LISTO PARA EL COMBATE

Algunos boxeadores suben al ring sin preparación alguna, otros prepotentes ya se sienten triunfadores. Los humildes y con buen manager, regresan a su vestidor un poco sarandeados pero con el cinturón que los califica de grandes.

A mí me pasó siendo niño una ocasión en que no tuve más remedio que enfrentar al que era el perdonavidas de mi escuela. Todos le teníamos terror y aquel se sentía el que hasta por encima de los maestros podía definir el cómo se manejara el espacio sin nadie que pretendiera chistar. Recuerdo que llegué un lunes a la escuela con mi pelo hecho un desastre. El día anterior en Coyoacán había acordado con un peluquero de “paisaje” en una carrera de caballos “parejera” que si ganaba mi favorito él se obligaría a pagarme diez pesotes, caso contrario, yo me sometería a un corte de basinica. Ni hablar, perdí y figaro echó mano de tijeras y navaja al punto que cuando llegué a mi casa ya imaginarán la que se armó. Era yo una especie de príncipe valiente. Esto lo narro en mi libro “La Patria que No…” con más detalle cuando hago a referencia al México de mi infancia y juventud. Lo que puedo avanzar es que me lo soné y en serio a la vista de cientos de compañeros que en lugar de regresar en el camión del colegio a su casa, decidieron mejor asistir al gran evento prestos a ver en qué condiciones quedaba mi cadáver. La razón del pleito derivó de que cuando antes del inicio de clases con uniforme de gala hacíamos honores a la bandera, empezando por mi profesor, todos me miraban y no podían disimular o evitar carcajadas al observar el estado de desgracia en que me encontraba. Obvio, el que más saña denotó fue el tal Merino. No me pude contener y lo reté a duelo a la salida de clases. Confieso que desde ese momento y hasta la hora pactada yo temblaba como gelatina y las previsiones de mi derrota andaban en 100 a 1. Luego de mi hazaña había muerto el rey en la escuela, pero en mi casa mi madre al encontrarme con un ojo morado, ropa sucia y rota, etc. me mandó al “ya no sé que hacer con este escuincle” hasta que llegó mi padre y me rescató creo que orgulloso pero discreto.

Hace tres años luego de retirarme de la vida profesional me puse como reto escribir un libro que finalmente ya en los días de la próxima semana se podrá adquirir desde mi página web por la vía “online”. Debo decir que bien me entrené para estar en condiciones de enfrentar las circunstancias del solo escribir e investigar, pero también agrego que nunca imaginé lo que significaba lo tortuoso del camino para subir al ring y estar presto a someterme a la calificación de mis jueces y  lectores. Pensaba que elaborar un manuscrito era tanto como llevarlo a las editoriales seguro que todas se pelearían por el mismo y ya luego mi siguiente etapa implicaba esperar a que me llamaran para avisarme que me había hecho objeto del Premio Nobel ¡Si chucha cómo no! Ya tenía editorial, derechos de autor, una muestra de la publicación, etc., cuando de pronto en un largo vuelo reflexioné y me pregunté “¿Y quién sabe el título de mi obra? ¿quién me conoce como escritor?” Terminé tomando conciencia que no era más que una hoja flotando en medio de nuestro enorme mar. Conclusión: necesitaba de un manager que me pusiera en el sitio exacto a manera de gimnasio, me entrenara sujetándome a la disciplina que me impusiera, lo que implicó desde elaborar mi página web, aprender a hacer sombra con élla y conforme fuera haciendo músculos saliendo diariamente a correr por las pistas del “blog”, redes sociales, etc., entonces ya podría estar listo para salir envuelto en una toalla luego de darme una última calentadita en el vestidor previo a la pelea.

Según los conteos derivados de la opinión de los que me siguen, ganaré mi primer enfrentamiento. Hasta me dicen que me prepare para otro después con alguien de categoría de más peso. Bueno, yo de mil amores. Ya hasta estoy escribiendo un nuevo libro pero cuido  no dejar de concentrarme para este primer encuentro. Seguro que no saldré limpito, algún chichón u ojo cerrado tendrá que ser sujeto de atención con hielo o merthiolate. Vamos a ver qué sucede, pero debo conservar la calma, prestar atención a lo que me diga mi entrenador, estudiar al rival y no tenerle miedo. Vean las similitudes entre la vida de un boexeador y la de un escritor.

Por cierto, ahora ya muy poco público asiste a un estadio. Prefieren apoltronarse en un sillón de su casa para observar por TV un evento y hasta les sale más cómodo y barato. Igual con los libros. Bajarlos por internet resulta en comparación al precio en librerías mucho más economico y hasta lo pueden almacenar en una especie de biblioteca electrónica ¿Qué sucederá con las editoriales que no se modernicen y realicen que sus precios en tiendas son mucho más caros enmedio de una crisis económica mundial que no da para lujos de otras épocas?

www.antoniopatriciopeñalosa.com

Twitter: @ap_penalosa

 

 

 

 

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