Y MIENTRAS HUERTA CONTINUABA….

Seguían los asesinatos. En este caso consecuentes del odio y rencor de tantos
ignorantes campesinos víctimas de los abusos y arbitrariedades promovidas por Mcdoheny a instancias de su inspector Dodó, alias el Licenciado Sobrino a quien, siempre apoyándose en las leyes mexicanas y en los dolares americanos, lo único que le faltaba era tener madre. Mexicano como era, en lugar de defender a sus pobrecitos compatriotas y sumiso al despotismo de su jefe, no tenía ningún escrúpulo que le permitiera quedar bien no obstante el trato que aquél siempre le otorgó como si fuera una basinica. Dice Francisco Martín Moreno en su obra: “México Negro” que: (comentado):

“Un día, el hermano de uno de tantos campesinos engañados y vilipendiados por Sobrino, se enteró de que éste último había comprado al segundo invitándolo a francachelas con todo y prostitutas al punto de que el pobre muchacho quedó atrapado a voluntad del licenciado y sus secuaces. Ese hombre nunca se la perdonó al abogado y cierto día, cuando Sobrino paseaba después de haber acudido a la iglesia, de pronto fue atacado por tres individuos que luego de golpearlo en la cabeza, lo tomaron secuestrado y lo llevaron a algún lugar en el cual Sobrino despertó aturdido. No tenía idea de la razón de la acción en su contra hasta que sus victimarios le recordaron todas sus andanzas alrededor del muchacho sujeto de sus terribles intenciones. Fue entonces cuando al buen Sobrino le dieron una “sopa de su propio chocolate” saturando su estomago con alcohol hasta que sucumbiera víctima de una intoxicación brutal.

Cuando Mcdoheny se enteró del hecho mucho se alarmó, aunque después supuso que lo acontecido derivaba de alguna cuestión ajena a sus negocios. No obstante, no descartó que atrás de todo ello hubiera estado la mano de Huerta por ser aliado de los ingleses pero después descartó la idea cuando reflexionó que Victoriano no era afecto a esas formas de actuar en razón de ser muy cuidadoso de su pellejo. De los Carrancistas ni hablar. Recibían todo el apoyo de los petroleros americanos y por lo mismo a Sobrino lo consideraban como aliado de los mismos. Tampoco desechaba la posibilidad de la mano de Lord Cowdray, pero cuando recordó que entre las mafias también existían principios éticos, descartó la posibilidad”. (Concluye nota).

Al Presidente Wilson le preocupaba el saber que en tanto ya su decisión era no reconocer al gobierno de Huerta, paralelamente los europeos se aprovechaban de esa circunstancia para acercar agua a su molino. Sumaban ya nueve meses desde la fecha en que Madero había sido sacrificado y los mismos europeos se sorprendían por la tozudez de ese presidente. El tiempo seguiría corriendo en contra de Wilson debido a las elecciones amañadas que daban paso a la posibilidad de que Huerta extendiera su estancia en el despacho presidencial. Sería necesario entonces esperar hasta el mes de abril, previsto para que se celebraran las nuevas elecciones.

El Secretario del Tesoro de los Estados Unidos quien a la postre se convertiría en yerno de Woodrow Wilson de nombre William McAdoo, había logrado hacerse de la copia de una carta que Huerta había enviado a un hombre prominente de negocios alemán a quien le manifestaba su intención y objetivo de hacer a nuestra nación menos dependiente de la influencia norteamericana y por lo mismo su especial interés en intensificar las relaciónes con los capitales europeos. Celebraba la amistad de Europa hacia México y hacía énfasis a su espíritu de justicia. Le angustiaba a McAdoo que en la medida que tiempo corriera, los de allende el mar se aprovecharan para intensificar su influencia de manera que a la salida de Huerta quedaran en beneficio de USA solamente las migajas. Sabía McAdoo también de las intenciones alemanas de invertir en México en el ramo ferrocarrilero, lo que redundaría para los germanos un mayor acaparamiento del comercio.

