diplomacia”. Y pensar que Don Porfirio, 30 años atrás era un simple soldado, impetuoso, leal, fuerte, pero al fin solamente eso: indio oaxaqueño militar.

La reunión se concertó para que se llevara a cabo en El Paso, Texas. Después de salutaciones y los obligados protocolos, Taft arrancó digamos que curándose en salud. Agradeció a Don Porfirio las atenciones a su hermano Henry, accionista de El Águila, e igual a las otorgadas a su Procurador. Sin embargo habría que entenderse que dicha actitud conllevaba lo que llamamos “jiribilla”, porque entre líneas también Taft se hizo cargo de recordarle a Díaz de manera por demás suave, que sabía que su hijo Porfirito actuaba como Presidente de dicha empresa en México.

Luego de esto, Taft se siguió por la libre y aprovechó para reprochar el hecho de que la Península de California estuviera en los planes de Don Porfirio para concesionarla a los japoneses, a sabiendas de que a los norteamericanos les interesaba particularmente dicho territorio para llevar a cabo ahí sus acostumbradas maniobras militares. Para concluir, Taft se refirió y reclamó también el hecho de que México hubiera otorgado ayuda y protección a un Presidente de nombre José Santos Zelaya, de Nicaragua, que no resultaba del gusto de los norteamericanos y que lo observaron salir de su país protegido en una cañonera mexicana. Insistía Taft a Don Porfirio que tomara en cuenta que la inversión americana en México, derivada de la confianza de Estados Unidos a su gobierno, alcanzaba ya una cifra en activos del orden de mil millones de dólares y por lo mismo lo conminó a reconsiderar un trato especial favorable a los petroleros norteamericanos en aras de coadyuvar ambos gobiernos en beneficio de sus gobernados.

La entrevista que refiero, para mí en lo personal representa uno de los momentos de más trascendencia en la real historia de México. A partir de ella quedarían sentadas las bases para que, aunque con muchos sobresaltos, nuestra nación pasara por fin a integrarse al camino de la modernidad, aunque digamos, a nuestra manera, a nuestro modo. Muestra, además de la categoría de un mexicano digno, sagaz y ¡vaya que experimentado! La talla que tenemos los mexicanos cuando nos decidimos a actuar bien. Yo de ninguna manera dudo que más allá de Don Porfirio, México haya tenido magníficos Presidentes. Tampoco cuestiono ni pretendo generar conflictos alrededor de las imágenes de aquellos otros hombres y mujeres notables que supieron amar a nuestra patria, a pesar de sus equivocaciones o a veces aberrantes apetitos de poder. Pero lo que sí me está muy claro es que todo lo que es bazofia y mentira debe ser desterrado ya y para siempre. Podemos llenar contenedores a un punto de porquería comprimida en los cuales ya no quepa ni un clavo, para luego ser quemada pasados sus humos por filtros de vapor para que no contaminen otras zonas del planeta.

@ap_penalosa
http://www.antoniopatriciopeñalosa.com/

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