Las tragedias por no escuchar señalamientos ¿soberbia?

Antonio Lòpez de Santa Anna era un esplèndido militar estratega. Tambièn muy inteligente pero diabólico. Urdiò desde Veracruz el desplome de Don Agustìn de Iturbe. Èste último se negó a escuchar a quienes se lo advirtieron. Pensò que lo criticaban.

Luego de acudir a Veracruz con la orden por parte de Iturbide de poner bajo control a sublevados españoles que ahì se encontraban, Santa Anna terminò negociando con aquellos a cambio de su apoyo y reconocimiento como máxima autoridad de nuestra nación. Sus paisanos del mismo estado lo vieron con desconfianza cuando observaban que aquel pretendìa constituirse como presunto nuevo líder nacional. Estando Don Agustìn en Jalapa fue advertido por sus màs allegados. Hizo que Santa Anna se presentara ante su presencia, pero cometió un error tan grave, al punto de que si lo hubiera reflexionado antes, la Historia de Mèxico hoy sería muy diferente. Le había mandado restablecerse de inmediato en la ciudad de Mèxico, bajo sus ordenes directas, para de esa forma evitar su acción proselitista, devaneos y sus mezquindades. Sutilmente Santa Anna le pidiò autorización para regresar por un rato al puerto, para hacerse de sus pertenencias y luego atender el nuevo encargo. Iturbide no solo aceptò sino que hasta le facilitò recursos para agilizar las cosas. Ese espacio que logró Santa Anna propiciò que a mediano plazo nuestra nación se redujera considerablemente en territorio, mismo que como buitres, tomaron para sì los norteamericanos. Muchos creyeron en Santa Anna, menos uno: Don Guadalupe Victoria, quien al darse cuenta de la realidad, prefirió alejarse de èl y por mucho. Lo que sucedió después, ante el beneplácito de la hipócrita Iglesia y la burguesìa, significò una de las peores pesadumbres, traiciones y màs desgracias que junto con otras han enlutado a Mèxico.

Desafortunadamente, Iturbide aùn con toda su grandeza, no supo a tiempo escuchar. Era un hombre por tradición acostumbrado a mandar. Eso lo alejò de la posibilidad de repensar tantas cosas que le recomendaban los que le eran leales y lo querìan. Es posible que haya pensado que lo criticaban o hasta lo regañaban. Yo me pregunto ¿què habrán pensado de Don Agustìn tantos que le decían ¡cuidado!? ¿Serà que ese gran hombre confundió la generosidad con la soberbia y por lo mismo eso llevò a nuestra patria a la debacle?

Muchas personas se dejan aconsejar de estúpidos que proclaman “sè tù y manda al carajo a los que con amor te hacen señalamientos a favor de tu persona”. Esos mismos, a la hora de la pena, simplemente están desaparecidos.

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