TOMESE UN CAFÉ DON VENUSTIANO MIENTRAS SIGO CON EL DESGRACIADO DE MIGUEL HIDALGO

Yo no conozco el contenido del discurso que haya pronunciado Hidalgo cuando arengó a la plebe a la independencia, ni creo que alguien tenga conocimiento del mismo. Como muchas cosas que pasaron en México relacionadas con la historia, seguramente las palabras de Hidalgo se han venido deformando de tal manera, según el convenir del sistema y de la Iglesia, de forma que lo que se dice ahora que dijo ¡pus sabe tú…! Lo que sí he leído en varios libros y me hace destornillar de risa es lo que se comenta en el sentido de que Hidalgo al acusar a los españoles en México de traidores a su Rey Fernando VII, no estaba tomando en cuenta que a Francia eso le facilitaba las cosas para que España terminara pasando a ser de su propiedad a sabiendas de que los franceses odiaban a la Iglesia. Es decir, que Hidalgo culpaba a los españoles en México de los acontecimientos que se suscitaban en Europa. Después de todo el lío antes anotado y ya Francia fuera de España, regresó Fernando VII en 1814 para sustituir a José Bonaparte. Ese rey todavía se casó en tres ocasiones y terminó muriendo hasta 1833. ¡Vaya rachita que arrastraba España incluyendo a lo largo de tantos años a las tres linduras anotadas en estos párrafos!

Mire señor López Obrador, si usted se hubiera dedicado a echarle aunque sea una mirada por encimita a lo que sucedió con Hidalgo en Guanajuato después de los capítulos de Dolores, Atotonilco y San Miguel el Grande, una vez que aquel terminara de perder los estribos, seguramente se habría prestado a la reflexión respecto a la tragedia que se hubiera podido suceder en nuestro país consecuente del manipuleo que manejó alrededor de las turbas que conjugó y que podrían haber causado una terrible debacle con una enorme cantidad de víctimas ignorantes, pero mexicanas, hermanos nuestros. Hidalgo después de su “grilla” que comenzó en Dolores, la emprendió seguido de entre ochenta y quinientos apoyadores, según varían las cifras de cada historiador. Tomó camino a Atotonilco, no el de Jalisco, sino el pueblo de Guanajuato. A su paso, en la medida en que lo observaban los indígenas con la imagen Guadalupana y vestido de cura, muchos se fueron integrando pensando que se trataba de una procesión. Muchos otros, en función de lo que escuchaban de gente que venía desde Dolores, vieron con ese movimiento una magnífica oportunidad para entrarle al saqueo, al robo. Yo creo que la mayoría de los que conformaron la turba, por no saber de independencia y esas cosas, encontraron más bien oportuno rescatar por el camino de la violencia y el anonimato lo que la vida, o les había quitado, o nunca les había dado.

Actuaron como muertos de hambre que eran a la conquista de un pastel a deglutir, a devorar con ansias pero impregnados del odio y rencor derivados del azuce del cura Hidalgo. Llegaron a Atotonilco donde la gente se encontraba desconcertada por lo que observaba. Ahí Hidalgo fue a sacar de la iglesia un pendón de la Virgen de Guadalupe y con él reforzó la fe de los enrolados en el movimiento. Entonces un peninsular de apellido Elizondo salió de inmediato hacia San Miguel para alertar a la población. Ahí se encontraba el Lic. Ignacio Aldama, hermano de Juan, que se reconocía simpatizante del movimiento. Calmó al pueblo asegurando que no había nada que temer, hizo ver sí del volumen de gente que lo constituía pero que actuaba de buena fe y en fin, que no resultaría de gravedad. Es más, les aseguró que el Regimiento de Dragones de la Reina comandados por su hermano Juan y el señor Allende terminarían uniéndose a la insurgencia. ¿No pasaría nada?
¡Ni madres! Ya la chusma sumaba miles.

Como López Obrador, en el camino Hidalgo iba acarreando gente a la que si tenía caballo se le pagaba un peso diario y a los de a pie la mitad. Finalmente las hordas arribaron a San Miguel el Grande. A su llegada y habiéndose escuchado de Elizondo que a su paso había observado a muchos de sus compatriotas atados de pies y manos y caminando presos de los insurgentes, la población española entró en pánico y corrió a refugiarse en sus casas. Al llegar, el señor Allende se preocupó por acercarse a los presbíteros del lugar a efecto de tranquilizarlos. Éstos le creyeron y acudieron a hacer lo mismo con la población, quien observando formados y atentos a los Dragones de la Reina para evitar cualquier desorden sintieron cierto alivio, igual el pueblo en general sobre todo porque veían que prevalecía en la imagen Guadalupana el mensaje de la paz.

Pero grande fue su sorpresa cuando la turba descontrolada estalló y se lanzó al interior de las propiedades a saquear el botín con toda la serenidad y el bien ver de las cosas de Miguel Hidalgo. No se detuvieron ante nada: robaban, destruían todo a su paso, pisaban igual a los adultos que a la criaturas y viejos ¡Qué la independencia ni qué la Chingada! la avaricia, el odio, la venganza, el ansia de hacerse de lo que ni siquiera sabían qué era o cuánto valía: horda, turba, chusma, todo vejación. Desde el segundo piso de la casa de la familia Landeta apareció un hombre que desde su terraza lanzaba a puños monedas de plata y oro y cualquier pieza de valor para que como bolo en los bautizos, la gente se apresurara a recoger. Según dice Lucas Alamán en “México a través de los siglos”, ese hombre era Miguel Hidalgo y Costilla, el mismo “Padre de la Patria” que enaltece López Obrador ¿Y cómo no…? Ya entonces se suscitaban con más intensidad los desacuerdos entre Allende, Aldama e Hidalgo. Éste último argumentaba que si no se le permitía a la plebe la acción del saqueo, entonces abandonaría el movimiento. Allende insistiendo en la necesidad de hacerla consciente y capaz, apartándola por un buen rato a algún lugar para hacerla objeto de una formación con cimientos militares y ¿por qué no? de conciencia de nacionalidad.

Después de pasar por Celaya que se entregó sin combatir y resignada a lo ya sabido, Hidalgo tomó camino a Guanajuato. En el trayecto, él ya no se escuchaba a sí mismo; sólo se entregaba a la aclamación de los que lo acompañaban. Se acercaba a un 28 de septiembre negro, vergonzoso para nuestra historia. Ese día por la tarde, el Intendente Riaño visualizó el arribo de la horda y a su capacidad tomó las medidas pertinentes a sabiendas de sus escasas posibilidades. Le urgía el arribo de Calleja con sus fuerzas de apoyo. Mientras tanto, un poco a la melón y con la aportación de ideas de los que le rodeaban, dio preferencia a hacer todo aquello que significara la protección de todos los españoles. Decidió para ello ingresarlos a la Alhóndiga de Granaditas. Un año antes ese magnífico edificio para almacenar granos había sido inaugurado después de varios años de construcción.

Ahí decidió dar cobijo a tantas y tantas personas que ya no sólo temían por sus pertenencias sino que temían más por su vida. Estaban aterradas. Había un Mayor Berzábal, de las Fuerzas del Rey en Guanajuato. Sabía que terminaría muriendo ante lo indefendible que resultaba la ciudad. Lo advirtió a su mujer en carta y ésta y su familia se aprestaron a resignarse. Otro español, Don José Valenzuela, que con pistola y espada defendió la Alhóndiga al punto de subir y bajar varias veces para ayudar a dar acogida a los que ahí llegaban incluyendo soldados realistas, de pronto resultó herido atravesado por lanzas y machetes por los costados y llevado por los indios agonizante ante la autoridad. Antes de morir alcanzó a decir con débiles balbuceos: “¡qué viva España!”.

El capítulo de la Alhóndiga es algo que termina estremeciéndome, que me avergüenza como parte de la historia de mi país. Me resulta increíble pensar que el acontecimiento proviniera de un sacerdote que supuestamente fue formado con los principios del amor a la vida, al prójimo y todo eso siempre en el marco de la “caridad cristiana”. No me explico que un hombre con talento y supuestamente conocedor de la realidad de la época, haya podido tomar como camino las armas para matar, degollar, reducir a cero a tantos y tantos que él bien sabía eran inocentes. ¿Cómo es posible que un sacerdote que cada día que oficiaba una misa e invitaba con la palabra de Dios a sus feligreses a estar atentos a los principios de una religión inspirada, no en la Iglesia, sino en Cristo, terminara por llevar a ésos mismos a la masacre?

@ap_penalosa

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