EL NÉCTAR Y LOS AROMAS QUE REGALÓ LA GÛERA RODRIGUEZ A SU AMADO AGUSTÍN DE ITURBIDE.

Su nombre: María Ignacia Rodriguez de Velazco y Osorio Barba ¿Mujer mundana? en su momento sí. Pero siempre patriota y luego amante de quien le profesó su más cálida emoción.
Don Agustín de Iturbide tenía dos grandes amores: su esposa Ana Huarte, mujer abnegada, sufrida, enorme compañera de su infiel marido, a quien acompañó hasta el último momento de su existencia. Pero me atrevería a decir que sus sentimientos más profundos estaban reservados para la Gûera Rodriguez. Otro paralelismo entre éste último con Napoleón Bonaparte, su contemporáneo. Ambos sabían que Josefina y Maria Ignacia eran amigas de alojar en su lecho a aquellos que apetecían. Pero los dos personajes no por eso dejaron de tenerlas siempre en su interior.
Un maldito que se decía historiador, no tuvo empacho en divulgar intrigas alrededor de Iturbide. Se llamaba Carlos María de Bustamante. Hizo correr el rumor que Don Agustìn se las había ingeniado para enclaustrar en un convento a su esposa a fin de contar con toda la libertad para estar siempre al lado de la Rodrìguez. Si fue asì, será solo el CREADOR quien se encargue de juzgarlo. Lucas Alamán por el contrario, se mostró respetuoso y discreto y se abstuvo de expresar opinión alguna. Quizá de Bustamante era un puritano que mientras se deleitaba en promover escándalos entre la alta sociedad, en realidad lo que deseaba era tener en sus brazos también a esa misma mujer quien seguramente lo observaba con menosprecio y burla.
Cuentan que en campaña a uno de sus más cercanos amigos Iturbide le comentó: “extraño los aromas y el néctar de los jugos que solamente esa bien amada es capaz de regalarme”. Juicioso y cuidadoso el amigo le contestò “tu ejercito trigarante está por arribar a la capital. Planea una ruta de desfile que te permita posarte frente a su balcón”. Así lo hizo Don Agustìn. Gallardo y excelente jinete, pasó frente al sitio en el que se encontraba la Gûera, desprendió una de las plumas de su sombrero y ordenó a un oficial la pusiera en manos de ese ser al que adoraba. La mujer al recibirla la pasó entre sus labios y fijando la mirada en ese “su hombre”, le invitaba a compartir su lecho en la noche de esa fecha trascendente: 27 de Septiembre de 1821. Había que atender muchos festejos y protocolos. Ya luego de terminada una función en el teatro, que al cerrar el telón daría fin a todo lo programado, de Iturbide se escabulló para acercarse a ese templo del amor que la mujer había preparado. Seguramente sus ropajes eran ligeros y sugestivos. Es probable que su perfume invitara a morder con suavidad su cuello, los lóbulos de sus orejas, mientras las manos de los dos se aplicaban a alcanzar la desnudez de cada uno. Besos, besos, caricias y salivas en cada uno de los rincones de sus formas. Silencio que abría espacio a los gemidos y jadeos antes de fundirse los dos en uno solo. Luego, un largo dormir después de alcanzada una cumbre tanto anhelada. Eran dos seres engarzados y en ese momento plenos.
¿Por qué no humanizar nuestra historia? ¿Por qué disfrazarla con seres inmaculados que también tuvieron urgencia de sentir placer y hasta un poco ese morbo exquisito que lleva a la natural explosión de dos cuerpos?
No puedo imaginar a Iturbide o a Bonaparte, muriendo sin sentir el recuerdo de sus dos amadas. Esas carnes hermosas y ambrientas que tanto los deleitaron.
@ap_penalosa
http://www.antoniopatriciopeñalosa.com/

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