Si AMLO supiera de historia

Gustaba convivir con la alta sociedad, principalmente daba atención a las damas con quienes discretamente coqueteaba, escuchaba, escuchaba… Prefería el cogñac y el chocolate en  lugar del vino de consagrar. Desdeñaba a los que se le acercaban y ordenaba que en su lugar, otro rezara con los feligreses el rosario. Se llamaba Miguel Hidalgo y Costilla

Debido a la indiscreción de un “tambor” de su regimiento, Allende supo que las fuerzas realistas se disponían a perseguirlos luego de descubrir su plan insurgente. Junto con Aldama llegó a casa del sacerdote para advertirlo de eso. Salió su hermano y lo urgió a abandonar la cama para que se dispusiera a escucharlos. Don Miguel con toda calma solicitó sus panes y su bebida favorita: el chocolate, y mientras los consumía solo oía lo que con ansiedad y temor le recomendaban: darse a la fuga, organizar y preparar un  ejercito adecuado y entonces sí estar prestos para la lucha. Al fín ellos realmente militares. Hidalgo los desdeñó, se retiró a vestirse y al regresar exclamó: “ahora sí, a matar gachupines”.

Muy temprano se acercó a su iglesia y ordenó al sacerdote que se disponía a iniciar la misa, que suspendiera el ritual e hiciera que las campanas convocaran a la población. Poco a poco la gente de Dolores se acercó al atrio confundida y temerosa.  Fue entonces cuando exhibiendo la imagen de la Guadalupana y luego de arengar a la figura del detestable Fernando VII, convocó según él, al movimiento de la independencia. La chusma que no sumaba más de 200 personas, no  seguía a su persona, seguía a la Virgen. Eran personas analfabetas y fanáticas que solo veían su salvación en el interior de un templo.

Conforme el grupo avanzaba, muchos ignorantes se adherían a la horda al punto de sumar miles, sin entender a ciencia cierta  el por qué. Mientras, en el trayecto, Hidalgo iba deteniendo y amarrando a cuanto  español conocía. A muchos les había dado el trato de amigos quienes le correspondían respetuosos y simpatizantes de su persona. Le ayudaban de forma generosa. La mayoría, eran muy trabajadores, agradecidos y por demás humanos. Sus trabajadores los amaban. La expectativa de Hidalgo era arribar a Guanajuato. Pero en cualquier población a la que llegaba azuzaba a la multitud para que se dedicara al saqueo de todo. Igual iglesias, casas, comercios, haciendas, etc. Lo hacía con rabia e insensibilidad no importándole que se tratara de hombres, mujeres, ancianos o hasta niños. Allende, Aldama y ya luego Abasolo se mostraban incrédulos, no entendían la saña de aquel mesiánico ávido de sangre y destrucción. Alguno de ellos trató de perduadirlo en el sentido de que ese no era el buen camino, a lo que el cura contestaba en relación a  la necesidad de impregnar el odio y el afán del revanchismo.

Su arribo a Guanajuato representa una de las más  grandes vergüenzas de nuestro devenir. La plebe ya no escuchaba, se había conrvertido en parvada de buitres al asecho de la carroña derivada de la muerte de tantos inocentes quienes fueron a buscar refugio en la Alhondiga de Granaditas. Sus puertas fueron derrumbadas y quienes ingresaron a ella no tuvieron ningún empacho en matar a cualquier español que se encontrara enfrente. Niños sujetos de degüello, mujeres aplastadas. Ancianos arrojados por los huecos de lo que fuera ese hermoso almacén de granos. Hombres atravesados por ballonetas y mostrando el tiro de gracia. Era un infierno de Dante embargado por un resentimiento incontenible e inentendible.

Poco tiempo después en su persecución las fuerzas realistas los alcanzaron e Hidalgo decidió huír para refugiarse en Guadalajara. Previamente, a espaldas de Allende, Aldama y Abasolo, confirió el cargo de Jefe del Ejército del Sur a otro cura, a la postre también vergonzante y cobarde, de nombre José María Morelos y Pavón. Los primeros al descubrir su tración enfurecieron, sin embargo ante el acoso de los realistas, solicitaban de Hidalgo su retorno y ayuda, misma que por su soberbia se negó a otorgar. Después, de manera tajante y fuerte, Allende una vez más le llamó no para pedirle, sino para exigirle al grado de proferirle amenazas que a título personal significaban su intención de matarle por traidor y por cobarde.

Hidalgo terminó luego de muy corto tiempo en su acción activa, preso por parte de los tres generales anotados. Finalmente resultaron atrapados y sujetos de pena de muerte, salvo el caso de Aldama. Después de ejecutados en Chihuahua, sus cabezas quedaron exhibidas un buen rato a manera de advertencia por parte del virrey.

Luego de este episodio, pasarían muchos años para que México alcanzara su independencia el 25 de Septiembre de 1821 con Agustín de Iturbide. Muchas tragedias más ocurrirían inútilmente en la nación a lo largo de más de diez años.

Narro todo esto porque es importante hacer ver los resultados de la acción de un mesiánico. En aquellas fechas fue un cura falso, hipócrita y detestable. Hoy, podría repetirse la historia si un similar a él ocupara la presidencia de México. Ese alguien se llama ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR.

 

 

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