Fue entonces cuando el Presidente Wilson sacó de la manga una carta que sorprendió a McAdoo en forma de una nota que había enviado Wilson a todos los gobiernos que habían apoyado a Victoriano y que en resumen advertía que él como presidente desconocería cualquier contrato firmado con el gobierno mexicano desde que Huerta había asumido el poder, así como cualquier ley aprobada por el congreso durante su gestión.

De esa forma puso a temblar a los que pretendían figurar como nuevos concesionarios debido a que quedaban conscientes de que si Huerta llegaba a ser derrotado, todos los capitales invertidos en México correrían peligro de quedar en situación de alto riesgo. Sabían que en la medida en que inyectaran mayor inversión en nuestra patria, el peligro de perderlo todo beneficiaría automáticamente a los yanquis. De ahí que entonces los primeros en dar marcha atrás fueran los propios ingleses y luego otros países antaño dispuestos a apostar a nuestro favor. Hubo gran enojo por parte de la Corona Británica cuando acabó por darse cuenta que había caído en el manipuleo proveniente de los petroleros británicos. Sin Huerta, su flota adolecería del abastecimiento petrolero mexicano que resultaba altamente atractivo en función de sus bajos precios, pero ante la amenaza de Wilson no se atrevería a demandarlo. Lord Cowdray fue llamado de inmediato por el Ministro de Asuntos Exteriores de su país y por lo pronto el embajador, empleado de Cowdray, fue llamado a Londres y de inmediato fue cesado en sus funciones. Con eso quedaba claro que Inglaterra a cuatro meses de haber reconocido a Huerta, ahora se retraía. Lord Cowdray con todo esto terminaba acabado.

Otro serio problema vivía Inglaterra. Sus relaciones con Alemania eran cada vez más tensas y no se descartaba la muy próxima eventualidad de un conflicto bélico que haría necesario para los ingleses el apoyo de norteamerica. Para acrecentar la tragedia de los ingleses, astutamente Mcdoheny valido sepa Dios de qué artimañas, se encargó de hacer que el almirantazgo inglés anunciara que los hidrocarburos procedentes de nuestros yacimientos no daban la potencia exigida por su flota. Entonces, el gobierno británico sustituyó el abastecimiento del petróleo requerido por otro, ese sí de buena calidad, a ser proveído por la empresa del santo varón llamado Edward Mcdoheny. Dicen que cuando Mcdoheny llegó al cielo después de muerto, Satanás ya había negociado con Dios que lo reservara para él en razón de que le permitiría reforzar su departamento maquiavélico que tanto estaba dejando que desear. Dios pactó con el diablo, aceptó la propuesta pero le advirtió: “si veo a este pinche Mcdoheny a cincuenta metros de mis terrenos, te lo regreso al Infierno a punta de escobazos ¿de acuerdo? “Ok chief, tú mandas”, le contestó el diablo.

Luego de que Wilson pusiera en su lugar a los ingleses, entonces sí se fue con todo pero cuidando de sobremanera su imagen de auténtico demócrata. Le preocupaba que sus acciones sobre México no desvirtuaran su imagen ante el resto del mundo. Por lo pronto y a manera de rematar a su contrincante, propuso a su congreso el aumento a las tarifas por derecho de paso por el canal de Panamá bajo la administración americana. Con eso, los costos de la más grande flota del mundo se verían encarecidos. Sin embargo dicha propuesta quedaría diferida y solamente venía a significar una demostración adicional de fuerza de los Estados Unidos que a los británicos les representaba enorme preocupación. Inglaterra en esos momentos y dadas las circunstancias que se preveían en relación a un enfrentamiento con Alemania, en ese momento sentía más oportuno el estar en buenas relaciones con los que a la postre serían sus aliados dejando en segundo plano el petróleo mismo. Ya estaba claro que nadie en el mundo se arriesgaría a invertir en nuestro país sin el aval político de los gringos. Al levantarse el embargo de armas contra México, se facilitarían las cosas para los constitucionalistas. Así podrían abastecerse a costos más adecuados a su capacidad económica.

@ap_penalosa
http://www.antoniopatriciopeñalosa.com/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *